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Universidad

El sonido del arte, el arte del sonido

El Centro de Iniciativas Culturales de la Universidad de Sevilla acoge la muestra ‘Lo audio-visual’, una potente exposición de arte contemporáneo que invita a cada visitante a realizar su propia reflexión

06 jun 2016 / 23:31 h - Actualizado: 06 jun 2016 / 23:31 h.
  • El sonido del arte, el arte del sonido
    ‘El rebaño’, pieza que se exhibe junto a ‘El lenguaje’, ambas obra de Juan del Junco. / Manuel Gómez
  • El sonido del arte, el arte del sonido
    ‘Ogive Satie’, una pieza de Pep Fajardo de 2011 de la colección DKV. / Manuel Gómez
  • El sonido del arte, el arte del sonido

Hay una maleta blanca en el suelo, una fotografía de gran formato y un altavoz oculto. Y hay más: «Lo que pretende el autor es que tú interpretes la pieza como a ti te dé la gana, cuando a ti te dé la gana, y basándote en paisajes sonoros que crea desde el altavoz que está oculto. De tal manera que a cada persona, en función de lo que escucha, la pieza le va a traer, le va a provocar, una sensación u otra. Hay diferentes sonidos, paisajes sonoros creados que hacen que tu percepción y lo que te provoca sea diferente: pero la imagen y la escultura son las mismas. Cambia el paisaje sonoro y eso cambia tu visión de la pieza».

La explicación es de Domingo González, responsable de Exposiciones del Centro de Iniciativas Culturales de la Universidad de Sevilla (CICUS). La muestra se llama Lo audio-visual, arte sonoro en las colecciones de 9915, y puede visitarse en la sede del CICUS, en la calle Madre de Dios, hasta el 12 de julio.

Pero mejor ir por partes. Hasta el título requiere una matización. La comisaria de la exposición, Alicia Ventura, explica por escrito que no es sólo arte sonoro: «El foco de interés de esta exposición lo conforma la confluencia entre las dimensiones visual y sonora, los dos grandes vectores que condicionan nuestra percepción del mundo». Más que arte sonoro, por tanto.

Y es arte de primer nivel, nacional e internacional. Por ejemplo, la obra de la maleta, que lleva por título Arañar el silencio, es de Ignacio Llamas, que en este 2016 fue elegido mejor artista español vivo por la Asociación Española de Críticos de Arte en ARCO. Y está bien acompañado. «Es seguramente una de las dos o tres mejores exposiciones de este tipo de disciplina artística que se han hecho en España. Después de la que se hizo en el Reina Sofía y en la Fundación March, yo creo que no hay una reunión de piezas tan representativas del arte nacional e internacional de finales del siglo XX y principios del XXI», explica Domingo González.

Piezas que han llegado gracias a la colaboración con la asociación de coleccionistas privados 9915. Y esta es otra cuestión a destacar: la colaboración de una asociación privada con una institución como la Universidad de Sevilla. «Está muy bien que los coleccionistas privados abran sus colecciones, y las abran en entornos donde la cultura no es solamente un elemento de consumo, sino de reflexión, de investigación», valora González, que concreta que «el hecho de que sea un arte tan ligado a la innovación, al uso de la tecnología para la producción artística, tiene mucho que ver con lo que significa la Universidad. Por eso, esta exposición encuentra su espacio natural en un centro universitario».

Demuestra Domingo que se puede hablar sobre arte de manera comprensible. Porque hay que tener cuidado al escribir de arte contemporáneo. Al poco de leer catálogos y críticas, el lenguaje se desliza casi sin querer hasta ese carácter abstruso que tanto rechazo, o risas, suscita entre quienes no se consideran expertos, que son la inmensa mayoría de los ciudadanos.

Cuando se pueden explicar las cosas de manera perfectamente comprensible.

Un ejemplo, que además sirve para orientar a los interesados, lo pone Domingo González: «La mayoría, mucha de la videocreación que se hace hoy en día tiene su origen en el siglo XIX, tampoco estamos descubriendo nada. Lo que sí es cierto es que el concepto del arte como elemento recreativo, en el que tú recreas una realidad y el observador disfruta de su belleza sin más es un concepto que ya en el siglo XX se rompe completamente. El arte contemporáneo no siempre busca el disfrute de la belleza, sino más cosas. Busca la implicación, la reflexión, provocar un esfuerzo intelectual importante, y no siempre es fácil. La estética no siempre va al gozo, al disfrute».

Puede ir a la búsqueda de la interactividad, entre otras cosas, como en Menhir: instalación 0, de Cocó Moya e Iván Cebrián, dos autores jóvenes. Consta su obra de una proyección de paisajes naturales astures con pretensión sobrecogedora y un grupo de trozos de carbón mineral colocados en el suelo. ¿Qué plantean? Pues reflexionan que, desde el comienzo de la humanidad, el hombre ha creado construcciones, elementos simbólicos con los que demostrar la sensación que surge ante la naturaleza: menhires, dólmenes... Esta propuesta plantea la opción de que, después de observar las imágenes, el público cree ese elemento simbólico con música, porque cada piedra produce un sonido diferente. De manera que cada uno puede crear la melodía que le sugiera aquello que está viendo.

De vuelta a la comisaria de la muestra, Alicia Ventura, toca un poco de meditación de altura: «En un universo social cada vez más determinado por la estricta racionalidad y por dinámicas vinculadas exclusivamente a la productividad y rendimiento, el arte supone una línea de fuga, un espacio abierto a otras lógicas, a otras temporalidades, a una vinculación con lo real que reivindica lo sensorial frente a la mediación del lenguaje y la palabra».

Y ahora, el silencio.

El de Dirigir las nubes, de Glenda León. Es, claro, una reflexión. En este caso sobre el silencio. En un vistazo inicial es una imagen de un cielo nuboso. Conviene mirar de nuevo y quizá recordar, Domingo González lo hace, «la paradoja del concierto de piano de John Cage» en el que, durante cuatro minutos y treinta y tres segundos, permanece en silencio. «Es un poco cómo el silencio es el sonido de cada uno. Te quedas mirando las nubes y te abstraes. Y ese silencio te está reflejando el sonido de tu cuerpo, de tu cabeza... El artista propone una abstracción para que consigas crear tu silencio, que no es más que tu sonido. Porque nadie consigue estar en silencio. Aunque estés en silencio, tu cabeza está generando su sonido».

En otro extremo conceptual se sitúa la única obra de la exposición que sí puede calificarse, exclusivamente, como arte sonoro. Es The two sisters, de la escocesa Susan Philipsz, que dura algo más de cuatro minutos. Cuenta una conversación entre dos hermanas que representa por medio de una canción tradicional infantil británica que suena a través de dos altavoces. Un sonido de violín que se traslada por tres altavoces situados en un nivel superior incluye a sus amigas, que comentan lo que las hermanas hablan entre ellas. La explicación, por suerte, corre por cuenta de González. «Tiene la facultad de transformar el espacio. En función de cómo tú la ves en tu cabeza, estás mirando el sitio y le vas viendo cosas, te vas fijando y va modificando el espacio en el que está».

Le agrada de un modo especial a Domingo, y hay que hacerle caso, la pieza Fired but unexploded, de Zsolt Asztalos. «Una reflexión que tiene mucho que ver con muchas cosas sin perder un ápice de valor estético», destaca. Consiste en una imagen fija en una televisión de tubos de una bomba de la Segunda Guerra Mundial que no explotó. «El audio es la gente que está dentro de una iglesia y, mientras que produce el bombardeo, están rezando para que la bomba no explote». Bueno, la bomba no explotó.

Quedan obras que transforman el sonido en materia, y al contrario, y quedan propuestas tan llamativas como la de Juan del Junco, que establece inesperados paralelismo entre los humanos y las cabras (!). Lo mejor es acercarse y solicitar una visita guiada, que también es gratis. El reto es despejar la mente y fiarse del poder evocador del sonido y la imagen. Cada uno sacará sus conclusiones, suyas propias. Esa es otra ventaja.


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