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La fragilidad de la sombra

Poco antes de la Segunda Guerra Mundial, el japonés Junichiro Tanizaki escribió ‘El elogio de la sombra’, canto del cisne de una forma de vida y expresión de un sentimiento universal de rebeldía ante el paso del tiempo. Su traductor, Javier de Esteban Baquedano, explica cuánto hay en ello de verdad, cuánto de indigestión y cuánto de literatura

27 jun 2016 / 12:07 h - Actualizado: 27 jun 2016 / 12:15 h.
  • La fragilidad de la sombra
    Del Japón descrito con desconsuelo por Tanizaki en su ensayo queda lo mismo que de cualquier otro lugar en esas mismas circunstancias: la melancolía. / El Correo
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    La penumbra confortable que elogia el escritor simboliza una forma de vida de la que él no fue siempre del todo partícipe, según Javier de Esteban. / El Correo
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    F. Javier de Esteban Baquedano, en una foto facilitada por el traductor.

Japón es el único lugar del mundo o «casi» el único donde el navarro F. Javier de Esteban Baquedano ha trabajado en la traducción, una de las más importantes y menos reconocidas artes marciales del mundo de las letras, aunque solo sea por los golpes que se encajan. Allí recibe encargos de agencias de traducción y escuelas, principalmente de Tokio, explica. «Desde documentación para empresas japonesas que dan el salto a algún país de Hispanoamérica, hasta cartas de amor de mujeres japonesas casadas, a músicos ambulantes ecuatorianos o a guapos jugadores de fútbol, he traducido casi todo lo que se puede traducir, supongo que tendré ya algunas decenas de miles de páginas en mi haber». Y por supuesto, libros. Uno de la editorial Satori lleva ahora su nombre en la cubierta; se trata de El elogio de la sombra, de Junichiro Tanizaki (1886-1965), una de esas pequeñas joyitas que todo el esnobismo mundial cita admirativamente sin haberse leído y que representa, en forma de ensayo, el eterno refunfuñar de los ancianos por la pérdida de los paisajes, las costumbres y otros contextos de su juventud; por la pérdida de la partida, en resumen. Dice en el prólogo Yayoi Kawamura que «la añoranza de vivir una vida sosegada en un entorno más natural o recuperar aquella vida de la infancia transcurrida en una aldea, de aquel mundo que ya no existe, es un deseo del hombre contemporáneo atrapado en una vida moderna rodeado de comodidades». Tanizaki se rebeló, al menos literariamente, contra esas costumbres que en los años 30 invadían «amenazadoramente» los hogares de un pueblo japonés extremadamente tradicional y que hasta entonces –presumía él– había sabido apañárselas sin aires acondicionados, electricidad, grifos esmaltados ni bloques de pisos, en el frescor de sus casitas con paredes de papel y tejados con amplios aleros. De ahí su elogio a la sombra y su diatriba contra los brillos de los grifos, los excesos de las lámparas y el deslumbramiento ante lo nuevo, que lo llevó a componer una enardecida defensa del retrete japonés y del tal vez algo menos higiénico pero más confortable mundo de las opacidades y las penumbras, con toda la filosofía que ello conlleva. Aunque quizá hubiere algo de postureo en esa actitud.

«La reivindicación que hace Tanizaki de la sombra es muy personal y muy literaria», cuenta el traductor a este periódico; «se enmarca dentro de una obra creativa en la que la penumbra, la falta de visibilidad, la ceguera, etc., tienen un papel muy importante. El ensayo no es una forma de explicar a los extranjeros algún aspecto chusco o chocante de Japón y sus sombras, ni nada parecido. Él es un creador con todas las taras, manías, obsesiones y fantasmas de los creadores, y la sombra es uno de sus motivos literarios, o uno de sus fetiches, por así decirlo. En tanto existan actitudes intelectuales como la de Tanizaki, en tanto haya una necesidad de evocar o invocar a las sombras, de regodearse o refocilarse en ellas, podremos decir que las sombras siguen ahí, a nuestra disposición, en Japón igual que en París, ciudad de la luz. En cuanto a la relación del común de los japoneses con las sombras..., bueno, ya podrás imaginarte. Los japoneses fueron primero, en los años 30, que es la época en que Tanizaki escribe su ensayo, obligados por los militares, políticos y comparsa (prensa, intelectualidad, etc.) a ser sonrientes y felices siervos de su majestad el emperador. Luego vinieron Pearl Harbour, Hiroshima y Nagasaki, se perdió la guerra pero se ganó la paz, nunca mejor dicho, y los americanos les enseñaron otro tipo de felicidad más guay, más chévere, con consumición incluida, my car para los señores y system kitchen & counter para sus siempre agradecidas señoras. Y estas simpáticas propuestas de felicidad, la de la preguerra y la de la posguerra, llevaban anexo una especie de luminismo obligatorio, una especie de culto implícito a la luz, a la afirmación, a cantar cara al astro rey con el kimono nuevo que tú bordaste en oro ayer, a no dejarse arrastrar a esas zonas oscuras y húmedas donde alienta el molesto gusanillo de la conciencia. Si el ensayo de Tanizaki nos parece tan certero y ha tenido tanto éxito es precisamente por todo esto, porque constituye una propuesta casi heroica y las sombras siguen siendo hoy en día tan frágiles como lo eran antes. No deberíamos extrañarnos si, como dice la tradición que le ocurrió a Pedro con Jesucristo, se nos aparece de repente Tanizaki cargado con una gran sombra y diciéndonos que se va a Tokio para que lo asombren otra vez».

Cuando se le pregunta por las emociones que le han parecido más sinceras del autor en ese El elogio de la sombra, Javier de Esteban presenta una enmienda a la totalidad: «Pues particularmente honesta o sincera no me parece ninguna, todo está dentro de la impostura fundamental e inevitable del creador, cuya mejor prueba de sinceridad sería, precisamente, reconocer de una vez que es incapaz de crear nada y dedicarse a otra cosa. De hecho, se dice que Tanizaki vivió gran parte de su vida en casas perfectamente iluminadas. Pero a mí eso no me importa, a mi juicio esto no rebaja la categoría del ensayo ni socava sus cimientos, que me parece muy bonito, muy legible y muy profesional».

El libro de Tanizaki contiene, con todos los aires nipones que se quiera, un claro berrinche. Escribe el autor: «Los sistemas que acompañan a esta nueva cultura están hechos todos para contentar a los jóvenes, y que nuestra época es cada vez menos amistosa para con los mayores», para añadir de inmediato: «Al final, el mensaje para los ancianos es que se echen a un lado y no molesten». «Es un tema bonito», comenta el traductor de la obra. «Tanizaki adopta la pose del viejo ya desfasado, abrumado y a punto de caer en la cuneta, pero tampoco hay que hacerle mucho caso, es como el abuelo de la nerviosa vara de avellano de la canción de Víctor Manuel, que se queja de que María le esconde su tabaco. El japonés es, en general, más respetuoso que el español o el europeo hacia casi todo. En realidad, uno de los grandes valores de los blancos en sus correrías por el mundo ha sido siempre su proverbial falta de respecto por casi todo, su descaro. En Japón, decía, hay respeto por las cifras, por las palabras, por los excrementos, por las flores e insectos, por los sabores, por las creencias ajenas, aunque sean simples o infantiles, por los cargos y, por supuesto, por las canas. Es un respeto que no parte de ninguna concepción particularmente sublime ni trascendente, creo yo, sino que tiene relación, más bien, con eso que los antiguos llamaban discreción, en el sentido de sensatez para formar juicio y tacto para hablar u obrar que nos transmite el diccionario de la Academia. Pero, personalmente, no creo que la sociedad japonesa sea particularmente respetuosa con sus mayores. En septiembre tienen el Keiro no hi o día del respeto a los ancianos, pero es triste tener que decir que el resto del año no se les hace mucho caso y millones de ancianos lo están pasando realmente mal en este país. Yo creo que si los japoneses son tan longevos es, entre otras razones más razonables, porque se niegan terminantemente a morir en estas condiciones».

Javier de Esteban Baquedano habla con el conocimiento de quien lleva un cuarto de siglo mal contado ejerciendo de vecino japonés, lo cual excluye de su interpretación de aquel país toda clase de tópicos y otros recursos clásicos del desinformado. «A los 24 años, en 1989, vine a Japón por primera vez, con la idea de aprender bien el idioma, que me apasionó», cuenta. «Encontré por casualidad un libro de gramática japonesa en Pamplona y me parecieron interesantes ciertos parecidos con el vasco. Estuve nueve meses, tres de ellos en una escuela para extranjeros de Tokio, también trabajé en la construcción durante algunos meses –entonces era la bubble, había trabajo para dar y regalar y se pagaba bien–. Volví a Pamplona a mediados de 1990 porque ya no podía repetir salida a Corea del Sur para recibir un nuevo visado turístico de tres meses. En Pamplona hice el servicio sustitutorio al militar (primera hornada de objetores que lo cumplieron), terminé la carrera de Ciencias de la Información (Periodismo) en la Universidad de Navarra, que había dejado sin terminar, y en 1992 me vine otra vez aquí con toda la ilusión, ya libre de polvo y paja. Entre 1993 y 1994 estuve matriculado un año en otra escuela de japonés para extranjeros, donde estudié como una fiera. Mis compañeros eran, en el último semestre, todos chinos y coreanos, y eso subía mucho el nivel de la clase».

«Entre 1994 y 1999 obtuve visado de trabajo para trabajar en el semanario, ya extinto en papel y solo digital, International Press, creado en 1993. Era una empresa propiedad de un japonés-brasileño, que tenía edición en portugués (llegó a haber más de 300.000 brasileños, casi todos de origen japonés, en Japón) y en español (unos 50.000 hispanohablantes, principalmente peruanos). Primero fui corrector, luego miembro de la redacción y luego, jefe de redacción. Tengo muy buenos recuerdos de esta época periodística en la que compartí redacción con peruanos y brasileños. Fuimos el primer semanario de información general que tenía la colonia hispana y aunque luego surgieron otros, éramos el más importante. Teníamos un contacto muy directo con los lectores y muchas satisfacciones. Cuando dejé el periódico puse una empresa y me dediqué un poco a los negocios. Unos años después fui dejando la empresa y, siguiendo con las clases de español, empecé a traducir. Sería hacia 2002, más o menos. Aunque, lógicamente, en mi época de International Press ya había traducido mucho para el propio periódico».

Los años han pasado «y he hecho otras muchas cosas», va explicando el traductor de Tanizaki: un reportaje sobre San Francisco Javier para el gobierno de Navarra, otras traducciones... «Desde 1992 he vivido siempre en Japón, volviendo una o dos veces a Pamplona cada año, para visitar a la familia. Me casé con una japonesa en 1999, no tenemos hijos». Cada vez que regresa a Japón deja atrás todas sus sombras.

En países de habla hispana «solo» tiene tres traducciones publicadas: la ya referida de Junichiro Tanizaki; otra más para Satori titulada Fukushima, vivir el desastre, de Takashi Sasaki; y Jirafa africana, un cuento de Megumi Iwasa. «Nunca he intentado traducir nada por mi cuenta para una editorial española, ni promocionarme como traductor en España, donde creo que todo el mundo editorial está muy pachucho y los pagos a los traductores no son buenos, en general, o esa es la idea que tengo», dice. «La traducción de Fukushima, vivir el desastre, me la pagó directamente el autor, japonés, y el libro solo por casualidad llegó hasta Satori, y El elogio de la sombra ha sido ya a petición directa de Satori. Pero veo que publicar en España también puede ser satisfactorio, a pesar de los pesares».

Cualquier espíritu crepuscular y melancólico tenderá a pensar que esa lejanía de años y kilómetros, por mucho que venga a España un par de veces cada año, ha de hacerse notar en el ánimo de este navarro que poco a poco se fue haciendo mayor en japonés. ¿Cómo podría no conmoverle un libro como El elogio de la sombra, que lo mismo lo suscribe en su esencia uno de Tokio que alguien de Iruña-Pamplona, como él? Pues quizá porque el verbo no sea conmover. «No creo que El elogio de la sombra sea un ensayo conmovedor. Es un elogio y el género del elogio, aunque permita siempre el recurso a la ironía, es siempre un género difícil. El elogio de la madrastra es, por ejemplo, una de las obras más flojas de Vargas Llosa, creo. Y es difícil que, a estas alturas de la historia, un elogio nos resulte conmovedor. Para mí, lo más bonito del ensayo de Tanizaki es ver cómo el autor, el novelista de lunes a viernes y ensayista sábados y domingos (es un decir), va situándose frente al motivo, rodeándolo, y, con sus armas individuales, sin hacer uso de las de destrucción masiva, lo va inmovilizando o neutralizando. Es como esos finales de ajedrez en los que da gusto ver cómo el jugador fuerte va cercando al rey contrario con eficacia y economía de medios. Entraría más dentro de lo admirable que de lo conmovedor».

Como buen conocedor que es del material literario de la zona, urge preguntarle por otras lecturas recomendables. «Yo creo que los que más pegada tienen siguen siendo Yasunari Kawabata, Yukio Mishima y Haruki Murakami. Siento no ser demasiado original», se excusa. «Kawabata tuvo la suerte, como escritor, de ser una persona muy desgraciada y supo transformar esos sufrimientos personales en algo así como belleza de una forma irrepetible. Sublimación sería la palabra perfecta para definirlo. En japonés, sus frases tienen un extraño encanto, como de cántico de pueblo siberiano o ártico. Mishima es el gran maestro de la novela, estructurador y estratega, un verdadero faber, escrupuloso, perfeccionista. Ideológicamente tiene esa parte militarista y fascistoide, a lo D’Annunzio (es gracioso que los dos se hayan fijado en el martirio de San Sebastián, y creo que hay muchos otros paralelismos) de la que te puedes partir de risa, y esa especie de fatalismo masculino un tanto patético, que prefigura a Houellebecq (Houllebecq me parece un novelista extraordinario, a pesar de su última obra). Murakami, por su parte, yo creo que es uno de los autores que más partido han sabido sacarle al siglo XX novelístico occidental, el que, asimilando y asumiendo el posmodernismo, ha sabido usarlo y reconvertirlo en obras legibles y amenas, que llegan a las masas. Claro, en él hay mucho alarde de ingenuidades que pueden afectar a tus nervios, mucha exposición de supuestos secretos y claves (new age, mitos griegos, etc), muchos calcetines colgando hacia fuera en el cajón, y en sus obras es inútil buscar esas otras cosas irrenunciables que a veces los lectores les exigimos a los novelistas, compromiso y tal, aunque últimamente él, siempre voluntarioso, parece buscar algún tipo de compromiso, suponiendo quizás que eso le puede abrir las puertas al Nobel. Pero yo, de todas formas, lo admiro, como admiro a esos jóvenes del patinete que se tiran por cualquier sitio o al Spiderman francés que escala edificios, o los escalaba».

Atrás quedan, conforme habla, todos los ancianos del mundo agarrados a sus sombras y dando trabajo a la muerte y a la literatura. Y a los traductores, claro. De vez en cuando intercalan alguna carta de amor a un futbolista guaperas de algo hay que vivir, cosa inútil para el remitente si uno repara en los avisos de Tanizaki: «Pensamos que la belleza no está en los objetos, que es producto de las sombras creadas por esos objetos, que reside en el claroscuro. Es la esencia de la sombra, ese estado intangible, sin la cual se desvanece la belleza».


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