sábado, 24 junio 2017
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La rosa de Brunete

Gerda Taro persiguió la foto icónica de la Guerra Civil, una imagen que removiese la conciencia de una Europa que, con el tratado de ‘No beligerancia’ abandonaba a su suerte a la República española y con ello facilitaba el paso a las potencias fascistas europeas. Un desdichado accidente truncó su carrera y su vida

23 may 2016 / 12:57 h - Actualizado: 23 may 2016 / 13:04 h.
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    Taro en las oficias de Alliance Photo en el París de mediados de los años 30. /Fred Stein
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    Gerda Taro recostada sobre un mojón de carretera en España. El abrazo a las siglas PC (partido comunal) es un guiño a PC (partido comunista). / Robert Capa
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    Página de la revista francesa ‘Ce Soir’ dedicada a Taro e ilustrada con sus fotos. El titular dice: «Lo que vio Taro antes de su muerte». Recorte de prensa de Ted Allan, el periodista canadiense que la acompañó en el frente de Brunete. A la derecha, fotografía (en el círculo) de Aníbal González, el tanquista que accidentalmente la atropelló.
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    Miliciana fotografiada por Gerda Taro hace prácticas de tiro en Barcelona.
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    Rosario Sánchez, ‘la dinamitera’
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    Mika Etcjebéhere, ‘la capitana’.
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    Fotogramas de uno de los negativos de Taro encontrado en La maleta mexicana. Las fotos fueron realizadas el 9 de julio en la localidad de Quijorna, muy próxima a Brunete. Se aprecian claramente los daños causados por la artillería en la torre de su iglesia.
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    Una perdiz parece ser la mascota de un miliciano. Frente de Aragón 1936. / Gerda Taro
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    Un soldado en Los Blázquez (Córdoba) ha colocado un clavel en el cañón de su Mauser. Un gesto casi 40 años antes de que fuera el símbolo en la revolución portuguesa. / Gerda Taro

El fanatismo racial que sufrían los judíos en la Alemania nazi y sus devaneos con la política -que le ocasionaron un arresto- fue la puntilla para que Gerta Pohorylle abandonara precipitadamente su país, dejando atrás familia, amigos y una vida acomodada. París será su ciudad de acogida a finales de septiembre de 1933. Se convierte en una refugiada.

Su origen burgués, formación y una amplia red de contactos le permiten afrontar el exilio de una forma muy distinta a la de otros emigrantes que, como ella, buscaban una nueva oportunidad en la capital francesa.

Encuentra trabajo de secretaria en la consulta del psicoanalista austriaco René Splitz que, al igual que ella, también era emigrante judío. Fue su primer empleo y con el poco dinero que gana se ve obligada a compartir casa con su amiga Ruth Cerf. Juntas salen a descubrir la ciudad y son clientas habituales de los cafés del entorno de Montparnasse. Este barrio se ha convertido en un lugar de encuentro de artistas e intelectuales. París es el centro del mundo de las vanguardias, se vive una euforia creativa y las nuevas propuestas son bienvenidas.

Las dos amigas se mueven en este ambiente cosmopolita donde se dan cita fotógrafos como Henri Cartier-Breson o Robert Doisneau, escultores como Alberto Giacometti y escritores de la talla de André Breton o Max Jacob. Entran en contacto con militantes de izquierdas con quienes les une una fuerte convicción antifascista y, por supuesto, con otros refugiados que las ponen al día de la deriva que está tomando Alemania.

En el año 1934 la crisis económica azota a Francia y, como suele ocurrir, los extranjeros son el chivo expiatorio.

En este contexto, Gerta conoce al fotógrafo Endre Ernő Friedmann –se ha afrancesado el nombre y ahora se hace llamar André- en una sesión de fotos con su amiga Ruth.

Gerta y André se enamoran, y ella se convierte también en su aprendiz y ayudante. Abandona la consulta del psicoanalista y comienza a trabajar para la agencia Alliance Photo donde conocerá los entresijos del mercado fotográfico.

De André dice: «Ha ido a la peluquería, y ahora se pone traje en lugar de cazadoras de cuero. Me ocupo de su guardarropa, pero también le oriento de cómo llegar al éxito. Es muy consciente de sus capacidades, y le ayuda mi confianza absoluta en él. Me llama irónicamente la jefa, y se siente estimulado por mis consejos. Su vida está más organizada».

Sus consejos dan resultado y al poco tiempo encuentra trabajo como editor gráfico en una revista donde realiza un impresionante reportaje sobre una escuela de paracaidismo.

Aquellos éxitos iniciales son solo un espejismo, los bajos precios de los pocos encargos que les llegan ponen a Gerta a maquinar un plan: una pequeña estrategia de marketing con la que juegan con sus nombres. Deciden quitarse la carga que les supone sus apellidos de origen judío e inmigrante y además Gerda se inventa un personaje para darle a André un halo de misterio, el de un famoso fotógrafo norteamericano que trabaja en París. Ese reportero misterioso se llamará Robert Capa. Para ella elige Gerda Taro.

El procedimiento es sencillo: André hace las fotos, Gerda las vende y Capa termina llevándose la fama.

Cambiar el nombre por otro más sonoro y fácil de recordar no era una rareza entre artistas, otros fotógrafos que utilizaron alias fueron Man Ray seudónimo de Emmanuel Radnitzk o Chim que fue utilizado por David Seymour.

Esta estrategia y una serie de circunstancias externas originan un cambio en sus carreras y es España su próximo destino. Nuestro país será su trampolín a la fama y también a la tragedia.

Capa ya conocía España. En la primavera de 1935 puso su objetivo al servicio de la revista Vu. En Madrid fotografió al coronel Emilio Herrera y su intento de récord de altitud en globo con su novedoso traje estratosférico, un invento que sería la base para el desarrollo de los futuras prendas espaciales. El primer hombre en pisar la superficie de la Luna, Neil Armstrong, le dijo al también español Manuel Casajust Rodríguez, empleado de la NASA y discípulo de Herrera: «De no ser por el invento de su maestro nunca habría llegado a la Luna» y le obsequió con un fragmento de roca lunar.

Su estancia en nuestro país también llevó a Capa a Sevilla. Su Semana Santa y la Feria de Abril serían retratados para la revista Voilà. Para estos encargos estrena su nueva cámara de fotos: la Leica III, una máquina pequeña y manejable que será su herramienta de trabajo preferida. Las cámaras anteriores eran muy pesadas y voluminosas, la discreción no existía y con este nuevo modelo puede acercarse más a la acción sin convertirse en el centro de las miradas. En mayo de 1937 Capa le regalaría la Leica a Taro, su preferencia pasó a la más novedosa Contax II.

Apenas ha pasado un mes de la sublevación militar que dio origen a la Guerra Civil y el 14 de agosto se presentan en Barcelona. Asisten al entrenamiento con armas de milicianas y Taro realiza con su cámara Rolleiflex la famosa foto de la miliciana que, con la rodilla en tierra y zapatos de tacón, hace prácticas de tiro con un revólver; algo inédito entonces y publicado en Francia por la revista Vu.

Necesitan imágenes de acción y buscan un frente menos tranquilo. Cataluña y Aragón solo les ofrecen fotos de milicianos posando y poco más.

Ponen rumbo al sur, Andalucía será su próxima parada. Es aquí, y más concretamente en las proximidades de Espejo –un pequeño pueblo cercano a Córdoba– el escenario donde el equipo Capa-Taro realizará la fotografía que con el tiempo será icono de la Guerra Civil española: Muerte de un miliciano.

Se ha analizado por especialistas, identificado el lugar exacto donde se realizó la toma, pero sigue siendo un misterio la autenticidad de su muerte. ¿Un soldado marroquí del tabor de Regulares que se encontraba en la zona mató al miliciano? ¿Fue una teatralización? Hay opiniones encontradas y la duda persiste. Su autoría ha sido también objeto de mucha especulación. ¿Fue Gerda Taro la que realmente realizó la foto del miliciano? Por aquellos días ambos se intercambiaban las cámaras, realizaban encuadres similares influenciados por las vanguardias artísticas que habían conocido en París. El sello Photo Capa en el reverso añade más confusión. Ella no firmaba sus fotos, eran un equipo y Capa una marca. Puede que la repentina fama internacional de esa foto le creara un sentimiento de frustración que la llevó a crear su propio sello: Photo Taro.

La aparición del negativo original y sus fotogramas posteriores podrían desvelar el misterio pero, desafortunadamente, no se encontraba entre los cerca de 4.500 negativos de Capa, Taro y Chim que aparecieron en La Maleta mexicana en el año 1995 (que por cierto, no era una maleta sino tres cajas de cartón con 126 carretes de negativos).

En los años 30 empiezan a surgir las revistas ilustradas y la fotografía cobra una nueva dimensión, es más protagonista. La prensa diaria y los semanales solicitan más y mejores imágenes. Los propios militares facilitaban la tarea de los reporteros al simular asaltos de infantería, conocedores del gran poder propagandístico de aquellas imágenes.

Teatralizar los enfrentamientos armados para la cámara era una práctica habitual desde la I Guerra Mundial. Taro y Capa simularon los combates en La Granjuela (Córdoba) que tuvieron lugar tres meses antes por miembros de la Brigada Internacional del batallón Chapaiev. Seis de las imágenes se publicarán en la revista Ce Soir del 14 de julio de 1937.

En la II Guerra Mundial se hizo muy famosa la foto montada por Yevgeni Khaldei del soldado que coloca la bandera soviética en el tejado del Reichstag .

Sea o no una puesta en escena, La muerte de un miliciano es una extraordinaria imagen que sintetiza como ninguna otra la Guerra Civil española. No fue bien acogida por el gobierno, mostrar la muerte de un soldado podía debilitar la moral de los combatientes y fue rechazada su publicación en España.

La pareja continúa su viaje, quieren mostrar en sus fotos una victoria republicana. No solo le une la pasión por su trabajo, también son totalmente afines a la causa republicana. Entre los combatientes son muy apreciados: Taro es muy simpática y atractiva, la pequeña rubia –como era conocida– era un rara avis dentro del reporterismo de guerra, ambos son admitidos y protegidos por los soldados –sobre todo por los componentes de las Brigadas Internacionales donde trabajan con menos limitaciones–. Son de origen judío, expulsados de su tierra por la intolerancia étnica, están mostrando al mundo la desesperada defensa de la República española del avance fascista por el sur de Europa. La Unión Soviética es la única que apoya las peticiones de ayuda militar de la República. El partido comunista francés y español se aprovecharán del trabajo de ambos, Taro es, sobre todo, una miliciana armada con una cámara de fotos. Años después se conocería la verdadera cara del estalinismo, un gobierno tan genocida como el nazi, que perseguía a los judíos y encarcelaba o fusilaba a simple capricho de su líder. En 1937, el año que ambos se encontraban en España, las purgas de Stalin alcanzarían su cénit.

Taro es ya una fotógrafa totalmente independiente, sus trabajos son muy admirados y valorados pero su relación con Capa se enfría y da prioridad a carrera profesional. «En este momento no me interesa. Me ha pedido que me case con él, pero le he dicho que no. Estoy centrada en mi carrera profesional y me interesa marcar distancias. A la sombra de Bob, probablemente no voy a destacar tanto como durante mi estancia en España».

El 14 de julio cubre el II Congreso de la Asociación Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura que son publicadas por el diario Ce Soir y el día 22 se publican en Regards sus últimas imágenes, una serie de fotos del Congreso de Escritores.

Tras una breve estancia con Capa en París, regresan a España. Se dirigen por separado a Bilbao y Valencia, para volver a encontrarse en el puerto de Navacerrada. Estas tierras segovianas serán el escenario de la novela Por quién doblan las campanas de su común amigo Hemingway.

Los republicanos han tomado Brunete y es su ocasión para fotografiar lo que se perfila como una gran victoria del recién constituido Ejército Popular. Taro se quedará en España y Capa decide regresar a París.

Pero lo que empezó siendo una clara victoria, se está convirtiendo en un desastre.

Un caluroso 25 de julio del 37 en la polvorienta carretera que discurre de Villanueva de la Cañada a Valdemorillo, los reporteros Gerda Taro y Ted Allan caminan junto a tropas de Lister que se baten en retirada. Hombres y máquinas de la 11 y 14 división huyen en desbandada sin apartar la vista de un traicionero cielo desde donde los aviones de la Legión Cóndor bombardean y ametrallan todo lo que se mueve. Un trayecto casi despoblado de vegetación y en el que la única forma de escapar de los ataques a vuelo rasante y el fuego artillado es meterse en algún cráter producido por las bombas de aviación o la artillería en la tierra. Un oficial alemán de la Cóndor definió aquellos bombardeos como «juicio de Dios».

Se está ensayando con las tropas republicanas un nuevo esquema de bombardeo masivo que un par de años después será la base de la Blitzkrieg, un nuevo tipo de guerra con la que la Alemania de Hitler someterá a gran parte de las democracias europeas. La España republicana es su cajón de arena, un laboratorio donde prueban nuevas técnicas y máquinas; el desprecio a sus habitantes es evidente. Episodios como el de Guernica y hasta el casi desconocido bombardeo de cuatro pueblos de Castellón para comprobar los efectos del ataque quirúrgico de los aviones en picado Stuka lo demuestra.

Taro no para de fotografiar aquel gigantesco cementerio con sus dos cámaras Leica. Ted es consciente del enorme peligro que corren y le pide reiteradamente abandonar aquel lugar, las balas no discriminan entre combatientes y reporteros. Pero Taro no se mueve del agujero hasta que ha agotado el último carrete. Sus fotos son ya un tesoro, hay que darse prisa y mandar los negativos a la revista Ce Soir, ha conseguido lo que buscaba: retratar aquel infierno; ahora que el mundo sea testigo de lo que está pasando en España.

Un coche Chevrolet Matford de color negro aparece a toda velocidad por el camino levantando a su paso una gran polvareda. Es el vehículo del general de las Brigadas Internacionales Karol Swierczewski –más conocido como General Walter–. Los dos reporteros hacen señales a su conductor para que se pare: el chofer detiene el vehículo en el que transporta a tres heridos y accede a llevarlos pero encaramados a los estribos laterales. El personal médico está desbordado por la situación y tiene que echar mano de cualquier medio de transporte para evacuar a los heridos. No han recorrido más de unos cientos de metros cuando un carro de combate republicano T-26, conducido por el albaceteño Aníbal González, invade la carretera y obliga al conductor a dar un volantazo a la izquierda para evitar el impacto. Consigue esquivar el tanque pero el brusco giro hace caer al suelo a los dos reporteros. Ted tiene las piernas heridas y es arrastrado por unos soldados a la cuneta. Pero ella se lleva la peor parte. El T26 le ha pillado el vientre con las cadenas provocándole unas terribles heridas. Su compañero la busca desesperadamente, pero ya no se encuentra allí, una ambulancia la ha evacuado a un hospital inglés en el Escorial.

Aníbal no se ha enterado de nada, será su compañero Fernando Plaza, que conducía otro tanque tras él y testigo de aquella espantosa escena, el que le grite «¡Te has cargado a la francesa!».

Cuando Ted llega al hospital las enfermeras no le permiten verla, pero lo tranquilizan, parece que pude salvarse. Pasa la noche completamente sedada, pero su menudo cuerpo no puede resistir las heridas; la pequeña rubia –como era conocida entre los combatientes republicanos– murió el 26 de julio, apenas unas horas después de su ingreso.

Unos días después Taro pensaba encontrarse con Robert Capa en París para celebrar su 27 cumpleaños el 1 de agosto. La guerra chino–japonesa era su próximo objetivo en común. Capa se enteró de su fallecimiento al hojear el periódico en la sala de espera de su dentista.

En España se realiza un funeral en su nombre organizado por Rafael Alberti en la sede de la Alianza de Intelectuales Antifascistas. Su cuerpo fue trasladado a París donde se le tributó un multitudinario entierro en el cementerio de Père Lachaise. El escultor Alberto Giacometti talló un monumento para su tumba formado una copa y un halcón. Durante la ocupación nazi la inscripción de su lápida fue eliminada quedando solo su seudónimo y la fecha de nacimiento y muerte.

Robert Capa editó en 1938 un libro fotográfico en su homenaje titulado Death in the Making (Muerte en acción) cuya dedicatoria reza así:

«A Gerda Taro, que pasó un año en el frente español, y se quedó allí».

Desde entonces, un velo de oscuridad y olvido cubrió el trabajo de la reportera.

Capa siguió cosechando éxitos para convertirse en el más famoso corresponsal de guerra del mundo. En 1954, cuando cubría la guerra de Indochina para la revista Life, una mina acabó con su vida. David Seymour, Chim, con quien también compartieron amistad y trabajo en la Guerra Civil española, murió al ser ametrallado su vehículo por soldados egipcios durante la crisis de Suez en 1956.

Lo que pasó en España después es ya bien sabido: El fascismo en versión franquista. Ajuste de cuentas, represión y revancha. El final de la guerra sumió al país en el aislamiento internacional, una vuelta al conservadurismo más duro y extendió aún más las diferencias sociales y la pobreza.

Como escribió Bertolt Brech: «... entre los vencidos, el pueblo llano pasaba hambre; entre los vencedores, el pueblo llano la pasó también».

MUJERES EN ARMAS

Gerda no solo fotografió a la abnegada mujer trabajadora de retaguardia o la obligada a huir cargada de críos con sus cuatro pertenencias. También sacó del anonimato a las milicianas que reclamaban su derecho a defender la legalidad republicana. El fusil a la espalda y el mono azul se convirtieron en su nueva vestimenta.

Las anarquistas de la CNT fueron las primeras en empuñar las armas. El gobierno disolvió todas las milicias y las agrupó en el nuevo ejército que se estaba creando. Adoptar la organización de un ejército convencional es una consigna del PCE y una exigencia de la URSS, único gran abastecedor de armas a la República. Pero también tuvo sus consecuencias: retiró las armas a las milicianas.

La mujer en las trincheras era motivo de mofa por parte de las tropas nacionales que acusaban a los combatientes masculinos de cobardía .

El desarme de las milicias supuso también la ilegalización del POUM (Partido Pbrero de Unificación Marxista). La miliciana Mika Etchebéhere -que había asumió el mando a la muerte de su marido en la batalla de Atienza- recibió los galones de capitán. Fue la única mujer que ejerció el mando en tropa en la Guerra Civil. La película Tierra y libertad dirigida por el cineasta inglés Ken Loach -seguramente la mejor cinta rodada sobre la Guerra Civil- retrata en una de sus escenas el desarme y disolución de una de estas milicias.

Una mujer que pagó muy caro su paso por el frente fue Rosario Sánchez Mora conocida por ‘La dinamitera’. Un explosivo defectuoso le estalló en la mano. Tuvo suerte y salvó la vida pero perdió la mano derecha. Rosario participó en la batalla de Brunete como encargada de llevar la correspondencia de los soldados desde la capital al frente. Juan Aparicio Herrero, un poeta sevillano comisario cultural del 5º regimiento y amigo de Rosario le presentó a Miguel Hernández que, asombrado por su historia, terminaría escribiéndole unos versos. Años después, aquel poema sería transformado en canción por diversos autores musicales como Nelsón Valdés, Bernardo Fuster (cofundador del grupo Suburbano) o el grupo La Barbería del Sur y Juan Perro.

Una miliciana anónima diría: «... Si alguien os dice que la lucha no es de mujeres, decidle que el desempeño del deber revolucionario es obligación de todos los que no son cobardes». Poco después moriría en el campo de batalla.


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