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Un monje con una cámara de fotos

Peter Manschot, que huyó de su estricta Holanda natal y acabó en Andalucía, lucha por transmitir en sus imágenes de naturaleza su pasión por el entorno. Acaba de editar su libro ‘Andalucía, paisajes de empoderamiento’

23 feb 2016 / 16:48 h - Actualizado: 23 feb 2016 / 17:21 h.
  • Un monje con una cámara de fotos
    El carácter desértico de la Hoya de Guadix, en Granada, alcanza manifestaciones extremas en algunos enclaves. / Peter Manschot
  • Un monje con una cámara de fotos
    Peter Manschot, integrado en el paisaje mientras realiza una foto. / El Correo
  • Un monje con una cámara de fotos
    Los picos Alcazaba y Mulhacén, vistos desde su cara norte.
  • Un monje con una cámara de fotos
  • Un monje con una cámara de fotos
    Los primeros rayos de sol esbozan el perfil de las sierras de Cázulas y Lújar.
  • Un monje con una cámara de fotos
    El agua y la roca dialogan en el Torcal de Antequera.
  • Un monje con una cámara de fotos
    Los acantilados del Asperillo, camino a Mazagón.
  • Un monje con una cámara de fotos
    Paisaje alomado en los Montes Orientales de Granada.
  • Un monje con una cámara de fotos
    Almendros en flor de los Montes de la Contraviesa, en Granada.
  • Un monje con una cámara de fotos
    Los últimos rayos de sol recortan el perfil del Arrecife de las Sirenas, en Almería.
  • Un monje con una cámara de fotos
    Las aguas libres del río Higuerón, en la Sierra de Almijara.

Rocambolesco emigrante holandés, Peter Manschot, fotógrafo de naturaleza, está muy cerca de llevar la vida quiere llevar.

Aterrizó en Málaga, literalmente, hace 15 años. Pudo haber sido en otro sitio, pero los vuelos desde su país acababan en Málaga. «Me apetecía vivir en una país mediterráneo porque estaba un poco cansado de la cultura nórdica, estricta, rígida. Hasta cierto punto me daba igual el país, pero conocía un poco de castellano. Me llamaba la atención Andalucía y decidí probar suerte aquí».

El choque fue brutal. «Un día coges el avión en tu país, estaba bajo cero. A las pocas horas estás a veintipico grados y todo el mundo va en camiseta». Otro mundo, pero no un mundo idílico. «Empezar de cero no es fácil. Soy abogado de formación y no tiene nada que ver con lo que hago hoy en día. Por suerte. Sin desprestigiar al oficio, que ejercí un año y medio en Utrecht. No me importaba trabajar en otra cosa, pero pensaba que con mi título lo tendría más fácil». No contaba con la burocracia española: no tuvo manera de homologar el título, «pero como todo en la vida, las cosas malas tienen su parte buena. Igual, si no me hubieran hecho la vida imposible, no me dedicaría a la fotografía. Inconscientemente creo que me hicieron un gran favor», reflexiona.

Su estancia en España comenzó de modo más o menos convencional. «Busque un trabajo, un piso, una novia y me establecí en la capital». Y empezó a salir al campo. Y todo cambió: «Me quedé muy abrumado por la belleza y por la variedad, por la espiritualidad de esos lugares. Nació una vocación, un deseo muy fuerte de compartir esos paisajes tan abrumadores con gente que no podía estar conmigo, y mi mejor vehículo era la fotografía. Disfrutaba de la belleza y de las sensaciones tan profundas. Ya sabía, como se suele decir, qué quería hacer de mayor: estar en esos lugares y compartir esas sensaciones con las personas queridas».

Claro, todo lo que dejaba atrás no era malo. «Te puedo hablar de mi país, donde la gente está preocupada porque hay un 5 por ciento de paro, o porque solo te vas tres veces de vacaciones al año, a destinos internacionales, y no cuatro. Laboral y económicamente funciona, pero han entregado la esencia de la vida. La gente no es feliz y no sabe compartir sus cosas», explica, y empieza a adivinarse por dónde seguirá su reflexión: «Es un poco la tragedia nórdica: tenerlo todo y no saber qué hacer. El estilo de vida mediterráneo está más cercano a la esencia de la vida».

Tampoco en Andalucía es todo perfecto. «Noto cierta falta de autoestima, no somos conscientes de lo que tenemos. Falta autoestima como pueblo, a nivel individual y colectivo, y la mentalidad emprendedora, empresarial. Y eso me lleva a otro tema».

A otro tema clave para él. «Yo hago fotografías pero es importante que estén acompañadas con textos, textos que inviten a disfrutar los paisajes y a adentrarse en la naturaleza, y sobre la vida en general». A partir de ahí, explica su manera de ver el mundo. Y de empoderarse, palabra sobre la que la RAE explica que «se emplea (...) con el sentido de conceder poder [a un colectivo desfavorecido socioeconómicamente] para que, mediante su autogestión, mejore sus condiciones de vida». Peter se explica: «En su relación con la naturaleza, la gente se empodera en un paisaje natural. Cuando estás en un bosque tienes serenidad, no tienes ni normas, ni jefes, y tú eres en el protagonista. Todo lo que ocurra depende de lo que tú hagas y propongas. Ese hecho de ser protagonista de la vida es una experiencia que mucha gente no vive». De manera que, ante la dificultad generalizada que encontramos para hacer lo que nos gusta, «la naturaleza es un paisaje que nos puede devolver a nosotros mismos, a nuestra capacidad de crear, de compartir». Y dice más: «La naturaleza nos facilita ese entorno tan sereno y bonito, y ahí aflora nuestra parte más creativa. En la vida cotidiana la tenemos atrofiada porque tenemos que seguir la rueda de las prisas, las pautas, las normas...».

Paisajes de empoderamiento

El título del libro que Peter Manschot acaba de editar es Paisajes de empoderamiento. Y lo primero que destaca es que en la portada aparecen dos nombres: el suyo y el de José María Montero Sandoval, periodista y director de los programas Espacio Protegido y Tierra y Mar, de Canal Sur Televisión, autor de los textos. «Hemos colaborado varias veces –cuenta Montero– y en esta última obra me pidió el prólogo y los pies de foto aunque, como es tan generoso, me ha colocado en la portada del libro de forma absolutamente inmerecida».

Destaca de quien, a estas alturas, es su amigo que «es un tipo muy peculiar. Lo conocí en circunstancias muy Peter, porque me había leído en El País, estaba recién llegado y nadie le hacía ni caso. Me pidió un carta de recomendación –esa antigualla–, se vino a verme y se la hice». Esa amistad de años tiene la ventaja de aportar perspectiva. «Uno de sus rasgos más llamativos es que tiene una actitud de confianza en las personas y en las instituciones, pero es una confianza que no nace de la ignorancia, sino de la bondad. Parte de que la gente debería ser más sencilla». La realidad, no pocas veces, va por otro lado. «Está muy achicharrado con las instituciones», concede Montero, quien continúa. «Le está costando la misma vida vivir de esto. Pero es una pasión, no puede resistirse. Va parcheando como puede y es de un austero... Es un monje zen con una cámara de fotos». Tiene, eso sí, una pequeña empresa, Al Ándalus Photo Tour, en la que junto al fotógrafo Miguel Gil oferta rutas de senderismo, viajes de senderismo y otras actividades.

De hecho, su libro lo ha editado después de una campaña de crowfunding. «Es bonito porque demuestras que para hacer cultura no necesitamos políticos, lo podemos hacer entre mecenas y creadores. Y al final, los que mejor responden son amigos y personas cercanas, y es bonito porque lo estás haciendo también para ellos», explica Peter.

El libro tiene cuatro capítulos. El primero se llama Paz y Profundidad, una «invitación al lector para que a través de las imágenes entre en un mundo de dimensiones diferentes de la vida cotidiana». Lo sigue La rebelión, donde «explico un poco mi propia rebelión. Tengo preferencia por las fotos fantasmagóricos, las formas extrañas, los árboles retorcidos. Paisajes tan salvajes como el Torcal de Antequera o de encinas viejas y retorcidas me inspira mucho. Son paisajes no domesticados por el sistema». El tercer capítulo es La armonía, donde se emplea «el elemento ondulado como metáfora». Abundan aquí las imágenes de aguas y paisajes agrícolas. «Cuanto menos elementos tienes, es más. Con poca información transmito mucho, o lo intento», explica el autor. A estas alturas, no debe sorprender la explicación posterior: «Es una metáfora alternativa a la sociedad. Con tantos trastos nos alejamos de la esencia de la vida. Olvidamos que con la mitad de las cosas podemos ser más felices, y esto conecta con la filosofía del decrecimiento: renunciar voluntariamente a cambio de una mayor calidad de vida. Eso es el marco ideológico del decrecimiento. En la fotografía pasa algo parecido. A menudo queremos meter demasiados elementos y falta simplificación».

Nadie podrá decirle que no es coherente cuando habla de no acumular cosas. «Nunca he contado con un vehículo, ni siquiera conduzco. Detrás de cada imagen hay una historia, una pequeña expedición de varios días en el monte. Empiezo en transporte público y desde el pueblo más cercano empiezo a andar y me tiro al monte hasta que me quedo contento. La gente lo ve como una forma muy sacrificada de trabajar pero, al pasar varios días ahí, tengo la ventaja de que estoy conviviendo con el medio que retrato. Tengo mucha cercanía con el medio y una interacción casi constante. Es como si retratara una parte de mí. Esa aparente desventaja de no tener tantos medios me da la ventaja de sacar más profundidad en mis imágenes».

Así, con la dedicación como mejor herramienta, Peter Manschot se siente bien. Y de vuelta al empoderamiento. En el prólogo, por ejemplo, se lee: «Si somos capaces de reconocer, de reconocernos en los paisajes que captura Peter (aunque nunca hayamos pisado esa geografía), si su contemplación nos produce el íntimo placer que provoca lo hermoso, si admitimos que esa imagen tiene algún sentido para nosotros, es porque Peter, después de examinar la realidad, ha buscado la mejor manera de ser claro y sincero. La simplicidad no es una panacea, pero si nos alejamos de ella todo se vuelve, de alguna manera, artificial e incomprensible».

Y Peter, más que un fotógrafo, amplía la reflexión. «A un plazo más largo, mi obra habla de que, si una persona vive ese proceso en la naturaleza, por qué no va a hacerlo en su vida cotidiana y va a tomar decisiones. Si lo hacemos muchas personas a la vez, podremos cambiar la sociedad». De manera que el mero conservacionismo, tan apreciado por Peter en los secretos rincones que conoce, no es suficiente. «Son también refugios humanos, donde podemos recuperar la creatividad y la dignidad. Donde podemos encontrar muchas respuestas ante la vida en general». Pues eso...


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