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Otra mirada a los museos

Aquella Semana Santa de la Prehistoria...

Quien quiera experimentar en sus carnes el calor que pasaron nuestros ancestros labrando lápidas funerarias, que vaya al Museo Arqueológico. Un lugar con muchos más enigmas y maravillas de lo que la gente cree

07 ago 2018 / 14:08 h - Actualizado: 07 ago 2018 / 14:26 h.
  • Algunos de los exvotos ibéricos que se exhiben en el sótano.
    Algunos de los exvotos ibéricos que se exhiben en el sótano.
  • Una hebilla de cinturón que bien parece un abridor de botellas.
    Una hebilla de cinturón que bien parece un abridor de botellas.
  • Comparativa de tamaños entre un megalodón y otros bichos y objetos. Qué miedo.
    Comparativa de tamaños entre un megalodón y otros bichos y objetos. Qué miedo.
  • Niño contemplando la muela de un mamut tras la vitrina. /b/ Máscara trágica de arcilla de la colección Mateos Gago.
    Niño contemplando la muela de un mamut tras la vitrina. /b/ Máscara trágica de arcilla de la colección Mateos Gago.
  • Reproducciones de cráneos de homínidos, entre ellos el del hombre de Naeandertal.
    Reproducciones de cráneos de homínidos, entre ellos el del hombre de Naeandertal.
  • ¿Qué eran estas piedras? ¿Qué mensaje pretendían transmitir? Aún no está claro.
    ¿Qué eran estas piedras? ¿Qué mensaje pretendían transmitir? Aún no está claro.

Aprovechando que esto no es una guía vulgaris de museos –que ya las hay, y bien bonitas que son ellas–, sino un recorrido más o menos insólito –hasta donde se pueda: la prensa ya no es lo que era–, hay que comenzar obligatoriamente con una observación extravagante, a saber: que en el Museo Arqueológico de Sevilla, los cuatro ventiladores que hay están fijos apuntando a las sillas donde se sientan los vigilantes. Cáspita, dirán ustedes con toda razón, pero la verdad es que convendría no hacer sangre de este asunto: es que los pobres guardas se van a fundir. Dan ganas de contribuir al mantenimiento del ecosistema soplándoles también un poco en la cara. Porque el lugar ya bastante muerte recoge como para encima predicar con el ejemplo. No hay nada que quede por decir del calor en Sevilla, salvo una cosa: que quien quiera sufrir en sus carnes lo que vivieron nuestros más remotos ancestros mientras labraban estelas funerarias o toritos en los campos bajo el solazo de agosto, encontrará esta experiencia disponible en el augusto caserón de la Plaza de América que un día fuera Pabellón de las Bellas Artes con ocasión de la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1929, y que desde 1942 acoge las colecciones arqueológicas provinciales. Porque allí, más que aire acondicionado, hay aire a condición. A condición de que sople.

La visita comienza bajando las escaleras que conducen a las once salas que narran cómo se disfrutó la Prehistoria en estas tierras. Y no bien desemboca uno en el sótano, ¿qué es lo primero que ve? ¿Un diosecillo de barro, tal vez? ¿Un hueso de sabe Dios qué bicho antediluviano? ¿Algún bucarito paleolítico? Pues no: ¡un abridor de botellas! En una de las fotos aquí presentes se encuentra la prueba. Sí, ya: en los cartelitos se indica que fue un broche de cinturón, claro. Pero cualquiera que en el uso de su sano juicio prescinda de las verdades oficiales encontrará que el objeto aludido es enteramente el abridor de litronas que tenía su abuela en el cajón de los cubiertos. De lo cual se deduce que mientras labraban toritos de piedra por las infames llanuras de lo que un día sería Sevilla, aquellos tipos se ponían hasta los ojos de Cruzcampo, o lo que quiera que fabricaran con la cebada en sus ratos de esparcimiento.

Así que tenemos ya al primer sevillano, a saber: asado de calor, amante de los toritos y cervecero nato. O sea, el tópico clavado. ¿Algo más? Pues sí: cofrade hasta la médula. Al menos, en lo que concierne a la estética. Porque entre los numerosos chismitos que pueblan las vitrinas de este sótano de la noche de los tiempos hay una figurita que bien podría pasar por un nazareno; por el primer nazareno, de hecho: su capirote recogido en la frente, su capa, su túnica... y las manos extendidas como disculpándose por no llevar caramelos. Es lo que se conoce como un exvoto ibérico, o sea, un muñequito de bronce de esos que se usaban mucho en los poblados. «Estas estatuillas, de un arte rudo e industrializado», se explica en un cuadrito, «son en general toscas, con tipos repetidos, aunque nunca iguales», porque cada cual procedía de un molde diferente. «No son ídolos, sino exvotos que los humildes adoradores de los santuarios ofrecían a la divinidad en acción de gracias por algún favor recibido de esta, probablemente por haber sanado de alguna dolencia, como lo demuestra el hecho de encontrarse también representaciones de piernas, brazos, ojos, dentaduras, etc. o bien en prenda de algún voto ofrecido, o en petición de prosperidad, salud o éxito». He ahí la clave de la religiosidad popular, cuyas causas, motivos y efectos perduran intactos hasta hoy desde sus más remotos orígenes, con o sin capirote.

Entre los objetos del año de la pera que embelesan al visitante del sótano del Museo Arqueológico de Sevilla se encuentra una muela. Pero no una muela cualquiera, sino la de un mamut, con lo que la pieza se acerca más en tamaño a un tamboril rociero que a casi cualquier otra cosa que uno pueda encontrar dentro de una boca. Hay, ya que se menciona la curiosidad, restos de algunos otros animales que antaño poblaron estas tierras gobernadas hoy por ese triunfo de la evolución que son la chicharra, la mosca y la salamanquesa: elefantes, hipopótamos, rinocerontes, búfalos, osos, grandes felinos... Vamos, que iba uno paseando por lo que hoy en día es Palomares –mismo– y se lo podían merendar los depredadores. Aparecen igualmente expuestos los restos de algunas criaturas acuáticas, ya que buena parte de la actual provincia de Sevilla estaba cubierta por el agua. De estos animaletes se exhiben dientes, básicamente. Dientes, dientes, como decía aquella artista. Pero claro, estos no son precisamente de leche: los hay de megalodón, que no era un pastelito de los años setenta sino el tiburón más grande que jamás ha sacado su aleta del mar, como sabrán todos los que vayan al cine a comer palomitas este próximo fin de semana. Hay un dibujito en el museo donde se comparan tamaños y resulta que dentro de ese bicharraco cabía de pie un tiranosaurio.

Entre los solemnes pedruscos labrados que se reparten por estas salas del subsuelo hay algunos de misteriosa apariencia, en los que un agente Mulder cualquiera se hartaría de ver marcianos y ovnis, aunque no lo fueran. Pero, ¿quién sabe? En un letrero colocado en la pared, advierte el museo que esas estelas de piedra «se han tenido durante mucho tiempo como representaciones de carácter funerario en honor de un difunto», pero –mucha atención– «como no se han encontrado nunca, sin embargo, sobre tumbas, sino en lugares estratégicos, o de paso, se piensa en la actualidad que quizá pudieran haber servido más bien para señalar caminos, en las rutas de trashumancia o como hitos o mojones para delimitar propiedades o zonas de dominio». O el prototipo de un ventilador, por qué no. De lápidas a mojones; curiosos, los cambios de opinión de la ciencia: como no sabemos qué narices es esta inscripción, vamos a decir que es una lápida funeraria, y ya si eso, cuando lo sepamos, se rectifica. Y luego se meten con los conspiranoicos (Continuará).


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