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¡Censuradme por favor!

Tàpies, Barbadillo, Flavin, Albers, Gomes y Nenflidio sobresalen en Arco 2018, donde Barbapapás y cristos contra la pared esperan aburridos a que alguien se enoje para tener su minuto de gloria

24 feb 2018 / 17:05 h - Actualizado: 24 feb 2018 / 22:54 h.
  • Una de las obras de arte expuestas en ARCO. / I.G.C.
    Una de las obras de arte expuestas en ARCO. / I.G.C.

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No ocultaremos una tremenda y dramática decepción. La obra del fotógrafo Santiago Sierra censurada por Ifema con el silencio cómplice de la plana mayor política ya es solo un recuerdo periodístico y 90.000 abultados euros en los bolsillos del autor de la serie, Presos políticos, y de su galerista, Helga de Alvear. No queda rastro de ella en Arco 2018. Aguardábamos fotografiarnos delante de una inmensa pared blanca para llevarnos un barato souvenir de la cita artística, pero la dueña del espacio, dado lo caro que se cotiza el metro cuadrado en la feria, ha decidido colgar otra obra, aun más olvidable si cabe que la muy burda y necesaria que fue objeto de la polémica.

El arte contemporáneo necesita expresarse de vez en cuando con trabajos pensados por francotiradores del ruido. Piezas tan simples como una carraca que los guardianes del pensamiento único se encargan de detonar, explotándolas en sus manos y haciendo que la onda expansiva llegue a todo el mundo. Esta vez hemos logrado que todo quisque conozca el trabajo lenguaraz y bastante simplón de Santiago Sierra. Bueno. Estamos en Arco, y venir aquí no es como ir a un centro de arte contemporáneo, donde las exposiciones se nos presentan como menú completo, con planteamiento, nudo y desenlace. Tampoco es cruzar el umbral del ambiente detenido de una galería, donde nos confrontamos con un trabajo monográfico y donde el encuentro verbal es posible y deseable. Entrar en Arco es casi tan fácil como hacerlo en Ikea, salir de Ikea es casi tan difícil como hacerlo de Arco.

Deambulamos entre decenas y decenas de galerías de todo el mundo, damos por válido el ambiente de feria de las vanidades, y nos inquietamos cuando abundan más los selfies que la contemplación de lo expuesto. Un chico pasa delante de un Cristo crucificado dorado que está cara a la pared. Echa el freno de mano y lo inmortaliza con el iPhone. Un poco más allá unas columnas escultóricas con muertos sobre una inmensa panorámica de Alepo destruida nos recuerdan que cada vez somos menos los que repetimos como un mantra el arte por el arte (¡ah, qué lección tan poco aprendida!). Un señor tumbado e inmóvil representa una performance que dura ocho horas y un feo de solemnidad graffitti presidido por un Barbapapá pone la guinda al apartado palomitero del festín.

Sin apenas información en las paredes, sin contexto ni argumento, Arco es el imperio del impacto a primera vista. Y es así, poco a poco, como la vista y el cuerpo se va acompasando al trajín. Y, de pronto, empezamos a tener revelaciones. El galerista sevillano Rafael Ortiz trae a Manuel Barbardillo, máximo representante de la Escuela de Cálculo y de la abstracción geométrica hispalense. Un puñado de Tàpies nos magnetizan con su fuerza telúrica, con la violencia del trazo, con sus trascendentales oscuridades en el espacio de Alberto Reguera. La galería Cayón se lleva el Oscar poniendo nada menos que dos reflexiones sobre el cuadrado del dinosaurio Josef Albers, mientras que una instalación de Dan Flavin, pionero en la utilización de luces fluorescentes, se articula casi como un altar profano, un lugar de meditación en un sitio insospechado. Redondean la propuesta con una miniatura de Yves Klein (algo cursi) y con una muy pertinente escultura minimal en metacrilato del más joven David Magán.

Otro (cada vez) más grande es el galerista José de la Mano, de un gusto exquisito y muy en contra de tendencias, defendiendo el trabajo performativo de Pere Noguera y la abstracción geométrica en blanco y negro de Manuel Calvo. Lugán, Charlotte Moorman y una retrospectiva de obras en plexiglás (casi nada) han constituido parte de su historia reciente. Una nerviosa e inteligente instalación de Paulo Nenflidio sobre un vaso de agua amenazado por la destrucción, las indagaciones ópticas de Juuso Noronkoski, el reduccionismo absoluto, casi zen, de las maderas de Fernanda Gomes y dos soberbios Calder(s) que surgen silentes como de la nada nos convencen de que, rascando y con paciencia, la visita puede merecer la pena. Natalia Ortega Gámez pone a sonar unas vasijas en un trabajo un tanto naif pero resuelto con encanto y sencillez. Y, al final, hacemos una genuflexión ante la obra de la maestra Esther Ferrer que nos arroja al circo de provocaciones Zaj pidiéndonos que cada hora, y durante 24 horas, constatemos que tenemos diez dedos entre nuestras dos manos. Nos adherimos encantados al juego. Mientras algunos artistas esperan en el banco de la paciencia a que sus obras sean censuradas para dar el campanazo, otros sientan catédra y, algunos jóvenes creadores que serán grandes un día, toman nota de sus mayores y de que el arte, sí, debe seguir siendo arte por el arte.


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