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La Gazapera

Cien años sin Gabriela Ortega

Se cumplen 100 años de una excepcional bailaora, una de las hijas de Enrique Ortega Díaz, gran cantaor gitano, amigo y protector de Silverio Franconetti

Manuel Bohórquez @BohorquezCas /
04 ene 2019 / 11:25 h - Actualizado: 04 ene 2019 / 11:41 h.
  • Gabriela Ortega en el centro de la imagen. / Beauchy
    Gabriela Ortega en el centro de la imagen. / Beauchy

Este año se van a cumplir cien años de una de las mejores bailaoras gaditanas, Gabriela Ortega Feria, una de las hijas de Enrique Ortega Díaz, el matarife del Barrio de Santa María y gran cantaor gitano, amigo y protector de Silverio Franconetti, quien un día que fue a la Tacita de la Plata, lo echó de menos –había muerto ya–, mandó a parar el coche de caballo en el que iba y, al pasar por Puerta Tierra, le cantó esta seguiriya:

Por Puerta Tierra no puedo pasar
porque me acuerdo
de mi amigo Enrique
y me echo a llorar.

Gracias a la gran amistad de Enrique Ortega, El Gordo, con el genio sevillano, pudo Gabriela afincarse en Sevilla en 1881, cuando el cantaor de la Alfalfa abrió su café cantante de la calle Rosario, una vez que había roto su colaboración con Manuel Ojeda Rodríguez, El Burrero, al que Sevilla le debe algo más que una calle. No cuesta imaginar a El Gordo diciéndole a Silverio:

Cuídala, Rano –así conocían popularmente a Silverio–, porque es mi joya más preciada.

En efecto, el carnicero de Cádiz sentía una predilección especial por su hija Gabriela, que desde niña destacó como una excepcional bailaora, como lo hizo también su otra hija, la infortunada Rita, casada con un nieto del célebre Planeta, Francisco Monje Fernández El Guarriro, vástago de su hijo Francisco Monge Vara, conocido también como El Planeta, que fue quien promovió la Llave del Cante para el portuense Tomás Ortega López El Nitri, concedida en un célebre café cantante malagueño, en una noche de arte protagonizada por el sobrino de Antonio Ortega Heredia El Fillo.

Cuando El Gordo le mandó a su hija Gabriela a Silverio, para que triunfara en Sevilla, la capital andaluza era la Meca del flamenco, con grandes cafés cantantes como El Burrero, El Filarmónico –dirigido por Juan de Dios Domínguez, el hijo de El Isleño– o el del propio Franconetti. Se iniciaba la octava década del siglo XIX y en Sevilla estaban afincados los mejores cantaores, guitarristas y bailaores de Andalucía. Y también las más grandes bailaoras de Cádiz, el Puerto de Santa María y Jerez, como Rosario la Mojorana, las Coquineras y Josefa la Chorrúa, tía de La Malena. Pero llegó Gabriela Ortega y revolucionó los cafés con una manera de bailar que no se conocía en Sevilla, como se bailaba en barrios gaditanos como Santa María o La Viña.

Gabriela, además, era una belleza y se le disputaron varios toreros de fama de la época, aunque solo una la enamoró, Fernando Gómez García, El Gallo, quien como pidió su mano y no se la dieron, la robó, al estilo gitano, se la llevó a Madrid y le hizo un niño, Rafael el Gallo, que por eso nació en la capital de España el brujo del toreo del XIX. Gracias a ese embarazo, Gabriela y El Gallo se pudieron casar en Sevilla y pudo nacer en Gelves José Ortega Gómez, el gran Joselito el Gallo, quien revolucionaría el toreo ya en el siglo XX.

Aunque se casó con un torero de fama y dinero, El Gallo, Gabriela no tuvo suerte y al enviudar y quedarse sola con varios niños y niñas, pasó bastantes calamidades en Gelves y luego en Sevilla, una vez que, muerto El Gallo, la Casa de Alba los echara de la huerta de Gelves. Demasiado gruesa y cargada de hijos, la bailaora de Cádiz no pudo regresar al baile y pasó lo indecible para sacar adelante a su numerosa prole. Hasta que Rafael y José empezaron a ganar dinero y todo fue bien, aunque la familia estuviera algo maldita, primero con los problemas entre una de sus hijas y El Cuco, tío de Manolo Caracol, quien acabó cortándose el cuello con una navaja barbera por sus amores con Pastora Imperio, cuyo matrimonio fallido con Rafael fue la comidilla nacional, y luego con la trágica muerte de Joselito en Talavera de la Reina, en 1920, con su madre, Gabriela, ya fallecida.

En Madrid murió Granero
y en Sevilla Valerito,
y en Talavera la Reina
mató un toro a Joselito,
qué doló de la Gabriela.

La Tía Gabriela no lloró la muerte de Joselito, su hijo del alma, porque había fallecido algunos meses antes de la trágica cogida de Talevera. Se van a cumplir cien años del óbito de la gran bailaora de Cádiz y sería interesante que Sevilla conmemorara la efemérides y recordara de alguna manera que se hizo sevillana de adopción y que dejó en esta ciudad lo mejor de su vida y de su arte, además de a Rafael y José, los grandes toreros de la Alameda.


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