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Cómo pasarlo en grande en el Bellas Artes... sin Murillo

El humor y la imaginación también pueden ser unos buenos guías para asomarse a los museos. Con ellos de la mano se descubren maravillas insospechadas

17 may 2018 / 17:36 h - Actualizado: 17 may 2018 / 21:33 h.
  • Bomberos sevillanos ante el cuadro de ‘Las cigarreras’.
    Bomberos sevillanos ante el cuadro de ‘Las cigarreras’.
  • ‘San Ignacio y San Francisco contemplando la Eucaristía’, de Valdés Leal.
    ‘San Ignacio y San Francisco contemplando la Eucaristía’, de Valdés Leal.
  • ‘Cuento de brujas’, de Nicolás Jiménez Alpériz.
    ‘Cuento de brujas’, de Nicolás Jiménez Alpériz.
  • Inquietante ‘El milagro de las abejas’.
    Inquietante ‘El milagro de las abejas’.
  • Cómo pasarlo en grande en el Bellas Artes... sin Murillo

En la sala X (que es la décima, no la equis) del Museo de Bellas Artes se produce un efecto curioso: los platos se caen de la mesa. Son platos pintados, menos mal, porque si no aquello sería un no parar de protestas laborales por parte del personal de limpieza, amén del gasto en loza (estando como está la cultura de delicada en materia presupuestaria). Es, naturalmente, un Zurbarán, el más famoso de todos, y se titula San Hugo en el refectorio. Aunque también se podría llamar Ven, cómete una galletita, a ver si creces. Dado que su Fuente de Cantos natal, un tanto ambigua históricamente en términos de adscripción, dependió administrativamente de Sevilla durante un tiempo, por aquí se tiene al pintor por un artista local cuando conviene, y por extremeño en el resto de los casos. De modo que el extremeño –volviendo al tema– era un gran artista pero de perspectiva estaba frito, como salta a la vista. Eso sí: almidonaba como nadie. Si se le cae un fraile no se le arruga el hábito, sino que se le casca, como un huevo duro. Así que extraña que no haya más miles de personas cada día mirando este gran cuadro, atónitos y expectantes ante la posibilidad de que les caiga en las manos un pan de esos de los de antes, con lo buenos que estaban. Por cierto, Ministerio: va haciendo falta una cafetería en el Bellas Artes, entre otros miles de cosas.

Es una de las joyas del impresionante museo de la plaza del ídem que quedan un tanto en penumbra, avasalladas por el más que justo y legítimo resplandor de los Murillos y de su celebración actual. Pero una cosa no quita la otra, como suele decirse, y puede ser que el sevillano se esté perdiendo el placer de alucinar, reír, asustarse, admirarse o bromear sin prejuicios ni falsos estiramientos ante otras muchas expresiones del arte que allí están colgadas precisamente para eso. Y como se están celebrando esta semana los actos del Día Internacional de los Museos, recordar esto puede ser una idea interesante.

Porque Zurbarán no solo organizaba carreras de vajillas por los manteles de sus lienzos; allí mismo, en esa sala, en un rinconcito, tiene un Cristo crucificado entre gris y verdoso que estuvo en el Hospital de la Misericordia y que corta la respiración. Y otra que tal baila, que es la escultura de Juan de Mesa a la Virgen de las Cuevas, una belleza griega con una de las miradas más bellas y serenas de todo el edificio. Y la talla de Santo Domingo de Guzmán penitente obra de Martínez Montañés, a la que le robaron el crucifijo que tenía en la mano hace nueve años y quedó enteramente aquello como una especie de karateka con tonsura, y que obliga al visitante a plantarse delante de ella sin rechistar, intentando adivinar si está viva o todavía le faltan cinco minutos.

Más allá de las modas, las celebraciones y las rutas, hay un recorrido personal que cada uno puede hacer por cualquier museo, y que es recomendable precisamente por lo que estos recintos tienen de invitación al descubrimiento. Sería un pecado irse del de Bellas Artes sin ver La Colosal, uno de los grandes hitos de la pintura universal, pero también lo sería si uno se marchara sin haberle prestado atención a ese delicioso Cuento de brujas de Nicolás Jiménez Alpériz que comparte sala XIII con otras obras del siglo XIX que dejan sin aliento, caso de La pescadora, de Senet; y, en la estancia anterior, el retrato de Bécquer que le hizo su hermano Valeriano y que por tantas manos pasó en los billetes de veinte duros; el Niño del violín de García Ramos; los retratos apacibles de Esquivel; esa Triana de Sánchez Perrier (el artista, no la calle donde es imposible aparcar)... Y por encima de todo, Las cigarreras de Gonzalo Bilbao. A la derecha según se mira, hay otro cuadrito suyo menos conocido titulado Interior de la Fábrica de Tabacos y donde aboceta la realidad con unos aires impresionistas que de bien hechos parecen hasta sencillos.

Pero antes de suicidarse de gusto en estas salas, hay que pasar por la VIII sin excusa: allí están las pinturas de Valdés Leal, todas con los personajes con las manitas así, como las de los conductores pidiéndose explicaciones mutuamente tras un accidente de tráfico. De Valdés Leal no se puede decir una mala palabra en Sevilla, porque corre uno el riesgo de acabar como el protagonista de su descorazonador In ictu oculi de la Caridad; y de hecho, en este periódico, donde tanto se ama la vida, no se dirán. Sin embargo, es cierto que los personajes de este artista van un poco pasados de maquillaje gótico, en general. No llegan al extremo de los músicos de Kiss, las cosas como son, pero mala cara tienen, la verdad. Por expresarlo gráficamente, serían lo que los incondicionales de Harry Potter denominarían una panda de mortífagos.

Independientemente del amor y la veneración que la vieja Híspalis derrocha hacia su mejor retratista de la escatología, las caritas de los niños dan un poco de susto –véase el niño dormido de El milagro de las abejas, que era del Palacio Arzobispal y que probablemente sacaron de allí con ocasión de algún exorcismo–. Aunque también hay otras escenas más agradables de ver, cual es el caso de ese Fray Juan de Ledesma intentando llevarse a casa el muñeco que le ha tocado en la tómbola de la Calle del Infierno, o entrando en relaciones con un dragón, o lo que quiera que sea. Por allí cerca se encuentra también, del mismo autor, San Ignacio y San Francisco contemplando la Eucaristía, y que muestra la primera versión conocida de Chucky en procesión.

Ah, por cierto: puestos a jugar y a divertirse uno gracias al arte: sala IX, a ver quién es capaz de encontrar el angelote que se parece a Manuel Fraga Iribarne. Es la sala de la pintura barroca europea, donde uno al fin puede descansar la mirada de tanto santo, beato, religioso, penitente y afines. Y la visita continúa al gusto del consumidor, sin complejos, sin miedo a imaginar, intentando encontrar el alma de los artistas y de su tiempo en los cuadros que pintaron. Y por supuesto, sin olvidar la sala V, que no es de Vendetta sino de Murillo, para encontrar toda la verdad en el que para muchos es el mejor pintor de todos los tiempos, por más señas sevillano. Pero de la Magdalena, no de Fuente de Cantos. Que se sepa.


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