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Cómo proteger un misterio

Nórdica publica treinta años después el libro más íntimo e inclasificable de John Berger

06 sep 2017 / 12:03 h - Actualizado: 07 sep 2017 / 18:26 h.
  • Una de las ilustraciones de Leticia Ruifernández para este libro de Nórdica.
    Una de las ilustraciones de Leticia Ruifernández para este libro de Nórdica.
  • Pintor, escritor, crítico de arte... John Berger (Londres, 1926) falleció en París el pasado 2 de enero. / El Correo
    Pintor, escritor, crítico de arte... John Berger (Londres, 1926) falleció en París el pasado 2 de enero. / El Correo

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Cada página es la vuelta de una esquina. Manuel Rivas dice en el prólogo que John Berger encarna la mirada fértil, pero también podría haber dicho que inventó una forma de callejear por los libros. Este de 1984 publicado ahora en España es un largo y emocionante paseo que se titula Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos (Nórdica Libros). Es difícil añadir imágenes a un volumen inclasificable, aunque Leticia Ruifernández ha tenido a su favor, para ello, la elocuencia de la tristeza. Berger y ella se hicieron amigos hace 17 años y la muerte del londinense, en enero pasado y ya nonagenario, la sorprendió trabajando en estas ilustraciones que le han quedado desangeladas como epitafios.

Envueltos por estas acuarelas inhóspitas hay poemas, reflexiones, pequeños ensayos filosóficos, cuentos, apuntes del natural. Es lo más parecido a un blog que se podía escribir hace treinta años, y habla de impresiones, de trenes, de la vida y de la muerte, de la subjetividad de todo, de las flores y de los árboles, de la historia. Del espacio y del tiempo. Y claro, del arte y de la interpretación de los fenómenos, que para algo fue uno de los críticos más reputados. Es complicado hablar de estos libros esenciales porque se corre el riesgo de no decir nada. El prologuista se arriesga y escribe: «La luz de Berger descubre lo que parecía invisible u oculto, pero su aproximación no es la de una luz depredadora o dominante (...). En realidad, existe descubrimiento donde hay enigma. Si deslumbras al descubrir, haces desaparecer el enigma. La aproximación de Berger busca no ahuyentar el enigma, sino protegerlo. Descubrir el enigma para enigmatizar».

Pero también esas ilustraciones de Ruifernández tienen algo de prólogo, en tanto epitafios. En uno de los textos del libro, titulado Una vez en las Highlands, John Berger cuenta que en un pequeño cementerio junto al mar ha visto lápidas funerarias marcadas con apenas un nombre y dos fechas, la del nacimiento y la de la muerte, y escribe: «Las inscripciones no son para los vivos. Quienes no olvidan a los muertos no necesitan que se los recuerden. Lo que está inscrito es una forma de identificación, y las identificaciones se dirigen a terceras personas. Las lápidas son cartas de recomendación dirigidas a los muertos, relativas a los que acaban de partir y escritas con la esperanza de que estos, los que nos han dejado para siempre, no tengan que recibir otro nombre».

Describe lo que ve con tan sencillo asombro que el resultado es de una extrema delicadeza. En Érase una vez relata tres escenas con animales: un conejo que cruza la carretera, una luciérnaga recogida del campo, unos patos copulando junto a un cementerio y un gato tan blanco que, contra las paredes encaladas, se vuelve casi invisible. Y con la misma familiaridad perpleja habla de lo que sea, de la soledad, de la distancia, de una estafeta de correos o de la mismísima literatura: «Los poemas no se parecen a los cuentos, ni tan siquiera cuando son narrativos. Todos los cuentos tratan de batallas, de un tipo o de otro, que terminan en victoria y derrota. Todo avanza hacia el final, cuando habremos de enterarnos del desenlace. Indiferentes al desenlace, los poemas cruzan los campos de batalla, socorriendo al herido, escuchando los monólogos delirantes del triunfo y del espanto. Procuran un tipo de paz».

Y en el mismo lugar del cementerio, mirando hacia el Atlántico, dice: «Hacia ese lugar de nacimiento viajan los muertos nómadas. Están tan cerca que podríamos hablarles. Pero los vivos no hablan la lengua de los muertos. Los muertos no leen nuestros cuentos». Quizá sí los poemas, con los que presumiblemente estarán de acuerdo, porque toda la poesía se escribe con un pie en la muerte. Y la muerte está aquí presente, a la vuelta de todas las esquinas: Cuando abro la cartera / para enseñar el carné / para pagar algo / o para consultar el horario de trenes / te miro. / El polen de la flor / es más viejo que las montañas. / Aravis es joven / para ser una montaña. / Los óvulos de la flor seguirán desgranándose / cuando Aravis, ya vieja, / no sea más que una colina. / La flor en el corazón / de la cartera, la fuerza / de lo que vive en nosotros / y sobrevive a la montaña. / Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos.


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