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Teatro

«Creo que hay que dar la cara aunque te la partan»

Manu Sánchez, a punto de presentar en la hispalense su nueva obra teatral en la que se convierte en El buen dictador, habla de humor y de política a partes iguales.

15 feb 2018 / 20:18 h - Actualizado: 16 feb 2018 / 09:33 h.
  •  Manu Sánchez en el escenario interpretando El Buen DIctador. / El Correo
    Manu Sánchez en el escenario interpretando El Buen DIctador. / El Correo
  •  Manu Sánchez en el escenario interpretando El Buen DIctador. / El Correo
    Manu Sánchez en el escenario interpretando El Buen DIctador. / El Correo
  •  Manu Sánchez en el escenario interpretando El Buen DIctador. / El Correo
    Manu Sánchez en el escenario interpretando El Buen DIctador. / El Correo

El humor es para todos y no deja indiferente a nadie, ni a los políticos. Así le gusta a Manu Sánchez. Este viernes el nazareno presenta en Fibes su última obra teatral, El Buen Dictador.

—¿Cómo surge esta propuesta?

—Hace cinco años comenzamos con El Rey Solo. Hace dos estrenamos El Último Santo, y ahora me parecía necesario hacer El Buen Dictador para cerrar una trilogía sobre Monarquía, Iglesia y Estado. Quería poner frente al espejo de la caricatura a estos tres estamentos. Precisamente, ahora la cosa está «calentita» para llevar a la comedia este momento tan complejo en el que algunos han encontrado la forma «legal» de llegar al poder mediante populismo y discursos demagogos.

—Monarquía, Iglesia, Estado... ¿Cuál sería la fórmula ideal?

—Una democracia sin límites en la libertad de expresión, donde la corrupción no sea sistémica, sin nacionalismos mal entendidos y que no proponga un centralismo cultural feroz. Una democracia que no tenga algo tan anacrónico como heredar la jefatura del Estado.

—Veo que eres de los que hablan de «el poder» sin reparo.

—Creo que es contradictorio que los ciudadanos tengamos que ser los que cuidemos lo que decimos cuando los que mandan lo hacen sin ningún cuidado. Es una peligrosa vuelta de tortilla contra la que deberíamos rebelarnos.

—¿No es difícil hacer reír a la gente hablándoles de los mismos temas que les preocupan?

—Ese es el reto. El humor es una herramienta poderosa si es que se utiliza para el bien. Siempre uso el humor contra el opresor y nunca contra el oprimido. Retratar a los políticos, a los poderosos, a través del humor puede ser un buen ejercicio.

—Hace unos días la prensa se hizo eco del caso de un joven jienense, multado por hacer un montaje fotográfico que fusionaba su cara con la de Cristo ¿Quién pone los límites al humor?

—Entiendo que mucha gente se pueda sentir ofendida porque alguien use así la imagen de su titular, pero estamos cayendo en el error de pensar que lo que nos ofende tiene que ser ilegal. Si no te gusta un cuadro, no te lo pongas de fondo de pantalla. Pero no hay que quemar en la plaza los libros que nos ofenden. Ya se probó una vez y no salió bien. La blasfemia es un pecado dentro de la Iglesia, pero no puede ser un delito.

—Hablando de pecados, en El Último Santo interpretabas al Diablo. ¿Cómo lo vivió el público sevillano?

—Al principio me preocupaba cómo iba a sentar la referencia a Satanás. Era un Satanás disfrutón e incluso «capillita» que pretendía poner a la sociedad ante el espejo. Se notaba que en el patio de butacas alguno apretaba un poco el esfínter, pero intentamos no ofender religiosamente a nadie y lo conseguimos. Al fin y al cabo en Sevilla –y en Andalucía– tenemos muy buen sentido del humor y lo toleramos bien.

—Siempre hablas muy bien de tu tierra, pero ¿hay algo con lo que no te conformas?

—Con un montón de cosas. Tenemos el 60 por ciento de paro juvenil, y como eso, tenemos muchos otros lunares, cosas que cambiar. Tenemos que sentirnos orgullosos por mucho, pero debemos separar el grano de la paja y remangarnos cuanto antes para cambiar las cosas que no funcionan, como la falta de oportunidades o el exceso de chovinismo.

—Me salgo un poco de tu tierra, ¿opinas sobre Cataluña?

—No estoy a favor de ciertos argumentos que se están sosteniendo. Solo entiendo la autodeterminación de los pueblos cuando hay un sometimiento, y tampoco creo que este sea el caso. Este independentismo habla desde un suprematismo cultural y desde una aporofobia. Si pintan al sur como al enemigo, voy a estar en contra. Siempre me he posicionado en este tema, creo que hay que dar la cara aunque te la partan.

—¿No tiene haters Manu Sánchez?

—Los tengo, pero no trabajo para ellos. No se puede pretender gustar a todo el mundo... Yo intento gustar cada vez a más gente, pero no a esos activistas del odio.

—Has cosechado mucho éxito con tus obras. ¿Qué esperas ahora del público andaluz?

—Nosotros no retiramos las obras del cartel aunque estrenemos una nueva. Eso nos ha permitido seguir sumando espectadores con El Rey Solo, con la que ya hemos pasado los 100.000 asistentes y con El Último Santo, con la que ya estamos rozando esa cifra. Con El buen dictador esperamos acercarnos, o incluso superarla. Estamos anunciando fechas y colgando el «agotado» rápidamente.

—No me quiero despedir sin preguntarte por otro de tus éxitos, tu reciente libro Surnormal profundo.

—Este es otro disparate. El mismo día que presentamos el libro tuvimos que anunciar la segunda edición porque se agotó. Ya van cuatro.

—¿Quiénes son los surnormales profundos?

—Todo el que quiera. La surnormaliad va mucho más allá de los nacionalismos, y al igual que el andalucismo tiene una vocación integradora, no va de cerrar puertas. No es más que la normalidad del Sur.


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