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¿Cuántas palabras valían por una imagen?

Guionistas, adaptaciones de novelas, críticos, teóricos... El cine también es texto, y de Sevilla han salido algunos de los más acreditados artífices de estas disciplinas. Aquí reflexionan sobre su oficio

23 nov 2016 / 22:33 h - Actualizado: 24 nov 2016 / 07:00 h.
  • El actor Luis Tosar, protagonista de la película ‘Celda 211’, basada en la novela homónima del sevillano Francisco Pérez Gandul. / El Correo
    El actor Luis Tosar, protagonista de la película ‘Celda 211’, basada en la novela homónima del sevillano Francisco Pérez Gandul. / El Correo
  • ¿Cuántas palabras valían por una imagen?
  • Rafael Cobos y Alberto Rodríguez, con su Goya al Mejor guion. / El Correo
    Rafael Cobos y Alberto Rodríguez, con su Goya al Mejor guion. / El Correo
  • El ecijano Carlos Pérez Merinero, escritor y cineasta, en uno de sus rodajes. / El Correo
    El ecijano Carlos Pérez Merinero, escritor y cineasta, en uno de sus rodajes. / El Correo

La vida de periodista deportivo de Francisco Pérez Gandul, sevillano de 1956, dio dos vuelcos merced a sus veleidades literarias: uno, cuando le dijeron que su novela Celda 211 sería llevada al cine por Daniel Monzón; otro, cuando el filme resultó uno de los más taquilleros del cine español.

«Creo que fue José Luis Borges, y si no fue le pega perfectamente que lo afirmara, que literatura era todo lo que no se podía llevar al cine», comenta el escritor. «Eso nos lleva a que como mi novela fue transformada a guión cinematográfico y luego convertida en imágenes, lleve tiempo pensándome qué soy, más allá de mi aversión a denominarme novelista, que me parece algo demasiado serio para adjudicármelo. Peliterato o Literacino o algo similar deberían estar en el diccionario de la RAE, aunque grafía y fonética agradezcan más su inclusión en un vademécum. Yo reconozco que me monto la película y luego la escribo. Un amigo me dijo de El Brókerpróximamente no sé si en librerías o en pantallas–, que es la primera película que he leído. Lo que no sé es si eso me lo debo tomar como elogio o como reproche».

Pérez Gandul se pregunta si es posible hacer un filme sin texto: «Si me paso a la orilla del cine me resulta complicado imaginarme a Clint Eastwood haciendo una película sin guion. Supongo que sí es posible hacerlo: basta que dos personas se pongan de acuerdo sobre la temática e improvisen, pero así y todo necesitarán regirse por su teleprompter mental y eso de alguna forma es texto escrito virtual, lo que nos llevaría a otra reflexión en la que como nos descuidemos meten baza y porcentajes editores y la SGAE. Pero la incidencia del texto en el cine, más allá del hueso de la trama, es relativa».

«El guionista», concluye, «escribe la secuencia y el diálogo, pero el director y su equipo artístico la dota de matices que no tienen por qué estar escritos y los actores le añaden sensibilidad a los actos y a las palabras sin necesidad de seguir nada al pie de la letra. De cualquier forma, texto e imágenes conviven en buena armonía, mejor diría yo que en la mismísima industria del cine o incluso en la Academia, donde el escritor cinematográfico suele ser un paria al que no hay más remedio que aguantar. Y eso que sin él no se filma ni un mal anuncio. Porque, sí, la teoría dice que se puede hacer cine sin texto pero en la práctica, sin el texto el cine sería una pantalla en blanco, el folio sin escribir», agrega.

Otro sevillano, Rafael Cobos, Goya al Mejor guion por La isla mínima de Alberto Rodríguez, se muestra más escéptico sobre la importancia de la palabra en el séptimo arte: «El texto es un pretexto», asevera. «Existe buen cine sin texto, e incluso a pesar del texto. Lo que tengo claro, aunque parezca paradójico por ser yo guionista, es que el cine no es palabra, salvo que ésta sea dramática y genere imágenes».

«Hay una literatura en torno al cine que me parece pretenciosa», agrega Cobos. «Hay que pensar que el cine no gravita sobre el texto, sí sobre personajes, imagen y emoción, que pueden venir de la mano del texto, pero entonces éste desaparece. Yo cada vez soy más partidario de que todo lo que huela a literatura, en cine, molesta. Y si me preguntan, digo que hago anti-literatura, aunque sé que hay mucha gente que piensa lo contrario, y que incluso han empezado a escribir guiones por una vocación literaria. En esos casos les digo que tendrían que hacer teatro, donde el texto sí es importante».

Eso, sin perjuicio de haber visto publicado su propio guion de La isla mínima en libro. «Leer un guion es algo que solo sirve a un guionista. yo leo guiones porque me resultan interesantes, pero no para disfrutar de la lectura. Si lo hago, solo puede ser que, o bien el guionista me ha engañado –cosa que ocurre con frecuencia–, o es que en el fondo estoy leyendo otra cosa», concluye.

Manuel J. Lombardo también vive escribiendo el cine, pero desde la trinchera de la crítica y la enseñanza. «Diría que la principal labor de la crítica hoy es la de sobrevivir», afirma cuando se le pregunta por las razones de su oficio. «Más allá de la ironía, el crítico ha de actuar siempre, como decía Daney, como un passeur, un pasador, alguien que, desde una cierta experiencia y conocimiento, puede transmitir a sus lectores las claves de esa experiencia, desentrañar lo que el cine y las películas nos dicen incluso de nosotros mismos», dice.

«Bajando a un terreno más pragmático y realista, diría que la crítica hoy, al menos la de medios de prensa diarios como en el que yo escribo [Diario de Sevilla], tiene una pequeña función de resistencia a la propia información, a saber, son el pequeño reducto que aún puede dialogar con las películas más allá de los márgenes de la promoción y los discursos previamente hechos que se repiten de manera cansina y vacía. La crítica debe reconsquistar el cine desde un lenguaje que no sea vacío, dejar atrás las inercias, los adjetivos calificativos y las estrellitas», añade Lombardo.

Y concluye: «Después de muchos años, sigo sin saber para qué sirve la crítica de cine, pero al menos sí que he alcanzado a atisbar qué es lo no debe seguir haciendo: prescribir, pastorear o aconsejar al lector como el médico que receta un medicamento a sus pacientes».

Un caso ejemplar de creador que fue a la vez cineasta, escritor, guionista y ensayista sobre el cine es el del ecijano Carlos Pérez Merinero, sobre todo conocido como autor de una novela negra pionera como la célebre Días de guardar.

«Él siempre tenía el cine en la cabeza», afirma su hermano y albacea, David Pérez Merinero. «Recuerdo que una de las pocas exigencias que ponía en los contratos que firmaba de sus libros, era que la editorial no se quedara con los derechos de adaptación. Sabía que todas sus obras podían ser llevadas perfectamente al cine».

Alguna, como El ángel triste, logró dar ese salto; otras como La mano armada o Desgracias personales, se quedaron a las puertas. Pero nada impidió que cosechara un éxito notable con sus trabajos como guionista, con filmes como Amantes de Vicente Aranda o La buena estrella de Ricardo Franco.

«En el ámbito del cine era otra cosa, iba mucho por encargo», apunta David. «Le decían ‘esta historia va de esto’, y él la hacía. Lo que no le gustaba nada era la documentación. Si tenía que documentarse, le entraban todos los males, como cuando hizo el guion de algún capítulo para La huella del crimen. Llegaba alguien con material y él decía ‘¡No me abrumes, no me abrumes!’».

Cabe recordar que de Carlos Pérez Merinero que acaba de salir a la luz una novela inédita, La estrella de la fortuna, que está ambientada en el festival de San Sebastián, y que el mismísimo Fernando Fernán-Gómez quiso llevar a la pantalla.


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