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La Gazapera

Dos largos años sin la voz y la guitarra de Manuel Molina

Manuel era un creador y los creadores dejan huellas imborrables

19 may 2017 / 09:16 h - Actualizado: 19 may 2017 / 09:18 h.
  • Manuel Molina falleció el 19 de mayo de 2015. / Antonio Acedo
    Manuel Molina falleció el 19 de mayo de 2015. / Antonio Acedo

A muchos les da coraje que determinados críticos, flamencólogos o estudiosos escribamos tanto sobre los artistas que se fueron, como si un artista se fuera del todo. Tal día como hoy, en 2015, se nos fue Manuel Molina, aunque no para siempre. Es más, está más presente en nuestras vidas que cuando vivía, porque hay artistas que no mueren nunca y Manuel era eso, artista. No cantaba como Camarón ni tocaba la guitarra como Paco de Lucía, pero tenía un sello y ya saben lo que dijo una vez Juan Valderrama, que había que tener un sello aunque fuera de Correos.

Una sola copla de Manuel Molina, de las muchas que creó, ha dejado más huella en nuestros corazones que algunos con cuarenta discos, y eso no está al alcance de cualquiera, es un don. Manuel tenía el don, nació para lo que hizo, cantar, tocar la guitarra y escribir como Dios. Por eso es inmortal y no hay día que no lo recordemos por cualquier motivo: un paseo por Triana, la mirada de una mujer, el vuelo de un pájaro o las nubes que se reflejen en el río que tanto le gustaba, sobre todo cuando lo miraba desde San Juan de Aznalfarache, donde vivía, porque lo echaba de menos.

Ir a Triana y no verlo por sus calles, aunque no esté vivo, es para ir al médico. Lo recuerdo en la barra de la ya extinta Bodega El Altozano, de José Lérida, con aquella mirada de hombre bueno que tenía. Te miraba y era como si te abrazara desde lejos. ¿Cómo no vamos a recordar para los restos a una persona como Manuel, tan cercano, tan cariñoso y, sobre todo, tan buen artista? No voy a decir lo de buen gitano porque me repatea esa coletilla de «era un gitano muy bueno», cuando no, «era muy honrado», como si hiciera falta apostillar al hablar de un gitano, artista o no.

Manuel era un hombre culto, de una cultura profunda, del pueblo. Podía ser del siglo XIX y del XXI. Recuerdo que se quedaba extasiado cuando le hablaba en Triana sobre Juan el Pelao o Ramón el Ollero, porque le encantaba la historia de los flamencos antiguos del arrabal sevillano. Y le preocupaba bastante el hecho de que los jóvenes no se sintieran atraídos por aquellos genios que cantaban o bailaban a la vez que hacían herraduras u ollas de barro en las calles Evangelista o Castilla cuando había que quitarse el hambre a bofetadas. Era de una sensibilidad extraordinaria.

Pero sobre todo, Manuel era un creador y los creadores dejan huellas imborrables. Cantaba de una manera única. Se puede rebuscar en la discografía flamenca, desde los cilindros de cera hasta la actualidad, y no encontrar nada que se le parezca lo más mínimo a lo que él hacía y cómo lo hacía, con aquel temple único, siempre a compás y con una sensibilidad artística poco común. A todo esto unía una calidad humana extraordinaria. Jamás lo escuché hablar mal de nadie, artista o no. Y le molestaba mucho que se hablara mal de alguien en alguna reunión de flamencos, de esas en las que se suelen cortar trajes a destajo.

Tenía también un gran carisma personal y como artista. He visto cómo era capaz de poner en pie a más de mil personas en un teatro de Sevilla con solo una de sus letras por bulerías nada festeras, sino solemnes, lentas como un pase de pecho de Pepe Luis Vázquez y siempre cargadas de emoción. Y esto es tremendamente difícil sin recurrir al efectismo o el malabarismo bocal. No era efectista ni como cantaor ni como guitarrista. Era, sencilla y llanamente, artista. Tardará mucho en nacer, si es que nace, una mente tan lúcida y un artista que sea capaz de hacer lo que él hizo sin tener el pecho de Centeno o los dedos de Sabicas. Como para no recordarlo en un día como hoy


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