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El primer macrojuicio del franquismo

Rafael Adamuz narra en ‘La memoria varada’ el proceso contra los integrantes de la columna minera masacrada en La Pañoleta, encarcelados en un barco prisión en el río

10 ago 2015 / 21:24 h - Actualizado: 10 ago 2015 / 22:15 h.
  • Rafael Adamuz novela el desventurado periplo de la columna minera y de su proceso sumarísimo. / Manuel Gómez
    Rafael Adamuz novela el desventurado periplo de la columna minera y de su proceso sumarísimo. / Manuel Gómez
  • El ‘Cabo Carvoeiro’ fue utilizado como prisión flotante durante 133 días. / El Correo
    El ‘Cabo Carvoeiro’ fue utilizado como prisión flotante durante 133 días. / El Correo

La semana pasada se dio un paso más en la identificación de unos cuerpos que, casi 80 años después, están así más cerca de recibir la sepultura digna que en su día les negaron. Son los cadáveres de nueve de los integrantes de la columna que, procedente de la cuenca minera onubense, puso rumbo a Sevilla para ayudar a los pocos que en la capital resistían a los golpistas comandados por Queipo de Llano aquel 18 de julio de 1936. Traicionados, fueron emboscados en La Pañoleta, en Camas. A los que murieron los enterraron sin más allí mismo, pero hubo además 70 detenidos: mes y medio después, 68 fueron procesados y 67 condenados a muerte, una suerte que esperaron hacinados en las bodegas del Cabo Carvoeiro, el barco prisión anclado en el puerto.

La historia de los mineros masacrados en La Pañoleta es conocida, pero no tanto qué les ocurrió después. Y a eso, al remedo de proceso judicial que siguió a la emboscada, dedica el periodista Rafael Adamuz su primera novela, La memoria varada, en la que arropa con contados elementos de ficción el que fue el primer macrojuicio sumarial del franquismo. Las declaraciones, por ejemplo, las extrajo del expediente militar del caso (95/36), a lo que unió el testimonio de varias víctimas que quedó plasmado en cartas que lograron hacer llegar a sus familiares y a las que tuvo acceso.

Cuenta Adamuz que a esta negra historia se asomó hace una década desde un espacio dedicado a la memoria histórica que conducía en Canal Sur Radio en Huelva, gracias a un contestador automático en el que los oyentes dejaban sus mensajes. Uno de ellos preguntaba por cómo podía localizar el certificado de defunción de su abuelo, que formó parte de la columna minera de Riotinto, y de ese hilo empezó a tirar para sacar a la luz «un episodio sepultado durante décadas».

«Mi idea era hacer una tesis doctoral, pero al final me decidí por una novela para que la historia llegase a más gente», una historia judicial que de paso «desmonta la leyenda maldita» que rodea a esta columna de la cuenca minera, de la que en Sevilla se dijo «que venía a volar la Giralda y a violar a las mujeres». Muchos de los que se montaron en aquellos camiones (los había de Riotinto, de Valverde, de El Campillo, de San Juan del Puerto...) «no eran ni mineros. Había también zapateros, comerciales, campesinos, eran voluntarios y soñadores, trabajadores con sensibilidad sindical», apostilla.

Salvo algunos focos de resistencia, Sevilla queda en manos de los golpistas el mismo 18 de julio. En Huelva, por contra, el golpe de Estado no triunfa gracias a que guardias civiles y de asalto se mantienen fieles a la República. Deprisa y corriendo, en pocas horas y en medio de una gran confusión tras aquel primer parte radiado en el que Queipo de Llano decreta el estado de guerra, bajo los auspicios de un diputado se pone en marcha en la zona minera esta expedición, que sale la noche de ese mismo día 18 para llegar a La Pañoleta ya en la mañana del día siguiente con entre 200 y 500 efectivos. Allí le tiende una emboscada la columna policial que, bajo el mando del comandante Gregorio Haro Lumbreras, se había enviado como refuerzo para unos expedicionarios sin formación militar alguna y pobremente armados, excepción hecha de la dinamita con la que se habían hecho. Traicionados, fueron dispersados con facilidad: hubo al menos nueve muertos (otras fuentes hablan de hasta 25) y 70 detenidos, el resto huyó como pudo.

Ante la saturación de la cárcel, se habilitó como prisión el barco Cabo Carvoeiro, que la naviera Ybarra puso a disposición de los responsables golpistas. Allí pasaron mes y medio los arrestados, en unas condiciones terribles, tal y como explica el historiador Manuel Bueno Lluch: hambre, hacinamiento, insalubridad, parásitos, temperaturas extremas...

«La mayoría declaró que no fueron voluntariamente en la columna, que fueron coaccionados y que intentaron bajarse de los camiones, o que creían que iban a Sevilla a participar en una huelga general», señala Adamuz en base a las actas del proceso. «Puede que hubiera un pacto en las bodegas del barco para declarar todos lo mismo, pero al final sabían que ya no iban a salir de allí», de hecho sólo uno se salva porque simula ser menor de edad.

El autor define su novela como un «grito contra el olvido» que ha servido para arrojar luz sobre unos voluntarios «que pagaron con la vida su falta de formación. Ahora se sabe la verdad, no lo que le decían a los familiares de que sus abuelos habían sido unos criminales».


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