domingo, 22 julio 2018
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FLS: hay un camino a seguir

La Feria del Libro de Sevilla cierra una edición de transición que invita a grandes esperanzas

13 may 2018 / 18:24 h - Actualizado: 14 may 2018 / 10:28 h.
  • La Feria del Libro de Sevilla, un evento que concilia su carácter comercial con su dimensión cultural. / Manuel Gómez
    La Feria del Libro de Sevilla, un evento que concilia su carácter comercial con su dimensión cultural. / Manuel Gómez
  • Manifestación en favor de la lectura en la Plaza Nueva. / Jesús Barrera
    Manifestación en favor de la lectura en la Plaza Nueva. / Jesús Barrera

Con independencia del aval de los números que arroje el balance definitivo, la Feria del Libro de Sevilla que clausuró ayer su edición de 2018 ha sido un éxito en muchos sentidos. La Plaza Nueva ha registrado todos los días una gran afluencia de público, la meteorología ha acompañado –ni frío ni calor, lluvia la justa–, pero sobre todo ha marcado el punto de inflexión que la FLS venía pidiendo a gritos desde hacía años.

En ello ha contribuido de forma decisiva el relevo en la dirección. La llegada al timón de la FLS de Verónica Durán, que en principio permitía temer un excesivo continuismo al haber sido durante mucho tiempo mano derecha del anterior director, Javier López, ha sido en cambio un revulsivo.

No es que se haya revolucionado de arriba a abajo la Feria, pues tampoco se trataba de eso. Algo que funciona hay que dejarlo funcionar, y al mismo tiempo introducir las reformas oportunas para que marche mejor. En este sentido, Durán llegaba a un evento consolidado, que tenía muy clara su condición de feria comercial como su dimensión cultural, y le ha dado cauce a promesas que una y otra vez eran pospuestas bajo la excusa –razonable– de la crisis.

Una de ellas era la tan cacareada internacionalización. Otra, el rescate de viejos mecenas que habían abandonado esta cita por pura inercia, y la búsqueda de nuevos socios que aportaran capital y vida a la FLS. Y una más, entre otras: la necesidad de conciliar una feria «de libreros» con la progresiva entrada de editores, capaces de imprimir nuevas dinámicas al programa.

Todo eso se ha llevado a cabo en un tiempo tan relativamente corto, que invita a preguntar por qué no se hizo antes. Sea como fuere, lo cierto es que esos cambios y otros ajustes han permitido asistir a un renacimiento de la tercera feria del libro del país, si es que el ranking no se ha visto alterado desde los últimos informes. Una feria que saca pecho frente a otras que van creciendo espectacularmente en poderío e inversión –llegó a temerse que Tomares, al paso que iba, acabara echándole la pata a Sevilla–, y que sobre todo ha reencontrado el camino.

Sin embargo, un camino es eso, no un fin. Mal haría Verónica Durán y su equipo en dormirse en los laureles de esta edición y no empezar a trabajar, desde la semana próxima, para que la edición de 2019 sea aún mejor. ¿Cómo? Por ejemplo, planteando una programación potente en torno al país invitado. Si bien este año se consiguió salir del paso honrosamente con Irlanda, la próxima vez hará falta concitar fuerza y presupuestos suficientes para superar de forma holgada este listón. Embajadas y consulados no faltarán con ganas de tener a la FLS como escaparate, pero hay que ganárselos y pedirles lo mejor.

También hay que seguir desprendiéndose de la excesiva dependencia de la generosísima Fundación Lara a la hora de programar. A este respecto, conviene revisar la idea de invitar a editores independientes como los de Contexto un fin de semana, una fórmula que parece haberse quedado a medias: ni vienen en las mismas condiciones que otros editores, ni logran vender en justa competencia. Hay que conseguir es convencer a estos y otros empresarios de que venir a Sevilla trae cuenta, y mucho. Un ejemplo: el editor Luis Solano, de Libros del Asteroide, que no daba crédito ante la larga cola de firmas que se formó ante uno de sus autores, Pedro Mairal.

La FLS 2019, además, tendrá unas fechas delicadas por calurosas, así que toca ponerse las pilas desde ya. Incluyendo un reto nada baladí, que debería sensibilizar a organización y autoridades: que vuelva a haber bar en la Feria del Libro.

Con independencia del aval de los números que arroje el balance definitivo, la Feria del Libro de Sevilla que clausuró ayer su edición de 2018 ha sido un éxito en muchos sentidos. La Plaza Nueva ha registrado todos los días una gran afluencia de público, la meteorología ha acompañado –ni frío ni calor, lluvia la justa–, pero sobre todo ha marcado el punto de inflexión que la FLS venía pidiendo a gritos desde hacía años.

En ello ha contribuido de forma decisiva el relevo en la dirección. La llegada al timón de la FLS de Verónica Durán, que en principio permitía temer un excesivo continuismo al haber sido durante mucho tiempo mano derecha del anterior director, Javier López, ha sido en cambio un revulsivo.

No es que se haya revolucionado de arriba a abajo la Feria, pues tampoco se trataba de eso. Algo que funciona hay que dejarlo funcionar, y al mismo tiempo introducir las reformas oportunas para que marche mejor. En este sentido, Durán llegaba a un evento consolidado, que tenía muy clara su condición de feria comercial como su dimensión cultural, y le ha dado cauce a promesas que una y otra vez eran pospuestas bajo la excusa –razonable– de la crisis.

Una de ellas era la tan cacareada internacionalización. Otra, el rescate de viejos mecenas que habían abandonado esta cita por pura inercia, y la búsqueda de nuevos socios que aportaran capital y vida a la FLS. Y una más, entre otras: la necesidad de conciliar una feria «de libreros» con la progresiva entrada de editores, capaces de imprimir nuevas dinámicas al programa.

Todo eso se ha llevado a cabo en un tiempo tan relativamente corto, que invita a preguntar por qué no se hizo antes. Sea como fuere, lo cierto es que esos cambios y otros ajustes han permitido asistir a un renacimiento de la tercera feria del libro del país, si es que el ránking no se ha visto alterado desde los últimos informes. Una feria que saca pecho frente a otras que van creciendo espectacularmente en poderío e inversión –llegó a temerse que Tomares, al paso que iba, acabara echándole la pata a Sevilla–, y que sobre todo ha reencontrado el camino.

Sin embargo, un camino es eso, no un fin. Mal haría Verónica Durán y su equipo en dormirse en los laureles de esta edición y no empezar a trabajar, desde la semana próxima, para que la edición de 2019 sea aún mejor. ¿Cómo? Por ejemplo, planteando una programación potente en torno al país invitado. Si bien este año se consiguió salir del paso honrosamente con Irlanda, la próxima vez hará falta concitar fuerza y presupuestos suficientes para superar de forma holgada este listón. Embajadas y consulados no faltarán con ganas de tener a la FLS como escaparate, pero hay que ganárselos y pedirles lo mejor.

También hay que seguir desprendiéndose de la excesiva dependencia de la generosísima Fundación Lara a la hora de programar. A este respecto, conviene revisar la idea de invitar a editores independientes como los de Contexto un fin de semana, una fórmula que parece haberse quedado a medias: ni vienen en las mismas condiciones que otros editores, ni logran vender en justa competencia. Hay que conseguir es convencer a estos y otros empresarios de que venir a Sevilla trae cuenta, y mucho. Un ejemplo: el editor Luis Solano, de Libros del Asteroide, que no daba crédito ante la larga cola de firmas que se formó ante uno de sus autores, Pedro Mairal.

La FLS 2019, además, tendrá unas fechas delicadas por calurosas, así que toca ponerse las pilas desde ya. Incluyendo un reto nada baladí, que debería sensibilizar a organización y autoridades: que vuelva a haber bar en la Feria del Libro.


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