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Libros

Historias que cuenta la noche

Un nuevo ‘Atlas de las constelaciones’ recoge la relación milenaria entre los humanos y las estrellas

12 nov 2017 / 17:44 h - Actualizado: 12 nov 2017 / 22:16 h.
  • Ilustración de la artista Hannah Waldron para la constelación de Orión.
    Ilustración de la artista Hannah Waldron para la constelación de Orión.
  • La observación del firmamento es causa común de fascinación. / El Correo
    La observación del firmamento es causa común de fascinación. / El Correo

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Virgo es la joven y voluptuosa princesa que gobierna el firmamento de la primavera; Orión, el cazador que preside los otoños. Antes de que Susanna Hislop supiera que algún día escribiría junto a la ilustradora Hannah Waldron el Atlas de las constelaciones que ahora llega a las librerías con la editorial Errata_Naturae, la escritora y actriz británica no podía imaginar que las superestrellas que sirven de hombros al gigante de flamante cinturón, que aguarda al sol en estos días, tienen los cinematográficos nombres de Betelgeuse (Bitelchús) y de Bellatrix (Harry Potter). La impresión de que en el firmamento se encuentra el material de todas las invenciones humanas queda apuntada en el subtítulo del libro, Las historias que nos cuentan las estrellas. Como es natural, la editorial no tiene ningún interés en ocultar las palabras que ha dedicado a esta obra la descomunal ensayista Mary Beard, premio Princesa de Asturias 2016, quien no ha ahorrado en piropos hacia la que considera una de sus «posesiones más preciadas».

La inmensidad y la lejanía de las estrellas en la negrura infinita del cosmos; el azar que dibuja las figuras de puntos como si fuesen animales, máquinas o dioses; las leyendas y los mitos que han ido asumiendo las constelaciones desde hace milenios sobre los humanos boquiabiertos; todo ello acentúa la fascinación y la poquedad del testigo de los relatos que cuenta la noche desde lo alto. Este atlas habla de cada uno de los elementos de ese mapa estelar y de sus historias asociadas, pero no solo de eso;_también de astrónomos, de mujeres, de aventureros y navegantes, de criaturas insospechadas y animales maravillosos, de dramas familiares, de mundos extraños y nuevos, de poetas, de países y creencias, de artefactos y ocurrencias. Es decir, de todos los que alguna vez han mirado hacia la profundidad nocturna buscando auxilio, consuelo o inspiración. Unas veces se explica a modo de narración sencilla; otras, con un poema;_si no, con un par de chistes (como en el caso de la constelación Hidra macho, tan insignificante que ni siquiera tiene un mito asociado); en ocasiones, con una anécdota personal. Por razón de su orden alfabético empieza la obra con Andrómeda, el objeto más lejano que se puede apreciar a simple vista y la galaxia espiral más próxima a la Tierra. Está situada a 2,5 millones de años luz. Eso quiere decir que el pequeño y borroso destello que llega ahora hasta los ojos de quienes la observan, cualquier noche de estas, salió de esa galaxia hacia nuestro planeta justo cuando apareció el primer ser humano. Y_desde entonces hasta ahora, todo este tiempo se lo ha pasado viajando hacia la acuosa canica azul que ocupa la tercera planta del Sistema Solar, barrio Burbuja_Local, distrito Brazo de_Orión.

Aquila, Auriga, Camelopardalis, Carina, Centaurus, Cetus, coma Berenices, Corona Borealis, Draco, Eridanus, Horologium, Lacerta, Lynx, Monoceros, Pegasus, Pyxis, Sculptor, Taurus, Vulpécula... y hasta 87 constelaciones conforman este relato inagotable que conduce de una a otra estrella, de un país a otro, de una mitología a la vecina. Como la citada Virgo. «Los babilonios la llamaban Ishtar, Ashtoreth o Astarté. Los egipcios la asociaron con Isis, su diosa de la magia, la maternidad y la fertilidad. En el cielo aparecen más brillantes las luces de Virgo en este momento embriagador y laminal del año [la primavera], cuando los paganos anglosajones colocaban huevos de colores sobre las tumbas ofreciéndolos a su propia diosa de la fertilidad y la primavera, Eostre, en una celebración de la vuelta a la vida que antecedió a la Pascua cristiana». Así que hasta la Semana Santa tiene adónde mirar, más allá de la Luna judía, para seguir el hilo de su narración cósmica. La estrella más brillante de Virgo es Spica, la espiga que lleva en su mano, que es el renacer, el ciclo de la vida, la resurrección. Tan sola en el cosmos que los árabes la llamaron Azimech, la desprotegida. Porque ahí arriba hay sitio de sobra para que cada cual vea lo que quiere ver. Es una de las prerrogativas de la inmensidad.


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