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La cultura en busca del transeúnte

En retrospectiva. Todas las grandes citas del calendario buscan seducir al espectador a pie de calle. Ha sido año de Bienal y de buenas cifras para los fastos. Pero, como suele pasar, lo mejor vino de la mano de lo más modesto

31 dic 2016 / 06:42 h - Actualizado: 31 dic 2016 / 08:42 h.
  • La cultura en busca del transeúnte
  • La cultura en busca del transeúnte
  • Representación de Anna Bolena (arriba). La Feria del Libro (junto a estas línas) y Valcárcel Medina en Santa Clara (debajo). / Manuel Gómez, Inma Flores y José Luis Montero
    Representación de Anna Bolena (arriba). La Feria del Libro (junto a estas línas) y Valcárcel Medina en Santa Clara (debajo). / Manuel Gómez, Inma Flores y José Luis Montero

No es que la cultura esté mediatizada por el flamenco –que también–, es más bien que aquí se celebra, cada dos años, el mayor evento jondo del mundo. Hasta el punto que, en clave de resumen anual, podemos hablar de años con y sin Bienal. 2016 ha sido con. Y no es baladí que arranquemos con ella, con el certamen cultural que más dotación tiene de cuantos se celebran en Híspalis. De los 69 espectáculos celebrados, 67 de ellos colgaron el cartel de «No hay billetes» con un aforo total de casi 43.000 localidades. El gasto medio diario por turista durante la celebración del festival ascendió a 111,33 euros, mientras que la estancia media ha alcanzado los 8,6 días.

Marina Heredia, Vicente Amigo, Rocío Molina y Patricia Guerrero fueron algunos de los artistas galardonados con el Giraldillo de la Bienal. Sin embargo, uno de los aspectos más sobresalientes de esta edición fue su cercanía con la calle. Porque es la plaza pública el escenario que con más denodado ahínco parece querer conquistar la actual corporación municipal. Prueba de esto es el Mes de Danza, que en noviembre se celebró buscando el guiño del transeúnte que se veía apelado, directamente, por el baile sobre adoquines. Su directora, María González, habla de «la capacidad transformadora sobre paseantes convertidos en audiencia». Por esos hemos visto bailar este año en lugares como la Plaza Virgen de los Reyes o las Setas de la Encarnación.

En el mundillo cultural hispalense ya se sabe lo que ahí, lo primero que hay que hacer antes de llamar a las puertas del consistorio es asegurarse que, en la propuesta de turno, haya espectáculos en la calle. Todo el programa de ocio navideño, Alumbra, redunda en este leitmotiv. Además, un Ayuntamiento completamente entregado a los brazos del pop ha regalado conciertos al aire libre a la sombra del Casino de la Exposición (el remozado Nocturama) y el Festival Monkey Week, que se celebró en octubre en la Alameda, fue otro gran canto al «pero qué bien se está aquí, sin encerrarse».

Por fortuna, y pese a las modas, la cultura –o una importante parte de ella– sigue mostrándose frente a un patio de butacas. La XIII edición del Festival de Cine Europeo de Sevilla (SEFF) se celebró con una gran afluencia de público en las salas, actividades y encuentros; y sobre todo, con una gran acogida y respuesta. Un total de 127 directores de toda Europa optaron por Sevilla para sus estrenos nacionales y 29 para sus estrenos internacionales, el festival recibió a más de 400 cineastas e intérpretes y en 2016 el festival superó los 120.000 euros de recaudación, un 27,5% más que en el 2015, con más de 70.000 espectadores en sala. «Ir al cine es ver una película; ir al festival es mucho más», ha repetido el director del certamen, José Luis Cienfuegos, como un mantra. Y ha calado. Frente a la modernidad del cine continental, los viejos sones del continente. El Festival de Música Antigua Su edición número 32 prologó la primavera hispalense abriéndose (quizás más de la cuenta) a otros estilos musicales, así como a la danza, el teatro o la pintura. 28 conciertos se celebraron para corroborar que el alma barroca de Sevilla sigue latiendo en muchos de sus habitantes.

En el Paseo Colón, el Teatro de la Maestranza ha seguido generando noticias, bastantes más de las deseables al respecto de su delicada situación económica, que puso al conjunto residente, la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla, al borde de la quiebra. Una vez salvada, los directores de ambas instituciones, Pedro Halffter y John Axelrod, se echaron la foto juntos, pero poco más entendimiento se atisba. Y ha sido hace solo unos días que al fin se ha conocido el nombre del nuevo gestor del coliseo, Antonio Garde. En lo puramente artístico hemos de detenernos en las recientes funciones de la ópera Anna Bolena. Hacía bastante tiempo que no se daba en Sevilla una conjunción tan perfecta de voces, escena y foso; o lo que vienen siendo los tres ingredientes principales de ese plato llamado lírica. El título de Donizetti pasó haciendo historia y con dos nombres propios; el de la protagonista, la soprano Angela Meade; y el del director de la escenografía, Graham Vick, que ha dejado en la memoria de quienes contemplaron esta representación duraderas estampas en el recuerdo. En clave de música de cámara, pocos oyentes acudieron a una cita muy relevante para la música de hoy en Sevilla, la que ofrecieron en noviembre los músicos de Rioja Filarmonía dedicando un programa a Michael Pisaro, faro de la música de vanguardia en Estados Unidos y compositor prácticamente inédito en nuestro país.

En el ámbito de las artes plásticas nos hemos movido en los polos, fieles a esa idea de que es esta una ciudad de públicos forofos y antagonismos encendidos. El Museo de Bellas Artes se reivindicó con la exposición de Pacheco, maestro de Velázquez. La muestra puso en valor los fondos propios de la pinacoteca, que aportó 24 de las 58 obras exhibidas. Entre ellas, el San Francisco de Asís con el crucifijo que se admiró al público por primera vez tras una intensa rehabilitación. Al otro lado del río, el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo decidió recorrer (lo está haciendo hasta el 28 de febrero) toda la obra del sevillano Luis Gordillo (1934) con dos centenares de piezas expuestas. Tras la antológica del Museo Reina Sofía, esta muestra recorre seis décadas de efervescencia creativa del artista radicado en Madrid. Además, descendiendo de los macroespacios a las galerías de arte, la cultura local ha de celebrar en este año que acaba una mayor organización del sector, con el nacimiento de la primera asociación de galerías de arte contemporáneo de Sevilla; una iniciativa promovida por Carolina Alarcón Criado. Los frutos de esta nueva organización comenzarán a verse en 2017.

El cine ha tenido a dos protagonistas netamente sevillanos. De un lado, Paco León volvió a dar el campanazo con el estreno de la comedia subida de tono Kiki, el amor se hace. Más de un millón de espectadores y seis millones de recaudación avalaron el estreno, uno de los más visto del año. Si aquello ocurrió en abril, pasado el verano Alberto (La Isla Mínima) Rodríguez colocó en los cines El hombre de las mil caras. Más de 200.000 espectadores fueron a ver la recreación del relato real de espionaje entre Francisco Paesa y Luis Roldán en la primera semana de exhibición. Pero es que además, la Academia de las Artes Cinematográficas de España la ha nominado a 11 premios Goya, uno más de los que mereció su anterior título. Que tras sonados éxitos como los de León y Rodríguez vuelva a cobrar fuerza la etiqueta «cine sevillano» es una cuestión de justicia, por más que los lenguajes de ambas películas asuman abiertamente y sin prejuicios su vocación internacional.

A Sevilla, en este 2016, volvieron por segunda ocasión los actores y el equipo técnico de Juego de Tronos para continuar haciendo de la ciudad un plató para la serie. El conjunto arqueológico de Itálica, en Santiponce, y las Reales Atarazanas de Sevilla fueron en esta ocasión los escenarios elegidos que tomaron el relevo al Real Alcázar, donde centraron su anterior rodaje.

La literatura, siempre prolija en premios, distinciones y citas, deja tras de sí en este año un reguero de nombres propios. El premio Tusquets lo ganó Daniel Ruiz García, el Hermanos Machado fue para José Manuel García Gil, y el Ateneo de Sevilla recayó en Montero Glez. Además, la Feria del Libro estuvo dedicada a la literatura infantil y fue prologada por el pregón de uno de sus más sobresalientes cultivadores, Rodríguez Almodóvar. Marina Perezagua sacó nuevo libro (Don Quijote en Manhattan. Testimonio yankee) y recibió el premio Sor Juana Inés de la Cruz en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (México).

Jesús Carrasco, sevillano de adopción, regresó a las letras con La tierra que pisamos después del éxito de Intemperie, que ha continuado con la resaca de premios en este año que despedimos. El premio Domínguez Ortiz de biografías fue para Antonio Rivero Taravillo por su obra sobre Cirlot; y el Manuel Alvar de estudios Humanísticos para Alberto Romero por su estudio sobre Lola Flores. Finalmente, hace solo unas semanas nos congratulamos al conocer el regreso a la narrativa de Hipólito G. Navarro después de un prolongado silencio.

En clave de vanguardia; fue el año que el Central se atrevió a montar una obra que duró 24 horas –Mount Olympus– a cargo de Jan Fabre y su aguerrida tropa de actores y bailarines. Otro festival, Contenedores, trajo a la ciudad a Isidoro Valcárcel Medina, padre del arte conceptual en España.


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