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«Las libertades pueden desaparecer en 48 horas»

Encumbrada por su búsqueda de Drácula en ‘La historiadora’, Elizabeth Kostova presenta en Sevilla ‘Tierra de sombras’, una novela sobre la represión comunista

03 nov 2017 / 21:00 h - Actualizado: 03 nov 2017 / 21:13 h.
  • Elizabeth Kostova, ayer en Sevilla con su nueva novela. / Foto: Jesús Barrera
    Elizabeth Kostova, ayer en Sevilla con su nueva novela. / Foto: Jesús Barrera

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Una vez más, el dolor. Lo describió envuelto en una inmensa soledad en la obra que la encumbró, La historiadora, una búsqueda de Vlad Drácula. Lo revisitó con la excusa del arte en El rapto del cisne. Y vuelve ahora a encararse con él en su faceta más descarnada, terrorífica e inhumana: la de la realidad. Tierra de sombras, editado por Umbriel, es el tributo de la novelista norteamericana Elizabeth Kostova a una tierra que ama, Bulgaria, durante los años aciagos de la represión comunista tras la Segunda Guerra Mundial.

—¿Cómo puede una persona tan vitalista y alegre escribir tanto sobre el sufrimiento?

—Lo que nos ayuda a hacer un relato equilibrado y completo es precisamente la oscuridad, además de la luz. Y voy a ser sincera: las historias reales que estuve investigando para escribir fueron muy dolorosas, y me ofrecieron una perspectiva de Bulgaria, un país que yo conocía un poco, pero del que ignoraba muchos detalles. Creo que no conocemos un país, una cultura e incluso a una persona hasta que conocemos la oscuridad de todo ello, además de la luz. En algunas ocasiones, cuando lo escribía, me levantaba por la mañana y tenía la sensación de que no era capaz de continuar con un día más de investigación.

—¿Cuál fue su descubrimiento más doloroso?

—Descubrir que, de hecho, ocurrió; que fue realidad. La realidad de lo que ocurrió es lo más doloroso. Que no es una fantasía, que no es un cuento, que no es ni siquiera una novela: es que es realidad. Pero también observé, como he observado muchísimas veces en distintas culturas en Europa del Este, que las personas tienen una habilidad increíble para aguantar, para soportar, para sacar algo positivo en sus vidas pese a estar en una de las situaciones más deleznables y peores que haya. Las personas tienen una habilidad increíble para mantener siempre un momento dulce. La verdad es que es algo sumamente inspirador y que te sorprende.

—¿Para quién ha escrito esta novela?

—Yo creía que escribía el libro para mí. Inicialmente. Porque fui a Bulgaria como una joven americana, igual que mi personaje, por primera vez, a una Bulgaria muy distinta, 1989 (ella va en 2008, cuando ya el país ha cambiado muchísimo). Me gustaba la idea de escribir un libro sobre un país al que he estado yendo durante casi treinta años. Pero me di cuenta enseguida de que en realidad no estaba escribiendo este libro para mí, sino para la generación de personas que sufrieron estos acontecimientos en la Europa del Este, aunque yo sea forastera y ajena a sus vidas. Personas que sufrieron mucho y que pese a ello pueden mostrar hospitalidad, amabilidad; pueden seguir amando el arte, disfrutando de los paisajes de su país.

—¿Cómo han recibido ellos su novela?

—Hace unas semanas estuve en Bulgaria con la gira de mi libro. El tema de los campos de trabajos forzados en Bulgaria no es un tema del que se haya hablado de forma muy abierta. En el país no es que sea ilegal hablar de ello, lo que pasa es que no se hace, en las escuelas no se enseña, y hay una generación entera que no sabe nada de esta información. Es un problema de oscuridad y vergüenza, también. Los campos, además, están desapareciendo, desintegrándose; se están convirtiendo en elementos conmemorativos, con lo que a mí me parece que es una tragedia oculta y de alguna manera abandonada. Y la verdad es que no sabía cómo iban a reaccionar los lectores ante ello viniendo de una persona que no es búlgara. Y cuando lancé el libro en Sofía, venían personas mayores y hablaban conmigo en privado y me contaban cosas que les habían pasado a sus padres, a sus abuelos, y muchas veces lloraban. Y en algunas ocasiones simplemente se quedaban allí y no podían decir nada. Me decían que se sentían encantados de que alguien hubiera sabido abrir estos temas tan dolorosos. Nunca se habían publicado, ni hubo allí un proceso de reconciliación como lo hubo en Alemania del Este y en Hungría. Algunos lo que han hecho ha sido aprovechar este libro para pedir que se hiciesen públicos los expedientes de los servicios secretos.

—¿Podemos sentirnos a salvo, pensar que nada igual volverá a suceder?

—No creo que debamos sentirnos seguros jamás. Los seres humanos tienen muchas tendencias que van a contracorriente de la seguridad y de la protección de la democracia. Como se cuenta en el libro, en Bulgaria todas las libertades fundamentales desaparecieron en cuarenta y ocho horas. Solo tardaron cuarenta y ocho horas en erradicarlas. Y como sabe, ahora en los EEUU experimentamos una época política especialmente espantosa en la que se pone en tela de juicio la Constitución o incluso se ataca. Y nuestras instituciones democráticas, de las que nos hemos sentido orgullosos durante tanto tiempo, sufren, están sufriendo una falta de respeto terrible por parte del gobierno actual. En Europa y EEUU, el tipo de nacionalismos que han estado surgiendo nos indica que hay muchas cosas por las que nos tenemos que preocupar en esta época.

—Escribe de Bulgaria, que es algo que no hace nadie. ¿Qué era lo que nos estábamos perdiendo?

—Las culturas de Europa del Este que estaban tras el telón de acero no tuvieron muchas oportunidades de narrar su historia. Yo conocí el sistema soviético, cuando era adolescente, a través de Solzhenitsyn. Nos contó sobre la historia muchísimo más que cualquier noticiero, porque cuando tienes un sistema que ha sucumbido a la propaganda es dificilísimo obtener una historia real. Esto los estamos viendo en los EEUU ahora mismo. Pero de una manera curiosa, la literatura es también una manera de expresar la realidad. Esos países eran grandes, enormes campos de prisioneros. Y al final, para que pudieran salir de ahí la literatura intervino incluso antes de que cambiara el gobierno, antes de que las personas cambiaran, con los escritores escribiendo a costa de perder su vida. Quizá lo que tengamos que aprender de estos países es que jamás hay que dar por hechas este tipo de cosas.


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