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Donde habita el duende

Los cuenteros, una historia interminable

El oficio mágico de contar historias. No son actores ni cómicos, ni sueltan monólogos. Son narradores orales y han hecho de su labor una forma de vida, o al revés. En unos días va a empezar en Sevilla su festival anual

18 oct 2016 / 08:17 h.
  • Los cuenteros, una historia interminable
    De izquierda a derecha, Jesús Buiza, Marco Flecha y Lola Jiménez. / Pepo Herrera
  • Los cuenteros, una historia interminable
    El ‘cuentero’ Marco Flecha comenzó en el mundo de la narración oral en su Paraguay natal, y hoy forma parte de la organización del FINOS. / Juanjo Palacios
  • Los cuenteros, una historia interminable

Para comprender qué es ser cuentero –no monologuista, ni cómico, ni actor, ni cuentacuentos, sino cuentero, narrador oral– hay que ponerse en la piel de Marco Flecha y, a ser posible, haber vivido la infancia en un pueblecito como el suyo, Tacuatí, donde este sevillano de adopción abrió los ojos a un mundo que confunde realidades e irrealidades, como es norma en la siempre novelesca y tremebunda Iberoamérica. Lola Jiménez y Jesús Buiza, cuenteros al igual que él y coorganizadores junto a Flecha del Festival Intercultural de Narración Oral (FINOS) que está a punto de celebrarse en Sevilla, también llegaron a visitar en varias ocasiones aquella población zambullida en la selva paraguaya, en la que es imposible vivir sin implicarse en la fantasía colectiva. Y como él, comparten esa noción fabulosa de la existencia que los ha llevado a asumir una profesión tan singular como prometedora.

«Yo me encontré con los cuentos de casualidad, por culpa de Marco», comenta Lola. «Yo vengo del mundo del teatro y nos conocimos allí, y él me abrió la puerta del mundo de los cuentos. A mí me atrapó. En ese momento tampoco pensé en dedicarme a la narración; de hecho, yo estoy ahora en proceso y en camino. Y empecé a investigar, a hacer talleres, y desde hace tres años vengo narrando habitualmente, pero no entraba dentro de mis planes ni de mi vocación. Apareció, surgió y me atrapó». Jesús también sabe lo que es ese anzuelo. «A mí me gusta mucho el poso que dejan los cuentos en la gente y que luego, al cabo del tiempo, te encuentras a una persona y te cuenta cómo ellos se imaginan aquello que les contaste, cómo se crearon una imagen, una película, que se ha quedado ahí. Eso me gusta mucho», dice este paisano de Lora del Río.

Pero, para poder seguir, antes hay que resolver una duda: quién es Marco Flecha y qué pinta en toda esta historia el pueblo ese tan fascinante del que procede. «Imagínate», comienza a explicarlo él: «Yo nací en un pueblo que en su momento estaba rodeado de selva y donde vivíamos entre el mito y la realidad. Se llama Tacuatí, en Paraguay. Y allí, para que los niños no se escaparan la siesta al río, había un mito, una leyenda. Aquel es un país supercaluroso y para poder echar la siesta tranquilos sin que te escaparas te decían que existe una especie de duende, hijo de la Luna, con un bastoncito que te encantaba, el Yasy Yateré. Y a la noche lo mismo, el Señor de la Noche, que es el Pombero, pero nunca puedes decir su nombre porque si lo mencionas, aparece. Porque claro, era un pueblo que tú salías de allí y era la selva, podías perderte. Y uno crece creyendo en esas cosas. Y hasta el día de hoy, uno escucha algo allí y te dice la gente: Huy, ese es el Señor de la Noche. Eso determinó mucho mi caso, después. Porque yo siempre quise ser periodista, desde los doce años. Incluso viviendo en ese pueblo. Llegué a la ciudad, estudié periodismo y acabé la carrera, pero a la par descubrí el teatro, el teatro popular, el teatro comunitario. Y entonces me hice periodista y me hice teatrero. Y hace exactamente 11 años descubrí esto de la cuentería».

No se sabe la fecha exacta en que nació este arte, pero según Marco, Lola y Jesús, no tiene ni cuarenta años como profesión escénica; en los ochenta empezó a saberse de personas que se dedicaban a esto, a contar cuentos. El término narración oral escénica lo patentó un cubano que vivía en Madrid, y a partir de ahí más o menos el concepto se fue expandiendo por Colombia, Venezuela, México... Muchos de los cuenteros de hoy nacieron de esa experiencia. Luego acabaron todos peleándose con el cubano porque este pretendía cierta ortodoxia y cada cual iba buscando su camino. «Pero sí que es verdad, es tan amplio que cuesta mucho encuadrarlo», concede Marco Flecha. «Los teatreros dicen que esto no es teatro; es difícil, incluso a la hora de pedir fondos, que es nuestro caso: uno tiene que explicarlo y aun así no entra en la cabeza. Porque claro, nosotros no llevamos una escenografía; somos nosotros con algún atrezo así pequeño, libros, algún decoradito o nada, donde prima la palabra y la historia, y el cuerpo del narrador».

«Ser narrador oral, si no tienes un referente, es muy difícil que sea una vocación», interviene Jesús Buiza. «Es un oficio muy joven, entonces no hay esos referentes, no hay una escuela de eso. El teatro, por ejemplo, llevó su tiempo pero ya está institucionalizado, pero es que aquí... Esto ya llega de mayor, cuando estás haciendo cosas afines».

En Sevilla habrá una veintena de cuenteros, calculan ellos. Entre todos organizan el FINOS, que ya va por su novena edición, para el que el Ayuntamiento acaba de destuinar 1.400 euros y que se celebra este año en el Teatro Duque-La Imperdible a base de noches de cuentos para adultos los días 20, 21 y 22 de octubre, aparte las funciones familiares del 23 y el 23. La primera noche –siempre se empieza a las 21 horas– es una especie de gran fiesta inaugural, con todos los narradores del FINOS a escena, más los artistas invitados. Para el viernes 21 se anuncia a Momi Ogalla con sus Cuentos de idas y vueltas, es decir, historias que cruzan mundos con gracia y reflexión gaditanas. La noche se completa con la argentina Victoria Siedlecki y sus Relatos eróticos, emotivos y divertidos... además de picantes. Y el sábado por la noche, también doble espectáculo en el Duque: la jiennense Noelia Camacho y sus Cuentos atléticos y el alicantino Félix Albo con Mi tía Paca, una historia tierna que provoca, aseguran, más de una carcajada. Las tardes de sábado y domingo, a las 18 horas, serán para las familias.

Pero nada acaba ahí: la cuentería sevillana acude a las bibliotecas y librerías y trasnocha por los bares. «A veces coincide que los padres de los niños que van a las librerías vienen luego a las funciones de adultos, porque se quedan maravillados con lo que ven en los niños, y a veces también por la curiosidad», destaca Jesús. Y hablando de cómo viven ellos toda esta experiencia vuelve a aparecer el nombre de Tacuatí, claro. «Es que es además el tipo de cuento que a mí me gusta contar», dice Marco. «Yo hablo mucho de mi pueblo, es muy autobiográfico mi trabajo. Cuento muchos cuentos de la infancia, de las tropelías que hacíamos entonces, y por otro lado lo que hago es que todas las leyendas tradicionales que ocurren allí en el pantanal y por toda la región las llevo siempre a mi pueblo, las enmarco allí. Es curioso, porque incluso en Paraguay la gente termina preguntándote si de verdad existe Tacuatí. Trabajo mucho los personajes, que son reales: el músico borracho, la mujer longeva que murió a los 115 años, la creación de los equipos de fútbol (yo fui testigo de una), las dos veces que se murió mi papá, que sigue vivo pero las dos veces lo mataron y rezaron por él el rosario porque las noticias no llegaban y alguien soltó que había muerto. Eso yo lo aprovecho. Yo que vivo del cuento, literalmente, además vivo con el cuento. No es solo un trabajo para mí; es un estilo de vida, una forma de vivir y de conocer otros mundos. Porque las posibilidades que me dio el cuento no sé si las habría conseguido en el teatro o con el periodismo». Y sin embargo, por muy bien que venga, no hay que irse a Macondo a hacerse cuentero ni a descubrir las maravillas del oficio. Marco cuenta algo que le sucedió en Pamplona, adonde fue a contar las historias de Pedro de Urdemales –un personaje de la Edad Media que menciona Cervantes y que prendió en América, pese a que aquí apenas se conoce–. «Y se me acerca un hombre muy, muy mayor y me dice que la historia, en un momento dado, le había recordado una anécdota suya en la época del hambre del franquismo. Por lo visto el hombre había robado dos huevos y los tenía en el bolsillo, y entonces hubo una requisa de armamento o yo qué sé y le dijeron: ¿Usted qué tiene ahí?, y entonces el guardia civil mete la mano y se le rompe el huevo. Eso tenía que ver con lo que yo había contado del pillo que engaña al cura haciéndole creer que había una perdiz debajo del sombrero, y al meter la mano lo que había era una bosta de vaca. Fue maravilloso cómo él relacionó eso. Y encima me dijo: ¡Lo que me he reído!, y entonces empieza él a contarme su cuento vital a mí. Ese tipo de cosas pasan mucho».

Son cuenteros. No solo es su trabajo ni su pasión, es que lo son, dice Marco Flecha. «Yo conozco el caso de una amiga argentina que a los 55 años exactamente se divorció, dejó toda su vida y entró así en un plan terapeútico en esto de los cuentos, se enganchó y ahora tendrá 65, lleva diez años contando, tiene su espectáculo y vive de eso. De narrar cuentos, dar talleres... Ella lo encontró. Y la posibilidad de viajar: nunca en su vida había viajado. Y ahora ha conocido diez países». Cuanto más cuentero se es y más se vive, más cuentos se tienen. Profesión y vida van juntos.


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