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Vincent Van Gogh a través de los sentidos

La exposición Van Gogh Alive llega a Sevilla ofreciendo una nueva experiencia con la proyección de 3000 imágenes

01 feb 2018 / 15:24 h - Actualizado: 02 feb 2018 / 21:31 h.
  • Aspecto parcial del salón principal de la exposición, donde se produce la inmersión sensorial en el particular mundo de Vincent Van Gogh. / Reportaje fotográfico: Jesús Barrera
    Aspecto parcial del salón principal de la exposición, donde se produce la inmersión sensorial en el particular mundo de Vincent Van Gogh. / Reportaje fotográfico: Jesús Barrera
  • Proyecciones de la sala. / El Correo
    Proyecciones de la sala. / El Correo
  • Proyecciones de la sala. / El Correo
    Proyecciones de la sala. / El Correo
  • Entrada a la exposición. / El Correo
    Entrada a la exposición. / El Correo
  • Sala de la exposición. / El Correo
    Sala de la exposición. / El Correo

El Pabellón de la Navegación de Sevilla ofrece desde ayer una inmersión sensorial en la vida, el carácter y la obra de un artista excepcional con una narración que, sin contar con óleos originales del pintor sino con un bombardeo de luz y sonido, logra acercar al visitante al espíritu de su protagonista de una manera tan intensa y efectiva como el mejor de los museos. La exposición Van Gogh Alive, The Experience intenta acercar al público lo más íntimo del genio posimpresionista en una visita que combina música, pintura y texto promete hacer partícipes al público de la cotidianidad del artista, de sus miedos y sus deseos.

La vida y la obra del neerlandés se retroalimentan en esta narración hasta en su propia muerte, volviéndose la misma cosa. Un museo puede desvincular lo primero de lo segundo. Sin embargo, el espacio que llega a Sevilla tras exponerse en 36 ciudades europeas –entre ellas Verona o Atenas– reconcilia la esencia de la creación artística con el universo que envolvió al controvertido pintor.

La sociedad evoluciona. También lo hace la manera que se tiene de observar la belleza. Las tecnologías se han convertido en el modo con el que acceder al mundo, también al arte. En ocasiones los nuevos formatos desvirtúan lo real. Sin embargo, como afirmaba ayer durante la presentación Rob Kirk, director de operaciones de Grande Exhibitions –la empresa encargada de la exposición–, esta nueva propuesta trata de «romper las barreras» entre la pintura y la gente que no suele familiarizarse con esta.

Ya desde la misma puerta se invita al público a integrarse con las obras. Una gran oreja, que alude al símbolo por antonomasia del autor, preside la entrada. Tras ella, la recreación de El dormitorio en Arlés, elaborado al igual que la anterior pieza por alumnos de la Escuela de Arte de Sevilla, da la bienvenida. Junto a la habitación, un bar y una tienda. Tras esto, se muestra el desafortunado intento de unir el arte de Van Gogh con la cultura sevillana: un traje de flamenca estampado con una obra del pintor.

Pero lo realmente importante se ofrece en una amplia y sencilla sala que proyecta el legado de Van Gogh. Más de 3.000 imágenes cambiantes combinan las obras más célebres, los escritos más íntimos y la biografía del singular personaje que se cortó una oreja. Estos elementos adquieren un matiz distinto al ser acompañados por la música clásica que ambienta y refuerza la experiencia. El efecto de inmersión es aún mayor al tener en cuenta las dimensiones de las proyecciones y el clima de la estancia. En los 35 minutos que dura el bucle, las imágenes juegan a través de las pantallas y los sonidos acompañan el vaivén. En ese momento, el visitante es libre para construir su propio itinerario y dejarse llevar por sus emociones. El público podrá sentarse en bancos y pufs o caminar para experimentar diferentes perspectivas.

Las esperas de un museo para contemplar en primera fila un cuadro aquí, gracias al gran tamaño de los paneles, desaparecen. Y la iluminación de la sala se condensa en las imágenes. Todo permitirá que el espectador centre su mente en el artista y viva una especie de sueño visual y sonoro.

LA VIDA DE VAN GOGH

La vida del pintor Vincent Van Gogh fue tan impredecible como sus trazos. Nació en Holanda y se desarrolló como artista en París. Así lo muestra la exposición que, cronológicamente, hace recorrer al público el camino vital del loco del pelo rojo. No fue un pintor reconocido durante su vida, pero dejó al mundo un legado de belleza, originalidad y hondura escalofriantes. Con un aura de misterio, además, que se desprende de la vida ecléctica de Vincent. Su etapa en Arlés dejó algunas de las creaciones que se pueden ver, a lo grande, en la Cartuja: desde la famosa habitación a sus llamativos girasoles.

Pero Van Gogh vivió dos vidas. Su personalidad bipolar lo llevó al Sanatorio de Saint-Rémy y a sacar a la luz su mundo más personal. La noche estrellada es otra de sus más conocidas pinturas que se recrean casi mágicamente en el Pabellón de la Navegación, enseñando más que la simple imagen que Van Gogh veía desde la ventana del que fue su manicomio, sino penetrando en sus sueños. El final de ese relato multimedia de 35 minutos se vuelve especialmente emotivo, ofreciendo todas las caras del artista a través de sus autorretratos.

Uno de los fuertes de esta exhibición es la perfecta combinación de las piezas musicales con las plásticas. Así, sintonías con matices parisinos acompañan a los cuadros que pintó en París. El hilo musical es todo un viaje acompasado, tanto que los motivos melódicos irán variando hasta convertirse en notas más fúnebres que acompañarán a sus últimos días. El sonido culmen será un disparo que magnificará una de las obras más místicas de Van Gogh: Trigal con cuervos, el último cuadro del artista, que representa el lugar donde, con una pistola, se suicidó.

Algunas de las piezas más conocidas que se oyen son Danza Macabra de Camille Saint-Saëns, Cuarteto de Cuerdas en Re Menor de Carl Nielsen, La cuatro estaciones de Antonio Vivaldi y Sarabande de Heandel.

En definitiva, una muestra que asume el riesgo de la impopularidad y el error por hacer algo nuevo. También lo asumió el autor haciendo algo diferente. Pero, «qué sería de la vida si no tuviésemos el valor de intentar algo». Una de las frases que aparecen en –y que justifican– la exposición.


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