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Los que mataron al Señor

La experta brasileña en antisemitismo Maria Luiza Tucci publica en Cátedra ‘Diez mitos sobre los judíos’, una crítica feroz contra esos prejuicios y lo que hay tras ellos

25 sep 2016 / 17:08 h - Actualizado: 26 sep 2016 / 09:25 h.
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Si hay que hacer algún caso al Antiguo Testamento y a los libros de historia, los judíos han sido uno de los pueblos más vapuleados de la historia desde sus mismísimos orígenes. Por supuesto, existe toda una corriente de opinión contraria a esta idea y defensora de la tesis opuesta. Maria Luiza Tucci Carneiro, una profesora brasileña experta en antisemitismo y con una montaña de publicaciones al respecto, lanza ahora con Cátedra el libro Diez mitos sobre los judíos; una apasionada, argumentada y deliciosamente ilustrada defensa historicista de esta etnia bajo los alegatos de desinformación, racismo y conveniencia política.

La autora no duda en amplificar la legitimidad de su propósito comparando a los protagonistas de su obra con otros colectivos maltratados desde tiempo inmemorial, como cuando señala la posibilidad de escribir obras similares en el futuro «sobre los negros, los gitanos, los indígenas, etc.». Los diez mitos de los que habla el libro son los siguientes: los judíos mataron a Cristo, son una entidad secreta, controlan la economía mundial, no hay judíos pobres, son avaros, no tienen patria, son racistas, son parásitos, controlan los medios y manipulan a los Estados Unidos. «Estas marcas», apunta la autora, «colaboran en componer una imagen deformada del pueblo judío en su totalidad, delineado a través de figuras antiestéticas, diabólicas, aterradoras y antisociales». Como tales mitos, tienen un origen antiguo y en ocasiones impreciso, pero que nadie se equivoque: «Un conjunto de elementos simbólicos y míticos son accionados diariamente a través de los medios de comunicación y de la tradición oral, manteniendo viva la mentira que, cada vez más, gana proyección en los escenarios del mundo globalizado».

La autocrítica no es el fuerte de una profesora que reconoce haber compuesto «un libro provocador», pero no porque sea la plataforma de un debate profundo y desinhibido sino «porque reconstituye grandes mentiras con las que convivimos diariamente, muchas veces sin saber nada sobre sus orígenes y propósitos». Se trata, afirma ella, de un viaje de exploración al imaginario colectivo y a la reflexión sobre una realidad marcada por el racismo. Aquello que describe no son mitos religiosos ni folclóricos ni fundadores ni de origen o distinción, sino «mitos políticos» con una fuerte repercusión en las sociedades contemporáneas en las que persiste el odio hacia los judíos. «El mito miente y logra mantenerse a través de la repetición y de la constante reelaboración de su narrativa, siempre seductora, exagerada en sus detalles», escribe Tucci. Se trata de una tremenda «violencia simbólica» que en ocasiones ha desembocado en terribles fenómenos de violencia física.

A través de este estudio es posible darse cuenta, añade, «de cómo las mentes pueden ser talladas por saberes orientados por los centros productores de odio». Estos mitos que presiden el libro «son saberes ricos en estigmas (marcas físicas y de carácter) que, bajo la forma de mentira disfrazada de verdad, refuerzan la imagen antiestética y antisocial del judío. Hasta 1950, por ejemplo, el judío era representado en caricaturas como una figura de nariz aguileña, pies planos, barbudo, sucio y ridiculizado por su acento extranjero, enquistado en el país que lo recibió».

La defensa argumentada por la autora se convierte necesariamente en ataque en algunos pasajes de su ensayo, como cuando afirma que «generalmente, los individuos mal informados, con algún desequilibrio mental o desencantados con su posición socioeconómica se convierten en blancos fáciles de los mitos racistas. Pasan rápidamente de la etapa de observación a la etapa de fanatismo, y enseguida a la paranoia aguda, crónica. Interesados en encontrar una respuesta a sus problemas personales o de grupo, se dejan envolver por el miedo y por referencias del pasado. Se convierten fácilmente en individuos receptivos a las teorías conspirativas y genocidas, perdiéndose en las incertezas y en los recovecos de una sociedad en crisis».


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