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La caza apunta alto

Mares de tinta, cotos de papel

Libros. Desde Hemingway a ‘El mundo de Juan Lobón’ de Luis Berenguer, la caza y la pesca han inspirado a cientos de escritores

10 ene 2017 / 21:59 h - Actualizado: 10 ene 2017 / 22:05 h.
  • La Diana Cazadora, representada por la Escuela de Fontainebleau. / El Correo
    La Diana Cazadora, representada por la Escuela de Fontainebleau. / El Correo

Aunque nunca hayan apuntado con un rifle ni lanzado una caña, son miles los lectores que han sentido las emociones de la caza y la pesca sin salir de casa, gracias a la literatura. Ambas prácticas han inspirado desde antiguo relatos formidables, y siguen haciéndolo con notables éxito aún hoy, cuando se ven cada vez más reducidas al ámbito estrictamente deportivo.

Quizá el paradigma de escritor interesado en estos menesteres –hasta el punto de practicarlos él mismo– fue Ernest Hemingway, quien plasmó sus coqueteos con la caza mayor en Verdes colinas de África, y su conocimiento de la pesca en el Caribe en El viejo y el mar, entre otros relatos memorables. Otro imprescindible de la literatura cinegética es el ruso Ivan Turgueniev, que en Memorias de un cazador reunió numerosos cuentos autobiográficos de gran aliento social.

En España tenemos al menos dos obras maestras del género: El mundo de Juan Lobón, la obra mayor del marino Luis Berenguer sobre los últimos furtivos, que llegó a inspirar incluso una serie televisiva, y Diario de un cazador, de Miguel Delibes, un escritor que siempre vinculó su quehacer con su gusto por la Naturaleza. Hasta un filósofo como José Ortega y Gasset se atrevió a reflexionar sobre el tema en su ensayo Sobre la caza. En la misma línea se orientan dos obras de José Riqueni, El Periche y Días de caza menor.

La literatura memorialística de cazadores ha experimentado cierto auge en los últimos años, especialmente en la especialidad de safaris, con aportaciones como las de Antonio Fernández Tomás (Memorias de un cazador de escopeta), Antonio García Alonso (Entre aulas y sabanas: diario informal de un cazador), Antonio Biosca (Cinco continentes: cazando por el ancho mundo), Hugo Seia (Cazadores africanos) o Tony Sánchez Ariño (Cuando aún sonaba el tam-tam, El último de los pocos, Hic sunt leones, Cazando bajo la Cruz del Sur y la Estrella Polar, Cazadores de elefantes), entre muchos otros. Los amantes de la selva, por su parte, tienen una referencia ineludible en Kenneth Anderson, con títulos tan exóticos como La pantera negra de Sivanipalli, Devoradores de hombres o Esto es la jungla. En las antípodas, en las frondosidades de la isla de Tasmania, Julia Leigh –una de las pocas mujeres que han escrito sobre temas cinegéticos– ambienta su obra El cazador.

En el mundo de la cetrería, hay dos títulos fundamentales como H de halcón, de Helen Macdonald, y El azor, de T. H. White, esta última considerada el Moby Dick de la disciplina.

Por contraposición, el gran Roald Dahl, maestro de la narrativa para niños (y no tan niños), hizo un demoledor alegato contra la caza indiscriminada bajo el título El dedo mágico, que bien merece un lugar en este apresurado recuento.

En el apartado de pesca aún hay más. Tradicionalmente, vinculada a la aventura extrema, al gran relato que va de los Capitanes intrépidos del maestro Rudyard Kipling a la ya citada Moby Dick, de Herman Melville, una obra que, más que novela, es un vasto y apasionante tratado sobre la terrible caza de ballenas. El propio Melville se enroló en uno de aquellos barcos balleneros antes de ser un escritor célebre, como Jack London fue cazador de focas y pescador de ostras antes de firmar sus fabulosos Cuentos de los Mares del Sur.

También sabe de qué habla Ota Pavel en Cómo llegué a conocer los peces, un libro donde el periodista checo rememora su infancia con la pasión pesquera como fondo. Otros títulos interesantes son Día de pesca, de Laurent Moreau, De hombres y langostas, de Elizabeth Gilbert –autora de Come, reza, ama–, por citar dos libros muy distintos, con enfoques altamente originales. Y no podemos olvidar un éxito reciente, llevado al cine, como La pesca del salmón en Yemen, de Paul Torday.

En España, podríamos pasar de la trágica historia de Cañas y barro de Vicente Blasco Ibáñez, con sus pescadores de la Albufera valenciana a Océano del superventas Alberto Vázquez-Figueroa, pasando por Emilio Fernández y su obra El viejo pescador. En todo caso, lo mejor sobre literatura y pesca tal vez haya que buscarlo en la obra del gaditano Fernando Quiñones, y muy en especial en sus relatos –Habla el cazón de su accidente, Todo un verano para el padre Alfonso... directamente inspirados en las aguas de su playa de la Caleta.

En resumen, una bibliografía amplísima que podría extenderse a muchas otras referencias, y que permite, si no amar, comprender mejor dos actividades que acompañan al hombre desde la noche de los tiempos.


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