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No hay Bienal sin ‘bacalá’

La Bienal es, o debería ser, como una gran feria de muestra que enseñara cada dos años qué hay o qué se hace en el flamenco. Es decir, tiene que haber de todo, pero que sea flamenco

16 sep 2018 / 23:39 h - Actualizado: 16 sep 2018 / 23:47 h.
  • Andrés Marín se empeña en una línea de obras flamencas cada vez menos flamencas, que son muy valoradas fuera de Andalucía. / Fotos: Jesús Barrera
    Andrés Marín se empeña en una línea de obras flamencas cada vez menos flamencas, que son muy valoradas fuera de Andalucía. / Fotos: Jesús Barrera

La Bienal es, o debería ser, como una gran feria de muestra que enseñara cada dos años qué hay o qué se hace en el flamenco. Es decir, tiene que haber de todo, pero que sea flamenco. No nos vamos a espantar de nada porque el que más y el que menos, que es mi caso, ha vivido todas las ediciones y ha habido espectáculos para detener al artista o al director del festival. Sí habría que delimitar los espacios escénicos para no confundir mucho a los aficionados, sobre todo a esos que se están acercando a este arte y que no chanelan mucho. Meter Quijote, lo último de Andrés Marín, en el Maestranza no se le ocurre ni al que asó la manteca.

Bueno, sí, al señor Zoido. Y encima no había ni media entrada, esto es, un fracaso absoluto de público si tenemos en cuenta que el bailaor es una estrella y que venía a presentar una obra de producción alta. ¿No hubiera sido más lógico darle el Teatro Central, al que además suele ir un público más puesto en este tipo de espectáculos en los que los bailaores van en patines eléctricos. Lo que habría dado Enrique el Cojo por uno de estos cacharros, con lo que tardaba a veces en cruzar el escenario. Andrés Marín demostró anoche una enorme habilidad con el patinete eléctrico. Apenas bailó nada que merezca ser destacado, y menos con arte, aunque su obra tiene un mérito muy grande porque está currada. Es tediosa y en ocasiones absurda, pero al menos sales sin enterarte de casi nada, porque los críticos de flamenco de pueblo no dominamos el lenguaje teatral contemporáneo. Me gusta el baile de arte y anoche no hubo ni una mijita, como no hubo tampoco emoción jonda.

Entonces, ¿de qué hablamos? Hay pocas cosas más españolas que el flamenco y el Quijote, de acuerdo, pero es que en esta obra hay un flamenco cameloncio. Trabajo, arreglos musicales, composiciones, letras, escenografía, amor, pasión. Todo esto, en serio. Pero flamenco no, salvo que consideremos como tal el engolamiento de la Tremendita y esos movimientos de Marín que coloca en todas sus obras. Eso sí, hay momentos divertidos, como el que protagonizó Abel Arana vestido de futbolista subido en un patinete. El patinete fue el gran protagonista de la noche. Sí, en la Bienal y en el Maestranza. Hasta Patricia Guerrero lo utilizó, si no me equivoco, sin bata de cola ni peinecillos. Me encantaron el sonido, las luces, el ritmo de la obra y, sobre todo, el batería. Pero en general, lo de anoche fue una bacalá desde el punto de vista flamenco. A lo mejor hay que plantearse crear la Parabienal para dar entrada a todo lo que se encarte, cantaores sin compás, bailaoras que no saben mover una bata de cola o guitarristas que quieren ser concertistas a la fuerza. A ver, Zoido, vaya pensando en esta idea.

Ficha del concierto ***:

Teatro de la Maestranza. 16 de septiembre. Obra: D. Quixote. Dirección artística: Andrés Marín y Laurent Berger. Coreografía, Dirección musical y Dramaturgia: Andrés Marín. Textos y Dramaturgia: Laurent Berger y Andrés Marín. Baile: Andrés Marín, Patricia Guerrero, Abel Harana. Percusión, Batería: Daniel Suárez. Cante: Rosario La Tremendita. Chelo: Sancho Almendral. Tiorba, Guitarra eléctrica: Jorge Rubiales.


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