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¿Qué libro le regalo por su comunión?

Una oferta inagotable. Tebeos a porrillo, aventuras diversas, clásicos adaptados, atlas deportivos, joyas ilustradas y hasta una peculiar biblia destacan entre las muchas posibilidades que ofrecen las librerías

22 abr 2018 / 17:56 h - Actualizado: 23 abr 2018 / 08:19 h.
  • La originalidad, el colorido y una espiritualidad que escapa a toda ortodoxia caracterizan el trabajo de la parisina Rébecca Dautremer en ‘Una biblia’, de la editorial Edelvives.
    La originalidad, el colorido y una espiritualidad que escapa a toda ortodoxia caracterizan el trabajo de la parisina Rébecca Dautremer en ‘Una biblia’, de la editorial Edelvives.
  • ¿Qué libro le regalo por su comunión?
  • ¿Qué libro le regalo por su comunión?
  • Una de las ilustraciones de Roberto Innocenti para su ‘Pinocho’ con Kalandraka.
    Una de las ilustraciones de Roberto Innocenti para su ‘Pinocho’ con Kalandraka.

El que corra uno el riesgo de que le tiren su presente directamente a la nariz si se le ocurre regalar un libro en una primera comunión no tiene por qué disuadir a nadie del empeño; más bien se puede considerar un aliciente más, un estímulo que subraya lo heroico de la misión, como lo era para los misioneros que se zambullían en las junglas la posibilidad de ser cocinado por una tribu de sujetos adornados con huesos y bastante refractarios a la idea de recibir a evangelizadores a la hora del aperitivo. Es cierto que ahora las comuniones son bodorrios y que en el común de los casos cualquier parecido de los fastos con algo medianamente cristiano, moderado y humilde es accidental y hasta de mal gusto. Frente a esto, es cierto eso que se dice de que el regalo de un libro es, además de un obsequio en sí mismo, una especie de piropo. Pretender que esto lo entienda y lo disfrute una criaturita ansiosamente educada en los excesos, por mucho máster en religión que haya que hacer ahora antes de recibir el sacramento –y sobre todo, que lo comprendan sus padres– es un reto lo suficientemente apasionante como para no desistir antes de haberlo intentado, al menos. Lo importante, lo decisivo en esta aventura, es qué libro se escoge.

Hay uno que comienza así: Érase una vez un mundo en el que no había nada. Nada. Nada de cuanto es conocido, ni siquiera un viento que soplara, ni un sol que calentara, ni el agua para beber, ni el frío para hacer estremecer. Nada. Nada de verdad. Lo escribió Philippe Lechermeier, lo ilustró con una inspiración sin precedentes Rébecca Dautremer, lo publicó la editorial Edelvives y se titula Una biblia. Es un volumen imponente por su presencia, por su tamaño, por su originalidad, por su imaginación, por su belleza. Puede que sea complicado encontrar algo más bonito publicado en los últimos años. Como se explica en el prefacio, «Una biblia no es la Biblia», por si alguien tenía como prioridad no salirse ni un pelo de la línea oficial de la Iglesia. ¿Por qué escribir un libro así? Porque hacerlo «es contar nuestra historia, una historia construida con miles de mitos, cuentos y leyendas», es dar un instrumento con el que poder descifrar el arte, la arquitectura, la literatura que nos envuelven y en los que nos reconocemos. «La Biblia no pertenece en exclusiva a la religión», prosigue Lechermeier. «La Biblia es un bien común. Al margen de que se sea o no creyente, nos guste o no, sus mitos han forjado nuestras sociedades. Se inmiscuyen en nuestra vida cotidiana y circulan en nuestro inconsciente. Al escribir este texto, he querido que cada cual pueda recuperar algo que es suyo». Y remata: «Una biblia está compuesta de historias que se repiten y se reinventan. Historias que se relatan. Y que nos relatan». En el caso de que uno sea capaz de desprenderse de él, el obsequio de este libro, de este en concreto, a alguien que acaba de hacer su primera comunión, o su única comunión, también es un elogio para quien lo regala. Habrá quien no lo entienda así. Pero en ese caso, más le vale revisar si su master en religiosidad, ese de no sé cuántos años que exigen ahora para que los niños puedan recibir la graduación de almirante en cristiandad, es de los que luego salen en letras gordas en las páginas que los periódicos reservan para los escándalos.

De esta misma editorial, Edelvives, hay otros muchos libros muy recomendables para regalar en una comunión, pero se van a citar tres nombres: la Colección Miranda sobre mujeres célebres; los libritos mágicos de Ada Goth, escritos por Chris Riddell; y cualquier combinación de títulos de la Colección Ala Delta. En la web de este sello vienen todos los publicados, con indicación por edades, precios, sinopsis y demás información. Se le encargan al librero de la esquina y listos.

Si el churumbel en cuestión ha salido balompédico perdido y no conviniera desaprovechar ese filón por lo que pudiera suponer en un futuro para la economía familiar, la recepción del sacramento se puede aliñar con el Atlas mundial del fútbol. Sale a la venta el 10 de mayo publicado por Anaya, está escrito por Gabriel García de Oro y contiene las ilustraciones de Jacobo Fernández. Parece ser que es un compendio destinado a los niños de toda clase de hazañas, curiosidades, chorradas, maravillas, proezas, disparates, datos, nombres, campeonatos y jugadores estelares de la historia de este deporte. Muy buena pinta. Y si no, de la misma editorial está la Colección Clásicos a Medida, o sea, adaptaciones para niños de algunas de las grandes novelas: La isla del tesoro, El conde de Montecristo, El fantasma de la ópera, Los viajes de Gulliver, Orgullo y prejuicio, La vuelta al mundo en ochenta días... y otros muchos. Buena opción para que los agasajados comiencen a masticar libros y se les vaya haciendo el gusto a las grandes historias. Y también de Anaya, El libro de los 101 cuentos: vistosísima antología de cuentos infantiles ilustrados para que se los lea el que comulga y el que no comulga.

En los escaparates de las librerías se pueden ver por estas fechas docenas de títulos especialmente pensados para este mismo acontecimiento religioso. San Pablo, en la calle Sierpes, es un paradigma. Pero si se trata de ir más allá, de trascender lo obvio, un buen camino es el que marca la editorial Kalandraka. Uno de sus más bellos libros, la Canción de Navidad de Charles Dickens ilustrado por esa auténtica barbaridad artística llamada Roberto Innocenti, tal vez no sea un libro muy primaveral desde cierto punto de vista, pero del mismo Innocenti está otra joya: el Pinocho de Carlo Collodi. Hay un 90 por ciento de posibilidades de que los padres del chiquillo se queden con el libro y no lo suelten, pero también esto puede considerarse un éxito a efectos evangelizadores.

Pero antes de acabar con estos pocos apuntes, un par de minutos para pensar en los tebeos. Los niños tienen que leer tebeos, dicho por nueve de cada diez adultos felices (el décimo resultó no ser tan feliz como decía). En las librerías hay montones de ellos, con preciosas presentaciones, tan vistosos que parecen promesas. Y lo son. Muy especialmente recomendables los de Salvat (Mortadelo, Astérix, Disney...) y los de Norma Editorial, que tiene todo lo que un amante del género, ya sea de la corriente europea o de la americana, puede desear para suicidarse por sobredosis: Enki Bilal, Moebius, Arno, Hugo Pratt... Si la criaturita se da mano con los lápices, tienen aquí también cursos: Cómo dibujar y pintar magos, o bien steampunk, vampiros, zombis...

Dicho queda. No vale recortar las páginas del libro y meter dentro una consola. Hay que jugársela. Jugársela con un libro es, además, regalar un buen ejemplo. En particular, para quien no esté muy católico.


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