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¿Qué me pongo?

‘Breve historia del traje y la moda’. Desde que se inventó la aguja hace 40.000 años, la humanidad se ha vestido para mandar, para amar, para gustar, para obedecer, para sufrir... Un libro de Cátedra lo cuenta todo

13 oct 2017 / 10:00 h - Actualizado: 13 oct 2017 / 10:01 h.
  • Un ejemplo de las exageradas modas de los dandis ingleses en Hyde Park en estas ‘Monstruosidades’ (1822) de Cruikshank, una de las muchas láminas incluidas en la obra.
    Un ejemplo de las exageradas modas de los dandis ingleses en Hyde Park en estas ‘Monstruosidades’ (1822) de Cruikshank, una de las muchas láminas incluidas en la obra.
  • Vestido para cenar en el campo, en el ‘Journal des dames et des modes’ (1913).
    Vestido para cenar en el campo, en el ‘Journal des dames et des modes’ (1913).
  • ‘La infanta Doña Margarita de Austria’, de Martínez del Mazo, en el Museo del Prado.
    ‘La infanta Doña Margarita de Austria’, de Martínez del Mazo, en el Museo del Prado.
  • Cuadro de ‘Los embajadores’ de Hans Holbein (1533), recogido en el libro.
    Cuadro de ‘Los embajadores’ de Hans Holbein (1533), recogido en el libro.

Este domingo pasado, los secesionistas catalanes convocaron una pegada de carteles en el corazón de Barcelona a favor del referéndum ilegal, y allá que se presentó –entre otros– un señor con pancarta y barretina. La imagen salió en los informativos de la tele, quizá por pintoresca, pero de pintoresca no tenía nada: el atavío siempre ha tenido un uso contestatario y reivindicativo. En el siglo XIX, el casticismo fue usado como símbolo externo de protesta política, «algo que ocurrió con la llegada de la dinastía extranjera de Amadeo de Saboya. Las mujeres, para manifestar su desaprobación, salieron a la calle vestidas con mantilla y peineta». Así se recoge en el libro Breve historia del traje y la moda (editorial Cátedra), de James Caver y con apéndice español de Enriqueta de Albizua. Un clásico de 1988 abundante en datos, historias y curiosidades que se acaba de reeditar y que, en honor a su interés, va ya por las trece ediciones, más las que vengan.

Desde la providencial invención de la aguja hace 40.000 años –acontecimiento que en la obra se compara en importancia con el descubrimiento del fuego y de la rueda– hasta las ocurrencias de la industria de la moda en los ochenta, el libro abunda en la evolución histórica de la ropa y en qué se llevaba o se dejaba de llevar en cada momento, pero sin olvidar las causas y efectos de todo ello. Es decir, ofreciendo al mismo tiempo, en paralelo, un curioso retrato social, económico y político trazado desde una perspectiva original y por momentos muy esclarecedora. Se descubre, por ejemplo, cómo y con qué intensidad la vestimenta ha sido, a lo largo de toda la existencia del ser humano –y sigue siendo–, un elemento diferenciador de clases y de sexos y una prerrogativa del poder. Cuando los antiguos romanos tomaron por costumbre usar los telares y confeccionar sus amplias togas con tejidos finos, en vez de las toscas pieles entalladas de los bárbaros, «llegaron tan lejos como para decretar, en una ocasión, la pena de muerte para quienes usaran este tipo de prendas». Mucho antes de eso, hacia el año 1200 a.C., ya había una ley asiria que obligaba a las mujeres a llevar velo en público. Y mientras en Persia tanto los hombres como las mujeres llevaban pantalones, en el Egipto de los faraones «la mayor parte de las clases bajas y los esclavos iban casi o totalmente desnudos. El ir vestidos era una especie de distintivo, de privilegio de clase», explica James Laver.

Visto así, de una vez y en su conjunto, la historia del traje parece la crónica de una locura galopante. Quien se sorprenda de la indumentaria que algunos jóvenes lucen hoy en día se maravillarán al saber que los asirios –ellos y ellas– llevaban el pelo largo y se lo rizaban «adornándolos a veces con hilos de oro trenzados». Eso, cuando no les daba a los hombres por coronarse con alguna especie de macetero invertido. Y mientras tanto, los egipcios, para costrarrestar su manía de raparse la cabellera, usaban pelucas en sus ceremonias y lo mismo les daba si eran de pelo natural, de lino o de palmera. Una moda que duró mil años. Por fortuna, no existen fotos.

Que no nos engañen las estatuas: en el mundo antiguo había de todo. Los cretenses estaban obsesionados con los colores vivos; los egipcios aborrecían las fibras animales, que consideraban impuras; las romanas se teñían de rubio porque era lo que se llevaba; y hasta los griegos, tan filósofos ellos, vestían «telas de colores con motivos decorativos, excepto posiblemente la gente pobre». Y si ya así había variedad, con el traslado a Constantinopla de la capital del Imperio Romano las influencias orientales fueron ya todo un desparrame y el traje, que hasta entonces había sido concebido con sencillez y para esconder el cuerpo, cambió. «El mismo Constantino vestía de modo muy distinto al de los primeros emperadores romanos. Su túnica de tejidos de oro tenía bordados motivos florales. Llevaba una clámide púrpura sujeta al hombro con un broche de joyería y una especie de chal cruzado sobre el pecho». Si esto fue o no una manifestación clara de lo que el satírico Juvenal presagió dos siglos antes como un síntoma de la decadencia del Imperio, es algo que nunca se podrá comprobar.

Tocado... y hundido

Las Cruzadas, en la Edad Media, reactivarían ese intercambio con Oriente, hasta tal punto que «las damas occidentales adoptaron el velo mahometano, o por lo menos una toca o griñón que ocultaba la parte inferior de la cara». No sería lo más llamativo que se pondrían en la cabeza durante ese periodo histórico: «Hacia finales del siglo XIV», prosigue el libro, «apareció también el tocado cojín, que era una especie de rodete almohadillado sobre una redecilla. El cabello se enrollaba en espiral alrededor de ambas orejas en pequeños abultamientos llamados templers. Durante el primer tercio del siglo XV el efecto era de anchura. A veces este se exageró, llegando a casos extremos en que la anchura de los dos templers era dos veces la de la cara. El tocado de cuernos, que apareció en torno a 1410, tenía una estructura de alambre, como los cuernos de una vaca, sobre los cuales se cosía un velo», con lo que esta pasaba a ser un elemento ornamental, «justo lo contrario de su propósito inicial». En la segunda mitad del siglo tendieron a lo alto en vez de a lo ancho, y aparecieron el tocado salchicha, el tocado turbante y el tocado tubo de chimenea. Sin palabras. A los hombres no les iba mucho mejor por esa época con sus zapatos de duende, o sea, a la cracoviana o a la polonesa, con unas puntas que llegaban a alcanzar por sí solas los 45 centímetros. Ideales para bajar las húmedas escaleras de las mazmorras.

Pero para tocados, los del siglo XVIII. Entre otros ejemplos, se habla en el libro de un peinado –por llamarlo de algún modo– citado por George Colman que incluía un tupé en forma de torre puesto todo para arriba desde las raíces, estirado sobre un cojín y con hileras de rizos a los lados y un rodete colgante que descendía por detrás a modo de contrafuerte catedralicio, con lo que «toda la construcción se mantenía tiesa y a salvo del agua» a base de horquillas. Y cuenta Laver que «semejante estructura, que podía permanecer meses sin tocar, se convirtió pronto en un nido de parásitos, y los pequeños puños de marfil con un largo bastón que los anticuarios todavía denominan rascadores de espalda fueron hechos, en realidad, para ser introducidos dentro del tocado en un intento de aliviar el insoportable picor». Los había que se remataban con un barco con las velas desplegadas, un molino de viento con animales de granja alrededor y hasta un jardín con flores naturales o artificiales, que en muchos casos, sin duda, debieron de agarrar en el cuero cabelludo.

Las primeras revistas de moda, los ejemplos de lo influenciable que es la gente –la campaña egipcia de Napoleón puso de moda en Occidente llevar turbante–, los zapatos, los sombreros, los miriñaques y corsés, los empolvados... Y quienes reaccionaban contra todo eso. En España, por ejemplo, la subida al trono del Borbón Felipe V a comienzos del XVIII impuso por doquier las modas francesas, y los cazurros se partían viendo pasar a los petimetres o currutacos, «que seguían con adoración servil las modas que les llegaban de París tanto en vestimenta como en actitudes y lenguaje». Lo de la adoración servil, en efecto, es muy de aquí. Pero está por ver que no sea también una moda pasajera.


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