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Rodríguez Ojeda o el canto del último poeta solitario

La editorial sevillana Anantes publica el último poemario de quien es también uno de los grandes letristas flamencos de Sevilla, No se engañe nadie

Álvaro Romero @aromerobernal1 /
16 abr 2019 / 15:55 h - Actualizado: 16 abr 2019 / 15:58 h.
  • Rodríguez Ojeda o el canto del último poeta solitario

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Al margen del célebre bordador cofrade, hay otro artista Rodríguez Ojeda en Sevilla que no se llama Juan Manuel sino José Luis y que no utiliza la aguja sino el bolígrafo y que no graba tejidos sino almas, pues es poeta, y no un poeta cualquiera, con su mundo y su estilo, sino uno de esos escasos poetas solitarios, epílogo de tantas experiencias, que desde su Carmona natal hasta la Híspalis de su camino ha aunado en su pluma el ambivalente drama de dos Andalucías (dos Españas) en una, como queda patente en uno de los últimos poemas de su última creación, que, como todas las anteriores, respira un espíritu tan machadiano: “Cuánto Manuel en Antonio / y cuánto Antonio en Manuel”.

Este último poemario, publicado por Anantes hace solo unos días, se titula No se engañe nadie, en una inevitable intertextualidad con Manrique, porque Rodríguez Ojeda, como Machado, también pudo haber escrito aquello de “entre los poetas míos, tiene Manrique un altar”. Y no solo Manrique, sino todos los que vinieron después, siempre en dualidad de tópico sobre el alma andaluza, un binomio que siempre ha preocupado a José Luis porque él mismo se siente poeta sin renunciar a las dos formas de sentir: “¿Rafael de León / frente a Luis Cernuda?”, se pregunta incómodo en uno de los textos de este libro que sigue presentándose estos días en Sevilla.

No en vano, José Luis Rodríguez Ojeda, profesor recién jubilado, premiado en diferentes certámenes a lo largo de su vida, es uno de los grandes letristas de los flamencos de aquí y ahora: versos suyos han cantado desde Calixto Sánchez, Curro Malena o Manuel de Paula hasta Laura Vital, Manuel Castulo o Miguel Ortega, pasando por Miguel Vargas, Peregil, Rubito Hijo o Manuel Cuevas, entre un largo etcétera. Los cantaores lo buscan para que el eco de sus gargantas proceda siempre de una cueva platónica a la altura del flamenco más jondo. De hecho, en 2008, se atrevió a recopilar algunas de esos textos que se llevaba el aire de los cantaores por peñas y tablaos en un poemario titulado Mis letras para el cante, condenado a estar inacabado... Una década antes, con el espíritu docente que nunca ha perdido, había publicado la obra divulgativa Las letras del cante flamenco...

El poeta sevillano, autor de profundos poemarios más alejados de lo popular como Canción del camino (2003), Por una mirada (2005) o Sin pensar en el final (2013), irrumpe ahora, en plena Semana Santa, con un poemario definitivo en el que dialoga consigo mismo y también con los lectores que ya lo conocen, para repetirse en versos revisados la necesidad de escribir y vivir o viceversa (como testimonia en un soneto para quitarse el sombrero), para soñar cándidamente con qué hubiera pasado si otros gallos hubieran cantado, para sorprenderse sobre la última acepción del verbo navegar con todas sus vanidades ineluctables dentro; para pedir, medio siglo después, con Blas de Otero, otra vez la paz y la palabra, “y algo más: decencia, / que, al parecer, del todo se ha perdido”; para denunciar que el nuevo cancionero ni cuente ni cante sino que machaque “buscando hacer caja”; incluso para jugar a sugerir, en cuento inacabado, que el flamenco no proceda del gitano andaluz sino de los descendientes de Hasekura que se quedaron en Coria, a la vista de su primor con lo jondo.

El poemario, cosido con elegancia a base de endecasílabos y no solo, se cierra con unos versos que coinciden con su estado de Whatsapp y que es una dulce amenaza porque los caminos de los poetas, como los del Señor, son inescrutables: “Vivito sí, no tanto coleando. / Coleo poco ya, aunque aún puedo. / Atrapado –y conforme- en este enredo / del vivir; sin saber, claro, hasta cuándo”.


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