lunes, 20 noviembre 2017
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, última actualización

Sublimes indecencias

El corrosivo Pat Andrea ilustra los poemas prohibidos de ‘Las flores del mal’

14 nov 2017 / 06:45 h - Actualizado: 14 nov 2017 / 06:45 h.
  • El poeta francés Charles Baudelaire, en uno de los pocos retratos fotográficos que de él se conservan.
    El poeta francés Charles Baudelaire, en uno de los pocos retratos fotográficos que de él se conservan.
  • Una de las ilustraciones de Pat Andrea para los poemas prohibidos.
    Una de las ilustraciones de Pat Andrea para los poemas prohibidos.

Muy fresca todavía en la memoria la huella escandalosa y perturbadora de Pat Andrea en la igualmente clasificable Acostarse con la reina y otras delicias, de Roland Topor, el ilustrador holandés se atreve ahora, bajo el mismo sello editorial de Libros del Zorro Rojo, a sacarle las formas y los colores nada menos que a los poemas prohibidos de Las flores del mal, la obra más inmoral e indigesta de ese genio maldito que fue Charles Baudelaire; un libro rebosante de «hedor de amor» y blasfemias surtidas y agitado por el «furibundo viento de la concupiscencia», por utilizar expresiones de sus propios versos. Una edición bilingüe recién llegada a la mesa de novedades de las librerías que combina el respeto absoluto al lector con la igualmente absoluta falta de respeto a todo lo demás. Es decir, con el mismo ánimo subversivo, desgarrador e indecente con el que el francés concibió hace ahora 160 años lo que él mismo llamó en su día «mísero diccionario de la melancolía y el crimen». Lo cual no es óbice para que semejante obra pase por ser uno de los grandes hitos poéticos del siglo XIX, que ya es decir.

Sucios, agresivos, incómodos, grotescos son los trazos y colores con los que Pat Andrea saca la viva imagen de lo prohibido en estos poemas censurados de Las flores del mal. Recupera de ese modo el carácter irreverente y de vanguardia que tuvo el poemario de Baudelaire, escritor por otra parte excesivo que bebió de todo menos agua y probó todas las hierbas menos el tomillo, convirtiéndose así, junto a su obra, en un desplante al conformismo, al pesebrismo y a la mansedumbre tan frecuentes –entonces y ahora– en los sanedrines literarios.

Los poemas censurados y prohibidos dejaron castrados durante casi un siglo esta obra que llevó a su autor a ser condenado a pagar una multa de 300 francos por cometer «delito de ultraje a la moral pública y a las buenas costumbres», como reza la sentencia publicada el 21 de agosto de 1857, en la que se indicaba que por mucho que se hubiera querido esforzar el autor –que no fue el caso–, «no puede destruir el funesto efecto de los cuadros que presenta al lector, y el que las piezas incriminadas conducen necesariamente a la excitación de los sentidos mediante un realismo grosero y ofensivo para el pudor». Baudelaire comentaría poco después: «Todos los imbéciles de la burguesía que pronuncian las palabras inmoralidad, moralidad en el arte y demás tonterías me recuerdan a Louise Villedieu, una puta de a cinco francos, que una vez me acompañó al Louvre, donde ella nunca había estado, y empezó a sonrojarse y a taparse la cara. Tirándome a cada momento de la manga, me preguntaba ante las estatuas y cuadros inmortales cómo podían exhibirse públicamente semejantes indecencias».

Partícipe de la creación de la Nouvelle Subjectivité –uno de los movimientos artísticos más importantes de la segunda mitad del siglo XX– y presente con su obra en el MoMA, el Centro Pompidou y otras colecciones museísticas, Andrea ha hallado en este material literario un nuevo reto donde mostrar la fuerza de su expresividad dramática.


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