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Távora, el hombre del teatro andaluz

Salvador fue un creador y Andalucía lo va a recordar durante siglos como el hombre del teatro, del teatro andaluz que jamás se olvidó de las cosas más puras de la tierra: el campo y sus jornaleros, el cante jondo más puro y la dignidad de los más débiles

Manuel Bohórquez @BohorquezCas /
08 feb 2019 / 11:27 h - Actualizado: 08 feb 2019 / 13:42 h.
  • Salvador Távora. / El Correo
    Salvador Távora. / El Correo

Dramaturgo, Salvador Távora Triano empezó a ser conocido cantando junto a Paco Taranto, Los Tarantos, cuando la ópera flamenca daba sus últimos coletazos y se abría una nueva etapa para el arte flamenco, que él tan bien conocía. Aparece en muchos carteles de aquellas últimas compañías de Pepe Pinto que recorrían los pueblos en los cincuenta y sesenta. Hablar con él de flamenco era como leer un buen libro porque no se lo habían contado, lo vivió en el tajo, trabajando, viajando, durmiendo en pensiones y posadas y cobrando, a veces, cuando se había llenado el cine o el teatro.

Salvador nunca fue muy aficionado al flamenco comercial de los tablaos ni al que consumían los señoritos en los cuartos, sino al verdadero cante jondo, del pueblo, que denunciaba la dura realidad andaluza de su infancia y adolescencia, en plena dictadura franquista. Le gustaban más el latigazo sincero y subversivo de Pepe Suero y la queja rebelde de Manuel Gerena, que los gorgoritos de aquellos últimos niños de la ópera flamenca que salían tan peinados y lustrosos a los escenarios. Hablaba con verdadera pasión del Bizco Amate, aquel cantaor callejero que cantaba en los tranvías y que denunciaba lo injusto de la Justicia y la pobreza en las tabernas de El Cerro del Águila, y que apareció un día muerto en una choza debajo del puente del Tamarguillo, cerca de ese barrio.

Todo aquello, que Salvador absorbió como una esponja, lo utilizó más tarde en su teatro con un sello tan especial que se convirtió muy pronto en referencia de la época. Era su teatro, la honradez y la sinceridad llevada al proscenio, con obras como Quejío, Herramientas o Los Palos, que han hecho historia porque tenían un lenguaje propio del sur y mucho de él, de sus propias vivencias y de su particular concepto de la dramaturgia. Lenguaje teatral que traspasó fronteras y que hizo que se valorara una manera de hacer teatro, la andaluza, con compañías como Teatro Estudio Lebrijano y críticos como José Monleón, quien nunca escatimó elogios al dramaturgo sevillano.

No podemos decir que Távora no haya sido un artista e intelectual valorado en vida, porque ha sido reconocido tanto en Andalucía como fuera de nuestra región. Sin embargo, se habrá ido con cierta pena por algunas cosas que no le gustaban nada de esta tierra, a la que amó de una manera desmedida. Era un andaluz de verdad, sin ojana, sincero y honrado, que fue capaz de ser también crítico con su tierra, unas veces de manera sutil mediante el lenguaje del teatro, de su teatro, y otras abiertamente.

Ya era grande este hombre, pero su figura y su obra van a crecer de una manera importante, porque solo recoge quien siembra y quien es capaz de crear algo. Salvador fue un creador y Andalucía lo va a recordar durante siglos como el hombre del teatro, del teatro andaluz que jamás se olvidó de las cosas más puras de la tierra: el campo y sus jornaleros, el cante jondo más puro y la dignidad de los más débiles.


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