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Cómic

Tiempo para una última mirada a lo mejor del cómic español

La exposición sobre los premios nacionales del género termina el domingo en la plaza del Triunfo

01 sep 2018 / 07:00 h - Actualizado: 31 ago 2018 / 21:25 h.
  • Los libros premiados se encuentran en la muestra para quien quiera sentarse a leerlos. / Fotos: Jesús Barrera
    Los libros premiados se encuentran en la muestra para quien quiera sentarse a leerlos. / Fotos: Jesús Barrera

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Para enamorarse de los cómics no hace falta ninguna exposición; basta con tener sangre en las venas. Con haber sido niño alguna vez –cosa que, por increíble que parezca, cabría poner en duda de según qué personajes–. Con mantener intacta la predisposición al asombro ante la forma más estupefaciente jamás conocida de contar historias. Aun así, y del mismo modo que los enamorados no desprecian las rosas ni los versos –o en su lugar los guasaps, si hablamos de los de ahora–, igualmente a los amantes del género se les pone más cara de tonto con demostraciones tan brutales como esta muestra sobre los diez años del Premio Nacional de Cómic que, tras pasarse todo el verano en la Casa de la Provincia –Plaza del Triunfo–, se marcha definitivamente el domingo dejando el aroma de los amores correspondidos. Así que esta no es una parrafada invitando a la gente a ir a verla, sino implorando que lo haga, para que en este breve tiempo disponible se dé cuenta –si todavía no lo ha hecho– de lo que vale un peine. Al menos, cuando el peine está dentro de una viñeta y el que se tiene que peinar es el lector.

Es emocionante tener delante de las propias narices los dibujos originales de Pablo Auladell para el Paraíso perdido de John Milton, premio del año 2016. Un material hecho a pecho descubierto, sin bocetos, a las bravas, con el papel todavía temblando, y que desarrolla una interpretación tan sobrecogedora del clásico que si a algún visitante extasiado le diese por dejar caer alguna lagrimilla, como dicen las malas lenguas que hacía Stendhal en sus ratos libres, nadie se lo podría reprochar.

Están ahí, para quien quiera que se le pongan los vellos de la coronilla como a Espinete. Como están también las páginas de Alfonso Zapico para Dublinés, ganador del Premio Nacional del Cómic en 2012. Si el alicantino lo deja a uno en estado de abanicamiento perpetuo con su reinterpretación de Milton, el asturiano, con su biografía de James Joyce derivada en repaso feminista a la Europa del arte, directamente le suelta un bofetón que le salta tres dientes (es un decir). Porque pocos autores del género hay en España que sepan darle a sus obras ese toque psicológico, esa originalidad tan discretamente distribuida y esa pátina tan auténtica de tiempo transcurrido. Lo sabrán todos los que se hayan empapado sus dos tomos de La balada del norte y estén esperando el tercero salivando como una cobaya de laboratorio conductista.

Está asimismo su underground majestad Max, metamorfoseado al estilo Bruguera, al que premiaron en 2007 por sus Hechos, dichos, ocurrencias y andanzas de Bardín el Superrealista, donde destila talento y humor en dosis cortas. Y no faltan Santiago García y Javier Olivares, galardonados en 2015 con una serie de historietas breves sobre la historia del arte bajo el título Las Meninas.

Todo ello con materiales originales. Si lo dicho no basta para provocar un efecto estremecedor, súmensele los nombres de Paco Roca (Arrugas, Premio Nacional del cómic 2008); Felipe Hernández Cava y Bartolomé Seguí (Las serpientes ciegas, 2009); Antonio Altarriba y Kim (El arte de volar, 2010); Santiago Valenzuela (Las aventuras del Capitán Torrezno. Plaza elíptica, 2011); Miguelanxo Prado (Ardalén, 2013); Juan Díaz Canales y Juanjo Guarnido (Blacksad: Amarillo, 2014); y Rayco Pulido (Lamia, 2017).

Apuntes, más de doscientos dibujos, guiones, objetos curiosos, la posibilidad de leer allí mismo todos los libros premiados (que están a disposición del que llegue, en una mesa)... Si después de este repaso el visitante sale corriendo a refugiarse en la espesura de la sección de cómics de la librería más próxima y tienen que mandar una expedición para ir a rescatarlo, será buena señal. El material que puebla hoy los anaqueles dedicados a la novela gráfica está más que cualificado para dar respuesta a la necesidad del neófito de poseer más cómics. Ese género que ahora se vende como el arte del siglo XXI pero que sobre todo lo fue del XX, y que con su renacer en régimen de igualdad con otras formas narrativas parece garantizar –esta vez, sí– su supervivencia. Al menos, hasta donde sea eterno el amor.


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