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Cultura

Tocar en color

Los ciegos ya pueden ‘ver’ en el Museo de Bellas Artes ‘La Gioconda’ y otras seis obras maestras

12 sep 2017 / 14:45 h - Actualizado: 13 sep 2017 / 08:08 h.
  • La exposición la componen siete reproducciones de óleos, seis del Prado y una del Bellas Artes. En la imagen, ‘viendo’ el ‘Noli me tangere’, de Correggio . / Fotos: Jesús Barrera
    La exposición la componen siete reproducciones de óleos, seis del Prado y una del Bellas Artes. En la imagen, ‘viendo’ el ‘Noli me tangere’, de Correggio . / Fotos: Jesús Barrera
  • El consejero de Cultura, Miguel Ángel Vázquez, durante su discurso.
    El consejero de Cultura, Miguel Ángel Vázquez, durante su discurso.
  • Tocando ‘El caballero de la mano en el pecho’ de El Greco.
    Tocando ‘El caballero de la mano en el pecho’ de El Greco.
  • Fotos: Jesús Barrera
    Fotos: Jesús Barrera
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«Estos son los ojos, sí», dice María a su acompañante, mientras palpa con las ávidas yemas de sus dedos los párpados un poco cansinos ya de El caballero de la mano en el pecho. «Y esta es la mano», descubre ella, y entonces percibe la frialdad blancuzca de esos dedos que pintara el Greco. Continúa su prospección del personaje, descendiendo poco a poco, hasta que el señor que va con ella, con ese poquito de guasa imprescindible para soportar los actos oficiales, le advierte: «Eso que estás a punto de tocar es la espada, no te vayas a equivocar», y rompen los dos a reír. Son parte de la nube de autoridades, responsables institucionales, séquitos entremezclados, reporteros, fotógrafos y ciegos que han acudido al Museo de Bellas Artes de Sevilla a la presentación de Hoy toca el Prado: una exposición itinerante de cuadros en relieve para ver sin mirar, para tocar en color. Siete cuadros celebérrimos para ser degustados con las manos.

Son siete reproducciones de óleos, seis del Prado –que es la pinacoteca a la que se le ocurrió la idea– y una –las Santas Justa y Rufina, de Murillo, que se quedará en Sevilla tras la muestra– del Museo de Bellas Artes, en tanto anfitriona del asunto. Las que vienen de Madrid son La Gioconda, del taller de Leonardo Da Vinci; Noli me tangere, de Corregio; La fragua de Vulcano, de Velázquez; El caballero de la mano en el pecho, del Greco; Bodegón con alcachofas, flores y recipientes de vidrio, de Van Der Hamen; y El quitasol, de Goya. Expuestas en un pasillo de la primera planta, se podrán ver, tocar, acariciar y demás hasta el 26 de noviembre próximo.

«Pues relieve tienen poco, lo veo muy plano», comentaba por lo bajini un señor ciego que andaba por allí, venido en la comitiva organizada por la ONCE, que es la que ha aportado las claves técnicas para la mejor adecuación de las obras a la percepción de los invidentes. Al otro lado del panel, una señora tocaba la sonrisa de La Gioconda. «En los museos es imposible ver esto», dice Loli. «Los ciegos tardamos cinco minutos en ver un museo. Lo único que nos dejan, cuando nos dejan, es tocar las esculturas, y... y».

Aunque en ese momento, con el barullo solemne, la cosa sea un poco impracticable tanto para los que ven como para los que no, la gracia de la exposición es, como recalcan todos sus responsables –el consejero de Cultura, Miguel Ángel Vázquez, y los representantes de la ONCE, la mecenas Axa, el comisario de la muestra y la directora del Bellas Artes–, su accesibilidad. Incluso los que ven se pueden hacer los ciegos, gracias a unas gafas negras de cartón a disposición del visitante, y tocarle la fragua a Vulcano, la alcachofa al bodegón o el pirindolo de la espada al señor de la gola. O el Noli me tangere, que no significa No me tangues sino No me toques, que es lo que hasta ahora habían sido todos los museos, inspirados en la frase del Señor. Cada cosa tiene su textura: la piel, los tejidos, los objetos... Una audioguía indica por dónde y cómo acariciar. Pero las manos de los ciegos, les digan lo que les digan, acuden siempre a los ojos. Es un instinto. No es la necesidad de ver, sino la de ser vistos. De eso se trataba.


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