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Un paseo por la Sevilla de papel de Ken Follett

El superventas galés cierra la trilogía inaugurada por ‘Los pilares de la tierra’ con ‘Una columna de fuego’, una novela ambientada en parte en la capital hispalense

17 sep 2017 / 20:43 h - Actualizado: 18 sep 2017 / 09:30 h.
  • El escritor galés Ken Follett, durante su visita a la capital hispalense en abril de 2016, para documentarse de cara a la escritura de ‘Una columna de fuego’. / El Correo
    El escritor galés Ken Follett, durante su visita a la capital hispalense en abril de 2016, para documentarse de cara a la escritura de ‘Una columna de fuego’. / El Correo
  • El novelista superventas posa ante el Ayuntamiento de Sevilla. / El Correo
    El novelista superventas posa ante el Ayuntamiento de Sevilla. / El Correo
  • El Arenal de Sevilla, en una pintura de época. / El Correo
    El Arenal de Sevilla, en una pintura de época. / El Correo
  • Follett, en el Alcázar de Sevilla. / El Correo
    Follett, en el Alcázar de Sevilla. / El Correo

Aunque había sido anunciado en su día a bombo y platillo, el nombre de Sevilla aparece numerosas veces en Una columna de fuego, la última novela de Ken Follett. En concreto, 33 veces en las casi mil páginas del volumen, aunque, más allá de estos cómputos curiosos, lo importante es que la capital hispalense figura como escenario, y no menor, en lo último del superventas galés.

Una columna de fuego (Plaza & Janés) supone el cierre de la trilogía comenzada en 1989 con Los pilares de la Tierra, a la que seguiría Un mundo sin fin. Follett visitó Sevilla hace dos años para documentarse de cara a este nuevo reto narrativo, se retrató ante la fachada del Ayuntamiento y se mostró impresionado por las Setas de la Encarnación, además de mostrarse encantado por recorrer la que fuera «la fábrica de armamento del rey Felipe II», comentó.

«He visitado el Real Alcázar, el Museo Naval y, por supuesto, la Catedral», declaró Follett en un vídeo promocional grabado in situ durante aquella visita, con la Giralda al fondo.

La novela Una columna de fuego transporta al lector al año 1558, cuando los conflictos religiosos que sacuden Kingsbridge se han convertido en un obstáculo insuperable para el amor entre Ned Willard y Margery Fitzgerald. Cuando Isabel I llega al trono, toda Europa se vuelve contra Inglaterra y la joven monarca decide crear el primer servicio secreto, cuya misión es advertirla de posibles intrigas e invasiones. A lo largo de medio siglo turbulento, Ned luchará por por conseguir a Margery mientras lidera este grupo de valerosos agentes secretos, que se convertirán en el fundamento del poder de la reina.

En la ficción novelesca, Sevilla aparece como un punto fundamental en el tráfico marítimo europeo, caracterizado por sus turbios ambientes portuarios, las intrincadas estrategias comerciales y la trata de esclavos. Aparecen Triana y el Arenal, y por supuesto –no cabía esperar menos de un amante de la arquectura como Follett– la catedral de Sevilla.

Muelles del Guadalquivir

Los muelles del Guadalquivir quedan descritos así en el cuarto capítulo de la novela: «Barney Willard recorría los concurridos muelles de Sevilla esperando encontrar algún barco inglés que hubiese remontado el río Guadalquivir con la marea de la mañana. Estaba desesperado por saber si su tío Dick seguía vivo y si su familia lo había perdido todo o no.

Un viento frío bajaba por el río, pero el cielo estaba completamente despejado y de un azul muy oscuro, y el sol de la mañana le calentaba el rostro bronceado. Barney sentía que, después de haber vivido allí, jamás podría acostumbrarse de nuevo al frío húmedo y el gris borrascoso del clima de Inglaterra.

Sevilla se levantaba a uno y otro lado de un meandro del Guadalquivir. En el interior de la curva, una amplia playa de barro y arena emergía del agua en suave pendiente hacia tierra firme, donde miles de casas, palacios e iglesias se apiñaban entre sí para formar la mayor ciudad de España.

La playa estaba repleta de hombres, caballos y bueyes que transportaban cargamentos de las embarcaciones a los carros y viceversa, y de compradores y vendedores que regateaban a voz en grito».

La Torre del Oro

También la Torre del Oro asoma en estas páginas. «Llegaron al límite del puerto río abajo, que estaba señalado por una fortaleza llamada Torre del Oro. En ese punto, una cadena de hierro podía extenderse de una orilla a otra para impedir que los invasores que remontaran el río desde el mar no cayeran sobre los barcos anclados. A las puertas de la fortaleza había un reclutador subido a un barril que animaba a los jóvenes a unirse al ejército».

Trata de esclavos

El tráfico de esclavos es en este tiempo práctica común: «El Hawk había navegado de Amberes a Sevilla, y de allí a las islas Canarias. A esta ruta le siguieron una serie de lucrativas travesías de ida y vuelta en las que la nave transportó cuchillos, azulejos cerámicos y prendas de ropa desde Sevilla hasta las islas y regresó cargada con barriles de fuerte vino canario. Eran tratos pacíficos, así que no habían requerido la experiencia de Barney con la artillería, aunque él siempre mantenía el armamento a punto. La tripulación se había reducido de cincuenta a cuarenta hombres a causa de accidentes y enfermedades, los peligros habituales de la vida en el mar, pero no habían tenido que luchar.

El capitán Bacon había decidido entonces que el dinero de verdad estaba en el tráfico de esclavos».

Fábrica de armamento

Como adelantó en redes, a Follett le fascina la época en que Sevilla fundía todo su metal para el rey: «El armero real estaba satisfecho. Constantemente bregaba por comprar armamento suficiente para las guerras en Francia e Italia, para batallas navales contra la flota del sultán y para que los galeones de América se protegieran de los piratas. Las forjas y los talleres de Sevilla no daban abasto, y las corporaciones se oponían a cualquier expansión de su capacidad, de modo que el armero tenía que comprar gran parte de lo que necesitaba a países extranjeros... y de ahí que la plata que llegaba a España procedente de América se gastara a un ritmo tan veloz».

La catedral de Sevilla

«La catedral de Sevilla era mayor que la de Kingsbridge, lo cual era reflejo de la fabulosa riqueza del clero español. La nave central, de una altura extraordinaria, estaba flanqueada por dos pares de naves laterales más dos hileras de capillas, cosa que hacía que el edificio pareciera casi más ancho que largo. Cualquier otra iglesia de la ciudad cabría allí dentro sin ningún problema. Un millar de personas parecían un grupo reducido, apretadas frente al elevado altar, y sus respuestas a la liturgia se perdían reverberando en el vacío de las bóvedas de lo alto. El retablo era inmenso, un derroche de tallas doradas que seguía aún sin terminar después de setenta y cinco años de trabajo. La misa, además de una oportunidad para purificar el alma, era un acontecimiento social útil. Todo el mundo debía asistir, en especial los ciudadanos más prominentes. Era una ocasión para hablar con gente a la que de otro modo no se tenía acceso. Allí una muchacha respetable podía conversar incluso con un soltero sin que su reputación se viera comprometida, aunque sus padres estarían vigilándola de cerca».


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