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Visite las ruinas de nuestro sueño de grandeza

2017 tampoco va a ser el gran año. La carencia de ideas, ganas y dinero quedará disimulada por los festejos de Murillo, mientras otras ciudades se comen el pastel

01 ene 2017 / 21:37 h - Actualizado: 02 ene 2017 / 11:28 h.
  • Visite las ruinas de nuestro sueño de grandeza
    El conjunto de Itálica, la ciudad romana cuyos restos presiden las lomas de Santiponce, fue el lugar de nacimiento de Adriano, de cuya entronización como emperador se cumplen ahora 1.900 años. / El Correo
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Me dan miedo esas grandes palabras que nos hacen tan infelices, escribió Joyce. Palabras, por ejemplo, como historia, como pasado, como sueño, como deber, como esperanza, como patria, como reto. Ciertos términos transmiten a sus víctimas, es decir a sus usuarios, una atormentada severidad y cada una de sus letras pesa una tonelada. A lo mejor resulta que el nombre Sevilla forma parte de ese léxico imponente que conduce al sufrimiento, y que deberíamos tomarnos algo menos en serio, como hace la autoridad. Sobre todo, cuando uno se asoma a los presupuestos (y a las intenciones) culturales para este año y ve que de lo soñado, nada. Otra vez será. Vuelva usted mañana. Esto es todo, amigos. Dicen que los irlandeses se parecen mucho a los sevillanos, por eso Joyce escribía a veces con esa brumosa socarronería entre dublinesa y trianera.

Al sombrajo de los retos culturales sevillanos cada vez le quedan menos palos en pie. Comencemos por los grandes disparates: 50.000 euros de la Junta al Museo Arqueológico para la celebración del Año Adriano. Otros 250.000 para el Año Murillo. 150.000 para ir cocinando el quinto centenario de la primera vuelta al mundo. Y mientras tanto, al Ayuntamiento de San Fernando –bendita sea su alma– le asignan una subvención nominativa de 3.500.000 euros para el centro de interpretación de Camarón de la Isla. Mientras el Museo Arqueológico de Sevilla y el de Bellas Artes siguen en el olvido, al Museo de la Aduana de Málaga le caen 2.564.919 euros de las cuentas del año para meterle 18.000 metros cuadrados nuevos de superficie museística para dos colecciones, arqueología y artes plásticas, que como dijo hace unas fechas la consejera del ramo, Rosa Aguilar, «supondrán una extraordinaria oferta para la ciudad y el cumplimiento de un anhelo de la ciudadanía de Málaga». Anhelo, otra palabra que ha dejado sus buenas lágrimas entre el Aljarafe y la Campiña.

Por volver a uno de los asuntos citados, el Año Adriano: qué oportunidad tan extraordinaria para revalorizar, popularizar y hasta hacer caja con el pasado romano de Sevilla y provincia, injustamente tratado y relegado en las prioridades culturales de unas tierras gloriosas –terrible palabra, también– en lo artístico, lo histórico y lo legendario mucho antes de que las hordas de los Omeyas enfilaran hacia el río Betis en el siglo VIII. Se cumplen en unos meses los 1.900 años de la entronización del italicense Publio Elio Adriano como emperador de Roma, nada menos. Pues, que se sepa, esa ocasión de sacarle brillo cultural a la huella romana se quedará en una buena exposición a partir de octubre próximo con obras traídas del British Museum londinense, de Roma y de más sitios arqueológicamente postineros. La pinta es estupenda, desde luego, pero la distancia entre lo que será y lo que podría ser es tan abrumadora que cabría preguntarse si este dejar pasar los trenes es solo asunto de presupuesto o tiene algo que ver en ello la escasez de ideas.

Una de las grandes reflexiones de Juan Espadas durante los meses previos a su llegada a la Alcaldía fue que en esta vida no todo es cuestión de dinero; que a veces, coordinando a distintos agentes y echándole imaginación y originalidad a la cosa, se obtienen resultados que ya quisieran quienes no reparan en gastos. Bien, adelante. Es cierto que el Ayuntamiento sigue metiéndole más fondos al presupuesto cultural hispalense, pero con sus actuales 9.093.100,92 euros para toda la cultura de todo el año recién iniciado, la carta de milagros posibles no se antoja especialmente larga. Bastante que el concejal Antonio Muñoz y sus colaboradores del ICAS –el instituto que gestiona la cultura municipal– tienen aceptablemente contentos o al menos esperanzados a parte importante del elemento humano que hace posible en Sevilla el teatro, el arte contemporáneo y otras manifestaciones culturales que se han llevado ocho años tiritando. Los recientes planes para las galerías de arte de la ciudad son la última muestra de ello, aunque no se trate tanto de poner dinero como de facilitarles la vida y mostrar receptividad y sensibilidad. Otras dos palabras que imponían mucho al Ulises de Joyce mientras adobaba barbos en la orilla de Triana.

Entre esos retos que el Ayuntamiento deberá afrontar con más corazón y ganas que fondos presupuestarios se encuentra, por ejemplo, la definitiva conversión de la Alameda de Hércules en el gran bulevar cultural de la ciudad. ¿Sería una locura ir pensando en trasladar allí las grandes citas anuales que colapsan la Plaza Nueva –aprovechando para sus mejores cifras la cantidad de gente que pasa por delante del Ayuntamiento– y hasta vincular entre sí algunas de esas propuestas fijas del calendario cultural sevillano? Que los pequeños editores, artistas gráficos, artesanos de la imprenta, ilustradores y escritores locales se reúnan en la Alameda con sus tenderetes el segundo sábado de cada mes a golpe de corazón, sin permitirse siquiera el sueño de que alguna de sus obras llegue a vender cien ejemplares, se contradice con una ciudad que presume de Feria del Libro, y que en un lugar más espacioso que la Plaza Nueva podría dar mayor protagonismo y relevancia a estos vecinos que son también industria cultural y espíritu creador. Pero el reto no sería solo cambiar de escenario: también de incentivar que la gente vaya hasta allá. A favor de ello, aparecía antes una palabra tremenda: receptividad. Es proverbial la receptividad de los sevillanos ante cualesquiera ocurrencias de sus autoridades para salir a la calle a cualquier hora del día o de la noche para sabe Dios qué peregrinas propuestas. Pero esa fuerza social requiere respeto y que no se les venda cualquier cosa –o cualquier rutabajo el paraguas de una Noche en Blanco o similar.

Decir que entre los retos de las autoridades culturales para 2017 están las Reales Atarazanas empieza a sonar a chiste, dado el estado de cosas. Pero el no disponer ni por asomo de ese escenario no limita las posibilidades de desarrollo de unas actividades culturales más o menos permanentes o periódicas sobre la Sevilla americana. De igual manera, el que los dioses se estén carcajeando ante la posibilidad de una próxima ampliación del Museo de Bellas Artes no impide que se vayan dando pasitos –en materia de gestión, por ejemplo– para que esta institución pueda soltarse de los corsés decimonónicos que la restringen y la confinan a un modelo de museo que ya no se lleva ni en las cajas de galletas y pueda desarrollar alas con la intervención de la iniciativa privada. Por cierto, hablando de este asunto: para este año, al Museo de Bellas Artes de Sevilla le caen 750.000 euros de presupuesto autonómico... mientras que al Museo Picasso se le mantiene su asignación de 4.378.557 euros.

Unos museos más modernos que puedan aprovechar su tremendo potencial –Bellas Artes, Arqueológico, Artes y Costumbres Populares...–; un Festival de Cine Europeo de Sevilla que no le haga ascos a la idea de que ser un referente cultural en la materia también pasa por arriesgar y, paradójicamente, por poblar de celebridades su alfombra roja; unas actividades culturales que den su sitio a los artistas, gestores e intermediarios locales, y donde no todo sea epatar a los turistas; un compromiso más firme de todas las administraciones sobre los grandes buques insignia de la flota cultural hispalense, caso de la ROSS, la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla, y el Teatro de la Maestranza; así como para programas culturales que requieran de ese entendimiento y que potencien la cultura por los barrios y los pueblos, no convertir el Año Murillo en un espectáculo de calle a lo bestia; no perder de vista las posibilidades didácticas, culturales, enjundiosas y turísticas si es que de eso se trata de la Sevilla romana y la Sevilla americana que antes se citaban; estar muy pendientes –y eso incluye la cartera– de citas imprescindibles como Contenedores, el Festival de Música Antigua, el Festival de Artes Escénicas, el Encuentro del Cómic y la Ilustración, las ferias de libros y tantos otros acontecimientos que reportan prestigio a la ciudad y satisfacción a quienes aún aspiran a disfrutar de sus inquietudes culturales y artísticas... También el sevillano raso, ese al que irresponsablemente se llama el público, tiene desafíos que aceptar en materia cultural, como acudir a los teatros y cines, probar a dejarse seducir por la danza, el cómic, los libros, la pintura; participar de la vida cultural de la ciudad y perder el miedo a entrar en una galería de arte contemporáneo si no va vestido de moderno... y así, desarrollar una actitud participativa y crítica. Para quienes prefieran dormir, ahí está el viejo sueño de grandeza de Sevilla, que se traspasa por no poder atenderlo.

La historia es una pesadilla de la que estamos intentando despertarnos, escribió James Joyce, quién sabe si después de darse un paseo por la vieja Alameda de los quioscos de agua y las raíces partepiernas. Para quienes fracasen en ese empeño, aún le queda otra frase: Ya que no podemos cambiar de país, cambiemos de tema. Pasando esta página, sin ir más lejos.


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