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Desde ánforas hasta moringas

Curiosidades. Por los laboratorios sevillanos y los departamentos de certificación pasan para ser analizados todo tipo de productos, desde industriales hasta alimentos

03 mar 2018 / 06:41 h - Actualizado: 02 mar 2018 / 21:32 h.
  • Empleados de los laboratorios sevillanos AGQ, con una gran presencia internacional, en plena actividad. / El Correo
    Empleados de los laboratorios sevillanos AGQ, con una gran presencia internacional, en plena actividad. / El Correo
  • Las manos de un técnico de laboratorio mientras realiza una prueba. / El Correo
    Las manos de un técnico de laboratorio mientras realiza una prueba. / El Correo
  • Muestras para prevenir la entrada del virus Zika. / El Correo
    Muestras para prevenir la entrada del virus Zika. / El Correo

{Certificar que una ginebra es ecológica, determinar el contenido de un ánfora rescatada de un pecio hundido o las manchas de un bisturí quirúrgico sin estrenar también es trabajo de laboratorios en los que se certifica la calidad de un producto.

Ramón Bouza, director de Laboratorio de la sevillana AGQ Labs, asegura que para ellos son casos puntuales a los que dan soporte por determinadas circunstancias, pero que se salen completamente de su rutina de trabajo y el servicio que ofrecen a sus clientes.

«Nos llegaron una vez ánforas rescatadas de un pecio hundido en nuestras costas para intentar determinar el contenido en las mismas a través de los restos que pudieran quedar adheridos a las paredes. El resultado fue que probablemente habían contenido algún tipo de aceite», cuenta Bouza, quien también subraya otro caso. «El pasado año tuvimos una solicitud para intentar descubrir las características y procedencia de unas manchas que aparecían en unos bisturís en su embalaje original. Finalmente detectamos que se trataba de oxidación de los mismos producidos por uno de los productos de fabricación del embalaje».

Pero no son los únicos que se enfrentan a certificaciones o análisis «poco corrientes» y no todo lo «complejo» es industrial. Desde Sohiscert, empresa también sevillana de control y certificación agroalimentaria, se estudia desde la moringa, uno de los súperalimentos de moda, hasta sal, cerveza, ron, ginebra o whisky ecológicos. «Certificamos que no ha habido ningún proceso químico en la elaboración de estos productos», aseguran desde la empresa utrerana.

Y no sólo se certifican alimentos, sino también restaurantes, por ejemplo, si es Slow Food y KM0. En Sevilla, el último en acogerse a esta modalidad ha sido Ispal, del Grupo La Raza, que ha tenido que certificar el uso de productos de temporada, que fomenta el consumo de alimentos de proximidad y ecológicos y que ayuda a recuperar la relevancia del pequeño productor local.

Volviendo a los laboratorios, la también sevillana Labygema posee uno de aguas acreditado por Enac por ISO 17025 como Entidad de Ensayo e ISO 17020 como Entidad de Inspección, y a él llegan aguas de distinta procedencia. Desde aguas de consumo humano, hasta para análisis de legionela pasando por residuales tanto de control de depuradoras como «aguas complejas de composición desconocida que es el caso que nos trae aquí», apunta Antonio González, director de Labygema. «A modo de ejemplo le podría decir que hemos trabajado con muestras de industria alimentaria (quizás lo más común) y también de purines, biomasa, bioetanol, biodiésel, del sector minero, aeronáutico, del petrolífero, etcétera, pero hay dos casos que son muy llamativos y de los que tengo un grato recuerdo, ya que concluyeron con la construcción de sus respectivas depuradoras y con el cumplimiento en las exigencias del vertido».

González se refiere, por un lado, al vertido procedente de una industria de la fabricación de obleas de silicio para paneles fotovoltaicos, con muy alta carga orgánica, fundamentalmente carbono de silicio, gran cantidad de sólidos en suspensión y que generaba una gran cantidad de espumas. En segundo lugar, destaca «el caso más complejo que hemos tratado hasta el momento», que fue el del vertido de una factoría que elaboraba explosivos. «Eran aguas ácidas que llegaban al proceso con una elevada temperatura, con una elevadísima conductividad, con alta concentración de sulfatos y nitratos y, lo más sorprendente, una elevada concentración de nitrocelulosa». «Montamos una planta piloto en nuestras instalaciones para simular las distintas etapas del proceso, realizando un gran número de ensayos Jartest (Test de Jarras)», explicó. El principal problema era las precipitaciones y acumulaciones de cristales cálcicos en las tuberías, que se obstruían.


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