martes, 18 septiembre 2018

El fútbol, el gen común en el ADN de la familia Hidalgo Tovar

El entrenador de la Balompédica Lebrijana, Joaquín Hidalgo, es el técnico de moda de la Tercera División y desde noviembre un fiel seguidor de su hija Casilda, árbitra asistente

14 mar 2018 / 10:25 h - Actualizado: 14 mar 2018 / 10:29 h.
  • El entrenador de la Balompédica Lebrijana, Joaquín Hidalgo, y su hija Casilda Hidalgo posan ayer en las instalaciones de la UD Loreto. / Manuel Gómez
    El entrenador de la Balompédica Lebrijana, Joaquín Hidalgo, y su hija Casilda Hidalgo posan ayer en las instalaciones de la UD Loreto. / Manuel Gómez

Joaquín Hidalgo Luque (San Juan de Aznalfarache, 7-9-1972) es un tipo de discurso directo. Habla con naturalidad y huye de los clichés del fútbol moderno. «Yo no utilizo la pizarra», dice en tono jocoso mientras posa junto a su hija mediana, Casilda Hidalgo Tovar (Sevilla, 5-5-2000), en la barriada de Monumento, el lugar en el que nació la historia de la UD Loreto, uno de los clubes en los que forjó su carácter indomable. Su retoña, que en mayo cumplirá la mayoría de edad y que desde el pasado mes de noviembre ejerce de árbitra asistente en la Tercera Andaluza, es tímida y elegante en el trato. En la saga de los Hidalgo Tovar, una familia en la que el entrenador de la Balompédica Lebrijana convive junto a sus tres hijas, Bárbara, Casilda y Pilar, y su mujer y principal apoyo, Casilda, el fútbol es una especie de religión.

Joaquín Hidalgo, en su etapa como jugador un aguerrido lateral izquierdo, debutó en 1998 como entrenador del CMD San Juan, en cuya factoría asumió los designios del cuadro infantil. «Empecé aquí cuando no existía este muro y los padres tenían que enfocar al campo para que los niños pudieran entrenarse», explica mientras señala, con mirada nostálgica, hacia el arco de acceso al terreno de la UD Loreto, hoy de césped artificial. Los primeros recuerdos de su hija nacen en la temporada 2009-10, en la que el preparador aljarafeño adiestró al Cortegana, entonces en la Primera Andaluza, equivalente a la actual División de Honor.

«Yo iba con mi padre a todos los partidos», relata Casilda, una viva imagen de su madre, mientras su hermana pequeña, Pilar, juguetea con un balón. Precisamente, el referente materno de los Hidalgo Tovar abandonó los graderíos en el momento en el que nació su hija pequeña. «Desde entonces iba yo sola con mi padre a todos los partidos», asegura Casilda antes de que su progenitor, con semblante sonriente y una forma de ser única, admita cómo vive un encuentro con su hija en la banda. Con el banderín y el reglamento como modelos. «No me gusta que se equivoque en los aspectos técnicos. Insisto mucho en el reglamento. De los errores de apreciación no le digo nada, pero de los otros sí», confiesa. A su lado, Casilda, obediente y sonriente, apostilla: «Sí, me corrige».

Casilda asume con naturalidad y hasta con un punto de sorna la sinceridad de su padre, un hombre que se ha ganado el pan y la sal en la Balompédica Lebrija, a la que ascendió a la Tercera División desde la Regional Preferente y con la que actualmente pugna por el play off de ascenso a la Segunda División B. Con permiso de una irrepetible camada de jornaleros, Joaquín Hidalgo es el referente de la Balona. «Si hubiera de elegir entre entrenar en la Segunda División B o que su hija arbitre en la Liga Iberdrola –máximo torneo estatal femenino–, ¿qué elegiría?». Es la pregunta.

Hidalgo, que se distingue por su claridad en el discurso, huye de la corrección y apela al sentimiento. «Que yo entrene en la Segunda División B», apunta con una sonrisa socarrona. «En serio, he robado mucho tiempo a mi familia para llegar ahí y sería un premio para todos», confiesa antes de elogiar a su mujer. «Sin su ayuda hubiese sido imposible. Y a ella –señala a su hija con un gesto cariñoso y cómplice– le está apoyando mucho para que siga en el mundo del arbitraje», manifiesta. La mayor de los Hidalgo Tovar, que pronto será abogada, fue la primera en recorrer el pellejo autonómico a bordo de un carrito. «Mi mujer siempre estuvo a mi lado», reitera mientras, inconsciente, rememora en la retina los momentos que han decorado su carrera. Una hoja de ruta de un currante que activa el despertador a las 7.00 para transportar a sus niñas al colegio y regentar un bar junto a su esposa.

«Los días de entrenamiento me levanto a las 7.00 y vuelvo a casa a las 0.00», confiesa con un gesto revelador. El del cansancio en los huesos. El de los kilómetros grabados en las ruedas de un coche repleto de sueños y el de las horas robadas a una familia de intuición femenina, un don que comparten la madre y Bárbara, Casilda y Pilar, las debilidades de un tipo que sueña despierto. «A veces me levanto por la noche pensando en el ascenso», confiesa. Un ADN ganador. Un gen heredado.


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