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Historia

Don Juan de Constantina, el nazi que España nunca extraditó a Bélgica

Historia de un viejo desencuentro hispanobelga, protagonizado por un fugado que vivió a cuerpo de rey en la Sierra Norte pese a estar condenado a muerte

07 nov 2017 / 08:24 h - Actualizado: 08 nov 2017 / 16:56 h.
  • Léon Degrelle (i), delante de su opulenta villa en La Carlina, junto a Constantina. / El Correo
    Léon Degrelle (i), delante de su opulenta villa en La Carlina, junto a Constantina. / El Correo
  • Degrelle, con un uniforme de la Legión Valonia, cuerpo de las SS nazistas / El Correo
    Degrelle, con un uniforme de la Legión Valonia, cuerpo de las SS nazistas / El Correo

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La puesta en libertad –vigilada, pero libertad– de Puigdemont y los cuatro exconsellers aferrados a Bélgica, no es, ni de lejos, el primer caso de relaciones complicadas –llamémoslo X– entre España y el citado país centroeuropeo. Conocidos, por recientes, y ahora además por compartir incluso el protagonismo del abogado Bekaert –a quien ha recurrido el expresident–, fueron los casos de los etarras que tanto en los noventa como en los primeros albores del siglo XXI se libraron de la extradición en su proceso con la justicia belga.

Sin embargo, la controversia del asilo y la no entrega de un fugitivo entre ambos países soberanos ya germinó hace más de siete décadas, en la convulsa Europa que legó la II Guerra Mundial, y que, para más inri, tuvo como escenario a la tranquila villa de Constantina. Esta es la historia de Don Juan de Carlina, el valón nazi Léon Degrelle que Madrid nunca devolvió a Bruselas.

La madrugada del 8 de mayo del 45 un avión de bandera alemana aterriza forzosamente en plena playa de La Concha, en San Sebastián. Milagrosamente, hay supervivientes: un general de las SS que huía de la inminente derrota nazi en la contienda bélica. Léon Degrelle (Bouillon, Valonia, Bélgica, 1906) es trasladado al Hospital Militar General Mola, en la capital guipuzcoana, donde pronto pasa a ser estrechamente vigilado por el cónsul estadounidense de la Bella Easo. No en vano, no se trataba de un común combatiente: llegaba a España nada menos que uno los mayores colaboracionistas de Hitler, fundador y líder del Partido Rexista belga –de corte fascista– y alto mando en la guerra.

Durante meses, Degrelle sana sus heridas en el hospital, con el marcaje férreo del incipiente régimen franquista, que empieza a protegerlo de la presión belga que reclama la extradición. Aún más cuando en diciembre del 45 se celebra en Bruselas un juicio al que no acude –in absentia– tras el que se le retira la nacionalidad y es condenado a muerte por la colaboración con la invasión nazi de su país natal. La insistencia de las autoridades belgas para lograr la extradición hizo que Franco ordenara su expulsión. Una simulación en toda regla, ya que Degrelle, bien relacionado con el sector más ultraderechista del régimen, huyó del hospital, en connivencia con El Pardo. No corrió la misma suerte otro fugitivo colaboracionista, el francés Laval, a quién el régimen sí extraditó a París y acabó ejecutado.

El caso es que Degrelle parece huir hacia Portugal en una suerte de evasión fingida, que pretende limpiar la imagen de España ante Europa, aunque finalmente deriva en una vida en clandestinidad en Madrid. De ahí pasó por Extremadura y Torremolinos, hasta que en los albores de los 50, y de nuevo impulsado por el sector duro del franquismo, aterriza en Constantina. El por entonces ministro de Trabajo, Girón de Velasco, se convierte en su protector, acogiéndolo en la finca de Majalimar, a unos kilómetros de este pueblo serrano de la provincia de Sevilla.

Degrelle consigue además, fruto de sus buenas relaciones con el fascismo, la nacionalidad española, y lo más importante, una nueva identidad: José León Ramírez Reina o Juan Sanchís. Ambas denominaciones llegan hasta nuestros días como alias del nazi valón. Nombres castizos para un enigmático personaje con fuerte acento francófono.

Asentado en Constantina, compra una portentosa finca junto al pueblo, La Carlina, donde levanta una pequeña fortaleza de opulencia y sosiego. Degrelle se convierte en Don Juan de la Carlina, y al unísono de gozar de un periodo de total tranquilidad y libertad de movimientos, gana ascendencias en un pueblo del que parece convertirse en benefactor. Bélgica sigue reclamando su extradición –lo hará durante 15 años desde 1945– mientras el ahora jerarca rural vive a cuerpo de rey en la deliciosa Sierra Norte de Sevilla.

Su apego con influyentes personalidades de la dictadura le abre un mundo de posibilidades. Si la Falange, con quienes tomó contacto en plena Guerra Civil, le proporciona protección física y legal al considerarle un estatus de adoración por su pasado hitleriano y su misticismo ultracatólico, nunca se conocieron los inductores de sus tejemanejes económicos. Sí se sabe que ejerció como constructor, y que se casó con una rica francesa. A buen seguro, el Don Juan de Constantina hubo de amasar grandes fortunas que le permitieron levantar una presuntuosa morada, dominada por un castillete –conocida en el pueblo por el Castillo Blanco– y primorosos jardines y terrazas.

Pero el dinero se acabó, o al menos, eso pareció ocurrir cuando en 1963 la Caja San Fernando embarga el palacete constantinero. Degrelle abandona el pueblo con dirección a Madrid, donde de nuevo el régimen le consigue un piso en la calle Goya. Tras dos décadas de tranquilidad, los intentos aperturistas del franquismo enturbian la vida del nazi, cuyos favorables Girón de Velasco y Serrano Suñer han perdido poder en la dictadura. Por contra, los nuevos burócratas parecen cercarlo, ordenando la búsqueda y captura, que de nuevo, con ayuda de las propias entrañas del franquismo, logra burlar: el búnker no falla.

De nuevo, y quién lo diría, y pese a las furias belgas que exigen reparación, es la democracia quien hace oídos sordos al clamor exterior. El nazi vive sus últimos días en Málaga, con su segunda esposa, disfrutando del clima, la lectura y la prédica de consignas reaccionarias. Escribe sus memorias y se convierte en un profundo negacionista del Holocausto y los crímenes de Hitler, a quien sigue venerando hasta la extenuación: «Cuando me concedió la Cruz de Hierro me dijo al oído que si hubiera tenido un hijo, le gustaría que fuera como yo», según presumía en su autobiografía. Murió en el 94, glosado por Blas Piñar y Le Pen, y vilipendiado por la prensa belga: «La muerte de un traidor», titularon los rotativos. En Constantina, sin embargo, dejó la impronta imborrable de un hombre extraño, «amable y cordial», pero que los miraba «por encima del hombro», según el testimonio de los vecinos recogidos en el documental que versa su vida, Don Juan de la Carlina. La cara oculta de Léon Degrelle.


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