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Historias heterodoxas de la Feria

El espíritu
del sevillano es hospitalario y alegre, sencillo, al que le gusta compartir y hacer amigos. Ese espíritu dobla su sentido cuando allá por el mes de abril crece, cerca del barrio de Los Remedios, una ciudad paralela capaz de contener a un millón de almas y que atiende al nombre de Feria de Abril

29 abr 2017 / 17:10 h - Actualizado: 29 abr 2017 / 21:38 h.
  • Historias heterodoxas de la Feria

En una ciudad tan dual como lo es Sevilla, en la que conviven la Sevilla más tradicionalista con la Triana más revolucionaría, el cainismo del que nos habló Machado en sus obras o la rivalidad Betis-Sevilla a la que muchos llaman eterna, no podía faltar una tercera ciudad paralela, una ciudad efímera para la que muchos se preparan durante todo un año y cuyo corto reinado en la Sevilla eterna se extiende sólo durante una semana... Es la ciudad cuyas luces deslumbran al visitante, la ciudad donde el gentío se convierte en familiaridad y como familiares se tratan a los desconocidos, es la ciudad donde el forastero se siente como en casa y donde destaca algo por encima de todo: la alegría.

El espíritu del sevillano es hospitalario y alegre, sencillo, al que le gusta compartir y hacer amigos. Ese espíritu dobla su sentido cuando allá por el mes de abril crece, cerca del barrio de Los Remedios, una ciudad paralela capaz de contener a un millón de almas y que atiende al nombre de Feria de Abril.

Historias de la Feria

Los orígenes de este festejo sevillano lo encontramos en un lejano y caluroso día 25 de Agosto de 1846. En torno a Sevilla habían crecido pequeños núcleos poblacionales que disponían de ferias de ganado las cuales eran visitados por agricultores de la ciudad donde compraban las reses necesarias para su labor en el campo, a fin de evitar este peregrinar del sevillano a las cercanías de la capital surge la idea de crear en la ciudad su propia feria ganadera y así los regidores Narciso Bonaplata, originario de tierras catalanas, y José María Ibarra, primer conde Ibarra, deciden elevar su propuesta al Cabildo Municipal. La propuesta y el documento fue apoyado por el alcalde de Sevilla que era el marqués de Montelirio. El documento pedía que se autorizara una feria anual durante los día 19, 20 y 21 de Abril. Aquella propuesta fue enviada a Madrid donde el diputado Fermín de la Puente y Apechea intermedió ante la reina Isabel II para que aprobara la misma y pese a la oposición de localidades cercanas, que ya disponían de ferias de gran raigambre popular, como Mairena del Alcor o Carmona, o personajes ilustres como el diputado Iribarren, la reina accedió a aquella petición en Marzo de 1847.

Hablamos de la primera ubicación de la feria, en su emplazamiento del Prado de San Sebastián, unos parajes abandonados, a los que nadie quería acercarse ya que en él se decía que lo «habitaba la muerte» quizás por ser este un lugar donde en otros tiempos se encontraban el cementerio del Prado de San Sebastián y el cementerio de los Pobres, en él se contaban historias de apariciones y aparecidos, además de ese evocador y lúgubre recuerdo del lugar había una nueva objeción.

El lugar, como se ha comentado en esta guía, era el habitual quemadero en la ciudad de la Santa Inquisición para todo aquel que era condenado a la hoguera por herejía o cualquier otro pecado contra la fe. Un lugar ciertamente que ponía los pelos de punta a todo aquel que lo visitaba.

Pese a todo ello la feria fue un éxito y pronto los ganaderos instalaron toldos para protegerse del sol, unos toldos de lona que serían los precursores de las casetas del Real de la Feria como hoy lo conocemos.

Aquel colorido y algarabía hizo que muchos nobles visitaran el lugar en sus carrozas y coches de caballo, era la atracción de la ciudad y pronto aquel germen sembrado para el crecimiento de la ciudad se iba a convertir en un brote de amistad, encuentro y disfrute. En la primera cita que aquella feria de recogieron 400.000 duros, que era una importante cantidad para una feria inaugural.

Aquella ciudad emergente no dejaba de crecer y de compartir espacio con el ganado, por ello en 1950 se separa el folklore del mercantilismo ganadero dando paso pues a una feria de ocio, de diversión y de recuerdos.

Mal recuerdo también el que nos trae a la memoria un 21 de Abril de 1964 cuando un pavoroso incendio prende sesenta y cuatro casetas del Real de la Feria, aquella tarde inexplicablemente el número de visitantes bajó y sólo hubo que lamentar un muerto y media docena de heridos pero para muchos, ese rincón privado, ese segundo hogar en la ciudad efímera de Sevilla, había quedado reducido a cenizas. La solidaridad sevillana hizo que compartieran espacio y amistad en otras caseta pero pudo haber resultado una feria mortalmente catastrófica.

El fantasma de la Feria

En la Feria encontramos una de esas historias de fantasmas de ese otro mundo inexplorado que entre los tantos otros que nos vamos a encontrar en esa misma Feria pero de carne y hueso pasaría casi desapercibida, sin embargo, resume tan a las claras el romanticismo de las apariciones espectrales victorianas que sería imposible pasarlo por alto o citarla en cualquier otro apartado de esta guía.

Nuestra historia de fantasmas, ¿o acaso una moderna leyenda?, nos cuenta que en la feria ya no se cabía debido a la afluencia de turistas y visitantes, todo ello sumado al festivalero espíritu sevillano, y así las cosas se decide trasladar su ubicación del tétrico enclave del Prado de San Sebastián al barrio de Los Remedios, era el año 1973. Las calles del Real de la Feria tomarían los nombres de ilustres toreros sevillanos y la noche sería adornada por miles de bombillas abrazadas a un farolillo que llenaría de luz y color las calles de amarillo albero del recinto. En ella se han vivido todo tipo de anécdotas, historias, pasiones y andanzas. Una de ellas nos ubica en la década de los 90, en los albores del siglo XX Sevilla seguía su feria, y en ella un vigilante de seguridad de la calle Ignacio Sánchez Mejías, llegadas altas horas de la madrugada, se dispuso a echar los toldos de la caseta. En el interior no quedaba nadie, nadie salvo él. Serían las cinco de la mañana del primer día oficial de feria cuando en el interior de la misma irrumpe un individuo ataviado con traje corto y sombrero cordobés, en su chaquetilla azabache destacaba un clavel rojo sangre y con andar firme, sereno y poco dubitativo entró hasta la barra del bar, allí, cogió una botella de vino fino –el hecho ya era chocante para nuestro vigilante de seguridad pero que no se decantara por la emergente manzanilla–, fue un detalle que no le pasó inadvertido. Aquella persona, elegante pero a la vez desarbolada, se sirvió esa copa, le dio un sorbo y dejando media medida de aquel oro líquido de otras épocas abandonó el local. Nuestro vigilante creía que se debía tratar de algún socio de la caseta o alguna persona con cierta familiaridad, sobre todo por la forma de comportarse, y no le concedió mayor importancia.

La feria seguía su curso y al cerrar la caseta a la noche siguiente, sobre las cinco de la mañana hizo irrupción en el interior de la misma aquel mismo personaje... Volvió a repetir la misma actuación y se marchó... La situación comenzó a molestar al vigilante cuando comprobó que la lazada del toldo estaba tal y como él la había dejado al cerrar la caseta, era como si aquel individuo entrara subiendo el toldo o atravesándolo. Como en Sevilla se dice, mosqueao por tanta permisividad que estaba teniendo él mismo con aquel perfecto extraño la tercera noche se dispuso a hablar con aquel bebedor a deshoras de la caseta y aquella tercera noche revisó todo para saber cómo entraba y por donde se iba. Al filo de las cinco de la mañana, aquel personaje de corto y clavel reventón entraba en la caseta y se despachaba una copa de luminoso fino. El vigilante le espetó: «¿No ha tenido usted noche para beber hombre de Dios? Hay que ver que todas las noches me asusta usted». Aquella persona lo miró de reojo y no articuló palabra. El vigilante enfadado le recriminó: «¿No va a decir nada? ¡Lo que faltaba! A ver, ¿quién es usted?» Y el sombrío personaje giro su cuerpo apoyado sobre sus talones para decirle: «Me llamo (omitimos el nombre) y tengo más derecho que nadie a estar aquí y tomarme esta copa a solas y como quiera, sepa que soy socio fundador de la caseta y que no encuentro nada malo en rencontrarme con el sabor de esta copa pese a las horas o al tiempo». Fue tal la contundencia en su respuesta que el vigilante poco menos que se disculpó y lo dejó sólo en la barra. En la puerta, viendo como la noche se cerraba en el Real y la feria daba paso al descanso de pocas horas para volver a resurgir al despuntar al alba, echó en falta la salida del locuaz bebedor, entró hasta la barra y no había ni rastro de aquel personaje, solo una botella de fino y una copa a medio llenar sobre la barra. «Habrá salido sin darme cuenta», pensó el sorprendido vigilante.

Al día siguiente decidió, en la tarde, comentarle el suceso al jefe del bar, el cual le comentó que él no sabía quién era ya que él sólo llevaba la barra que la tenía contratada en la caseta. Sin embargo la oportuna presencia del presidente en la misma le hizo comentarle el suceso. Éste quedó sorprendido por la desfachatez de la gente y le preguntó: «¿Y sabes cómo se llama?» «Sí», respondió el vigilante mientras le decía el nombre de aquel personaje, la situación cambió cuando la cara alegre y sonrosada del presidente se volvió lívida y debió buscar una silla para sentarse: «No puede ser, no puede ser, ¿estás seguro? ¿No será una broma? No puede ser». Asustado un poco nuestro vigilante insistió en las razones para tal reacción y aquel cariacontecido señor sacó de la cartera una foto de feria, en ella había tres personas, tres amigos, tres feriantes, de todos ellos destacaba el de la derecha, el único que estaba ataviado de corto, con chaqueta negra azabache y clavel reventón rojo en la solapa, con sombrero cordobés sobre una cabeza en la que se deducían amplias entradas y algún diente de menos que aquella sonrisa bonachona le dedicaba a la cámara que inmortalizaba aquel momento. «¿Lo reconoces en esta foto? ¿Está aquí?» le preguntaba mientras sostenía en sus manos aquella añeja fotografía. «Sí, claro, es este señor del lado, vaya, veo que lo conoce, discúlpeme, creí que era un gorrón pero veo que lo que me contó era cierto... Es que su cara no me sonaba», espetaba el guardia de seguridad tratándose de disculpar sin morder la mano que abonaba su estar en la caseta. El presidente le dijo: «Muchacho, debes saber algo... Creo lo que me dices, se que eres honrado y no mientes, pero esta persona es imposible que venga a la feria o a cualquier otro sitio porque esta persona murió hace cuatro años en un accidente cuando regresaba de la feria, esta foto es de las últimas que se hizo...» Aquello dejó un ambiente de intranquilidad y ciertos nervios... Si aquella persona había fallecido aquel individuo desarbolado que entraba por las noches debía ser una aparición de un espíritu inquieto al que le quedó algo por hacer...

Aquella noche presidente y vigilante esperaron al pertinaz y familiar bebedor, pero aquella noche no apareció, habían pasado ya las cinco de la mañana y no lo habían visto. Decidieron entrar dentro de la caseta y en la barra del bar, sobre el mostrador, había algo que les inquietó y llenó de asombro, sobre él destacaba una solitaria botella de fino y una copa a medio llenar o a medio beber... a su lado un marchito clavel reventón rojo... Mudo recuerdo de una visita a deshoras y de una despedida definitiva.

Curiosidades de la Feria

Si pasea por el Real de la Feria debe saber que esa misma feria, ese mismo albero, fue visitado por la reina Isabel II (1877, 1883 y 1884), Alfonso XII y doña Victoria Eugenia (1916,1928 y 1930), los actuales reyes de España Juan Carlos I y doña Sofía (1968) , los hermanos Álvarez Quintero, el general y dictador Francisco Franco y su esposa (1953, 1956,1961 y 1967), los príncipes de Mónaco Rainiero y Grace Kelly (1966), la viuda de John F. Kennedy, Jacqueline Kennedy (1966), el escritor norteamericano Ernest Hemingway o la actriz Ava Gardner, entre otras muchas personalidades mundiales atraídas por el colorido sin igual de nuestra feria, nombrarlas todas sería una labor faraónica. Una feria que también vivió momentos amargos como su no celebración como elemento de festejo entre 1937 y 1939 debido a la, fratricida y siempre vívida en el recuerdo, Guerra Civil, momentos que nadie quisiera jamás volver a vivir.

Pase bajo su arco donde miles de bombillas le dan la bienvenida y cada año conmemora un motivo diferente, deguste el típico pescaito acompañándolo de una copa de manzanilla de Sanlúcar de Barrameda o de ese invento tan agradable al paladar del rebujito... con su hierbabuena, sin olvidarse de jamón ibérico de Jabugo de la cercana y hermana provincia de Huelva. Oirá de fondo nuestro baile más universal: la sevillana. Y no deje de admirar la belleza, sensualidad y capacidad de seducción de las sevillanas vestidas de gitana ricamente adornadas de pulseras, collares o pendientes a juego con su traje o con un finísimo mantón de manila, ellas siempre tan presumidas. Su mirada cautivadora, mágica, embriagadora le puede hacer olvidarse que está en la feria de Sevilla para subir al más alto de los Olimpos y disfrutar de ese momento con esa diosa.

La Feria tiene toque de queda y lo marcan cuando las manecillas del reloj llegan a la tres, como si de Cenicienta en su cuento se tratara al llegar esa hora las luces se apagan... esos noventa grados malditos para unos y benditos para otros... Las tres de la mañana aunque la fiesta siga...

Abandonaremos la Feria no sin antes echar la vista atrás y ver como un destellear infinito de luces multicolores destaca sobre el dormido aljarafe sevillano. Es la calle del infierno, menudo nombre cargado de simbolismos...

La Feria tiene otros curiosos datos... Su emplazamiento actual hemos de enmarcarlo dentro de lo que antaño era el lugar donde se ajusticiaban a los reos condenados a muerte o los herejes de la Inquisición, y es que –como ocurría con el Prado de Sebastián– donde hemos tenido un quemadero hemos tenido, o tenemos, una Feria... Cosas de Sevilla. Igualmente es curioso buscar un fantasma en la Feria, del mundo espectral, cuando lo que abunda en la Feria son los fantasmas y las fantasmadas, dicho esto de forma jocosa y con la fina ironía sevillana.

Y si ha agotado la vida de la feria encandilado por sus encantos no olvide el Domingo de Feria, sobre las doce de la noche, mirar al siempre esperanzador cielo sevillano arder en vivos colores y formas que provocan unos fuegos artificiales que anuncian que quedan 365 días para volver a vivir en la ciudad efímera de la Feria... Y si observa bien podrá ver la cara sonriente de un aparecido que no quería abandonar esta vida sin antes haber degustado, por última vez, el siempre cálido sabor de una copa de fino, todo es posible cuando de Sevilla se habla.


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