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La aventura del misterio

La Sábana Santa

Y habiendo comprado una sábana, descolgándolo, lo envolvió en la sábana y lo depositó en un sepulcro que había sido excavado en la peña...” (Marcos 15, 46)

07 abr 2019 / 08:00 h - Actualizado: 07 abr 2019 / 08:00 h.
  • La Sábana Santa

Son muchas las reliquias que se veneran en el mundo y muy pocas las auténticas. En un lejano pasado, y hasta en nuestra actualidad, eran elementos codiciados porque tenían el poder ‘directo’ de Dios y ello motivaba aún más el poseerlas. Pero las reliquias, realmente, lo que tenían era un doble objeto: por un lado el de evangelizar zonas que resultaban especialmente atractivas para la Iglesia y altos cargos eclesiásticos, por otro lado, y en torno a ellas, se generaba una magnífica concentración de personas que podían dar origen a una increíble población que culminaba con la creación de aldeas, pueblos y ciudades.

En función de la importancia histórica de la reliquia a venerar se aumentaba el poder de atracción de la misma erigiendo una ermita, una capilla, una iglesia y, llegado el caso, una catedral, evidentemente en el grado máximo de expresión fervorosa.

Reliquias siempre han existido desde los primeros tiempos de los cristianos, tiempos en los que eran perseguidos y hasta sacrificados. Muchos de aquellos primeros mártires murieron tras enormes suplicios de muy diferentes formas, desde la arena de los circos ‘luchando’ contra fieras y gladiadores hasta la crucifixión al modo que lo hizo Jesús de Nazaret hacia el primer tercio del siglo I.

De los restos y despojos de aquellos quedaron ‘piezas’ que se guardaron celosamente, se escondieron y eran, con el paso del tiempo, presentadas como el recuerdo de aquella personalidad ilustre que les llevó por el camino de la fe. Restos como trozos de huesos de manos, dedos, costillas... Y dependiendo del santo podían llegar a tener un efecto milagroso sobre la persona, sobre el devoto, efectos sanadores en virtud de los cuales la persona se curaba de sus males. Debido a ello gozaron de una enorme popularidad pero también fueron muchas las piezas que se presentaron como auténticas y, realmente, jamás se supo –en el pasado- si habían pertenecido al santo en cuestión o no, era sólo fe. Todo ello hasta que la Ciencia evolucionó y trató de poner cordura allá donde sólo existía fervor, trató de poner orden donde sólo existía un ordenado caos piadoso, y comenzaron a llegar las sorpresas...

Reliquias como los lignum crucis se cuentan por decenas en el mundo, de todas se dice que son auténticas pero, si las reuniéramos juntas, nos daríamos cuenta de que las supuestas esquirlas de madera de la cruz de Cristo darían casi para formar un pequeño bosque. ¿Y qué decir de los huesos de los santos? Se pueden contar, igualmente, por decenas y podríamos encontrar casos tan increíbles como los sesenta dedos de San Juan o las dos cabezas de éste; así las cosas, algo falla en todo lo que tiene que ver con las reliquias y muchas son las que hay repartidas por el mundo y muy pocas las reales, las verdaderas.

De entre las que llaman más la atención del devoto o del curioso están, si dudas, aquellas que estuvieron en contacto directo con Jesús de Nazaret, con su cuerpo. En la mayoría de casos son piezas de tela que le sirvieron, supuestamente, de túnica o, por el contrario, fueron utilizadas para amortajar su maltrecho cuerpo una vez acometido el descenso de la cruz tras un tremendo calvario en el monte Gólgota.

Las más valoradas en la actualidad, que no las únicas, son la Sábana Santa de Turín –o Síndone- y el Sudario de Oviedo –o Pañolón-, aunque habría otras muchas a las que se les atribuye un origen divino y que podrían figurar entre las más preciadas. No obstante nos centraremos en la primera de ellas, de una forma aséptica y libre de prejuicios, sin convencionalismos previos y haciendo que lo farragoso que pueda ser un tema científico se transforme en algo sencillo de entender, básico e interesante. Es el enigma de la Sábana Santa al que nos vamos a acercar, su historia, su misterio y las sorpresas que en su largo peregrinar ha deparado al ser humano que, con buen criterio, se ha acercado a saber un poco más de ella.

¿Dónde está?

Para contemplar la Sábana Santa debemos viajar, inexcusablemente, a la Catedral de San Juan Bautista o llamada también como ‘Il Duomo di Torino’, qué no es desconocida en la ciudad – imposible – y no pasa desapercibida al visitante, al viajero. Es de una extraordinaria belleza y en su interior se halla la capilla que alberga a la ‘reliquia’.

Se encuentra en la Via XX Settembre, 87 (Piazza S. Giovanni) y deslumbra por su grandiosidad, que sin dudas confiere un lustroso revestimiento de mármol blanco y una esbelta torre muy del gusto en toda la zona del norte de Italia. ‘Il Duomo’ fue construido por el toscano arquitecto Meo del Caprino hacia finales del siglo XV, pero el espacio que ocupa y alberga a la Síndone –a lo largo de esta obra me referiré al lienzo por este término también- es obra de Guarino Guarini, edificada anexa entre los años 1668 y 1694 una vez que se determina que debía permanecer en la ciudad turinesa.

La catedral está levantada en honor de San Juan Bautista y es todo un ejemplo del Renacimiento italiano. De toda la riqueza arquitectónica que tiene, habría que destacar los relieves de sus tres portales, quizás como una vieja ensoñación hacia las tres iglesias que se erigían en aquel mismo lugar y que tenían tres claras advocaciones: San Juan Bautista, Santa María de Dompno y San Salvador.

La catedral tiene más capillas en su estructura pero la principal, la que llama poderosamente la atención por la pieza que contiene, es la que se encuentra junto al presbítero, para los amantes de la arquitectura basta decir que si quieren ver una cúpula curiosa no pierdan detalle de la que posee éste templo.

Dentro de la capilla de Guarini encontramos la Sábana Santa y se preguntarán: ¿Qué tiene de especial? Principalmente que se le atribuye haber sido la mortaja, el lienzo funerario, que envolvió a Cristo, con toda su trascendencia y repercusión. Es la ‘Reliquia entre las reliquias’, la que podría completar en sentido religioso para unos o el mudo e imperecedero testimonio para otros dentro de la fe, la que podría verificar la existencia de un ser excepcional o confirmar que alguien, hace casi dos milenios, sufrió una tortura idéntica a la que vivió Jesús de Nazaret.

Pero no crean que ver la Sábana Santa es sencillo. Durante su ostensión, en unas fechas concretas, se muestra al público, mientras permanece oculta en un relicario especial a prueba de elementos destructivos tales como terremotos e incendios. El último –que no el único- el que sufrió en la noche del 12 de abril de 1997.

Aunque la ostensión más trascendente en la Historia del lienzo sería la que se efectúa en 1898... Ya descubrirá la razón.

La Síndone o Sábana Santa

Una vez en Turín, en época de poder ver la Sábana Santa, accedemos a ‘Il Duomo’. Todo el ambiente presagia que nos encontramos ante uno de esos momentos inolvidables en los que vamos a poder estar cerca de un objeto que es parte de la Historia por su historia y por su presunta historia. Esto, que parece una dualidad imposible, es una clara referencia a los argumentos a favor y en contra que hay con respecto al lienzo.

Cuando se llega al lugar donde está la ostensión de la Sábana Santa, lo primero que destaca es la luz tenue, casi mortecina, que envuelve a todo. Al final, de forma solemne destaca un lienzo, un lienzo amarillento en el que, de cerca, a duras penas podemos distinguir la marca, la impronta de la tela, pero en el que, a medida que nos alejamos del mismo y adaptamos nuestra vista a la luz en relación al Sudario, podemos ir percibiendo lo que parece una imagen a lo largo de la misma, una imagen en dos partes, de un tono ocre, destacando levemente. Parece mostrar lo que es el cuerpo de una persona, en su imagen frontal y dorsal, con las manos cubriendo las partes más íntimas, de una notable estatura y complexión fuerte. Cabeza centrada y marcas, muchas marcas que hacen que perdamos la atención del principal foco de atención que tiene la ‘reliquia’: el cuerpo.

Y es que el lienzo debió ser, en un pasado muy lejano, de un blanco casi virginal, pulcro; una pieza de lino completa que, con el paso del tiempo ha ido viendo como sus fibras envejecían y quedaban de un color más añejo. Un estudio realizado por Gilbert Raes, especialista en temas textiles de la Universidad de Gante, en el año 1973, afirmaba que también tenía algunas fibras de Herbaceum, un tipo de algodón. Igualmente hay otras marcas triangulares que observamos con gran claridad y que se disponen a ambos lados del cuerpo del crucificado, marcas casi idénticas, simétricas diría yo y que parecen haber sido provocadas por un incendio o similar. Es lo que más nos llama la atención, pero ante lo que los devotos clavan sus rodillas y se ven lágrimas de emoción, sentimientos a flor de piel y desconsuelo es la imagen central que domina todo el lienzo.

Si se detiene a preguntar a los visitantes, de todo tipo de nacionalidades, no van a dudar –la mayoría de ellos- en afirmar que es “el Cuerpo de nuestro Señor Jesucristo”, en momentos de devoción que casi no tienen parangón en Europa, de modo que para encontrar algo similar tendríamos que viajar a México, al Cerro del Tepeyac, para establecer paralelismos devocionales con aquellos que profesan la misma veneración ante la tilma guadalupana, ante la tilma o ayate de la Virgen de Guadalupe.

En un gesto de objetividad se trata que todo ese fervor no mediatice las observaciones de un periodista que trata ser imparcial, pero es imposible abstraerse a ese momento mágico en el que se contempla la Sábana Santa y a tu alrededor, pese a haber numerosos grupos de personas que tratan de ver el lienzo o que siguen a un guía que les trata de orientar por los muchos secretos que debe guardar la misma, se hace el silencio. El tiempo en ese momento se detiene... se contiene el aliento, de degusta cada segundo que se pasa ante el Sudario, cada milímetro de tela que recorre la vista. Se piensa que, efectivamente, aquel cuerpo parece representar la misma Pasión de Jesucristo en la cruz y una serie de preguntas te asaltan: “¿Será realmente él?¿Qué posibilidades hay que un lienzo del siglo I haya sobrevivido hasta nuestros días?¿Cuál es la razón que la Sábana Santa haya estado rodeada de tanta polémica casi desde que se tiene conocimiento de su llegada a Europa?¿Qué implica que sea el cuerpo de Cristo el que contuviera ese preciso trozo de tela y que implicaría lo contrario?”. Y casi sin respuestas pasa el tiempo y al salir a la plaza, de nuevo, los ojos vuelven a ver la luz del sol, pero un sentimiento interno de inquietud y congoja te invade, “algo” por unos momentos te ha poseído y ha sembrado una duda sobre la que se necesita indagar, saber, conocer... Algo ha “despertado” en el interior de la persona por saber si realmente fue la mortaja de Jesús de Nazaret o si, por el contrario, es sólo una falsa reliquia más.


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