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Los fantasmas de la ‘Casa de los secretos’

En pleno centro de Sevilla, muy cerca del entorno de la Alameda de Hércules y la calle Calatrava se alza un edificio en el que se están produciendo misteriosos fenómenos.

19 nov 2016 / 21:50 h - Actualizado: 19 nov 2016 / 21:54 h.
  • Los fantasmas de la ‘Casa de los secretos’

En pleno centro de Sevilla, muy cerca del entorno de la Alameda de Hércules y la calle Calatrava se alza un edificio en el que se están produciendo misteriosos fenómenos. Hechos que desafían la lógica y hacen que sus inquilinos hayan contemplado su realidad diaria con inquietud.

La investigación comienza de la forma más casual: durante el transcurso de una ruta misteriosa por Sevilla, la Sevilla Paranormal, al finalizar el recorrido, un matrimonio con su hijo quiso compartir su problema con alguien que «supiera de estos temas». Así me hicieron partícipe de lo que les sucedía. Manuel Ortega junto a su esposa, Carmen Romero, me explicaba: «Hace unos meses sufrimos la muerte de un familiar. Vivía en casa con nosotros, al cabo de poco tiempo, tal vez unas semanas, comenzaron a pasar cosas extrañas en casa. No le quisimos hacer demasiado caso pero la verdad es que eran cada vez más incesantes y claras». Carmen indicó: «Yo tenía una mala relación con esta persona, la verdad, y tampoco es que con el resto de la familia se llevara demasiado bien. ¿Podríais venir a investigar? Igual son imaginaciones, pero hemos visto como trabajáis y nos fiamos de vosotros y de vuestros aparatos antes que de espiritistas y demás».

Llegó el día en el que fuimos a aquella casa, imponente, en un lugar con mucha historia, donde Sevilla vivió la transformación de la laguna de las Cañaverías en un famoso paseo que asombró a Europa y por el que pasearon personajes como los reyes de España o el marqués de Esquilache.

Al entrar por primera vez en la casa, notamos a la familia preocupada. Nos explicaron cómo se había acometido unas obras de remodelación de una de las plantas y desde entonces había problemas con la presencia espectral. Manuel comentaba: «Yo en estas cosas nunca he creído, me las tomaba un poco a broma, viéndolas de lejos. Pero cuando comenzaron los ruidos en el piso de abajo sí me comencé a preguntar la razón de los mismos. Incluso al entrar en la casa, en el patio, hemos tenido la sensación de sentir cómo nos vigilaban o cómo una presencia podía estar en la ventana mirando al patio. Como hacía esta persona».

No quisimos, en aquella primera jornada de investigación, saber más datos personales o de su relación con la persona fallecida. Preferimos saber lo mínimo para que nuestros aparatos pudieran reconstruir una historia que fuera acertada. Lo primero que nos llamó la atención es que el piso estaba vacío, despojado de muebles y en el interior del dormitorio aún estaba la lata, o urna, con las cenizas del difunto. Allí centramos una de las pruebas. Para esta primera toma de contacto se realizaron barridos fotográficos, infrarrojos, grabación térmica, pruebas de infrasonidos y ultrasonidos, psicofonías y Spirit Box. Pero fue con ésta última con la que obtuvimos mejores resultados. En una sesión con mis compañeras Ana Garrido y Sara Vargas comenzamos a preguntar a aquello que habitaba allí y cuya presencia parecía ser una certeza. Con el sonido de portadora, siempre incómodo, de éste aparato, comenzaron a salir nombres. Nos dejaron la sensación que deseaban comunicarse con nosotros o con la familia. Concretamente «Paco» y «Jorge», además un fenómeno se dio que nos sorprendió más: Sara encontró una moneda de euro entre ella y mi persona, apenas unos minutos antes no había nada en el suelo. Sara me dijo: «José, se te ha caído un euro, mío no es» y mi respuesta fue rápida: «Mío tampoco, seguro, no traigo dinero suelto».

Con todo ello fuimos a la familia y sucedió algo singular. Les dijimos los nombres que habían salido, claros, en la Spirit Box y el euro hallado (por si era de ellos) y Carmen respondió, con mirada de complicidad a su marido: «Imposible. El piso se ha limpiado esta mañana con agua y amoniaco y en el suelo no había nada. Pero es curioso... Paco es alguien relacionado con la familia de Manuel y Jorge es su hijo que venía a pedir su «eurito» a la persona fallecida». Aquello era un aporte en toda regla y los nombres eran acertados estando en rigurosa relación con la familia cuyo primer resultado les dejó sorprendidos.

Seguimos la investigación en diferentes visitas. En el salón comprobamos cómo en uno de los barridos fotográficos surgía una especie de luz en un punto determinado. La familia, al ver la luminiscencia en aquel lugar nos indicó que «sí, tiene mucha relación. Aquí estaba el sillón donde la persona fallecida pasaba largas horas viendo la televisión, justo en ese lugar».

Ana Garrido, compañera investigadora, recordaba: «El piso, ordenado alrededor del patio y ya sin muebles en espera de una obra inminente, ofrecía una atmósfera aún más tensa que la entrada de la casa. De pronto, el aire se había convertido en un muro, invisible y casi infranqueable. Entrar en el salón me supuso un gran esfuerzo, como si algo no quisiera que estuviésemos allí. Comencé a sentirme muy cansada y, mientras íbamos recorriendo las distintas estancias, notaba cómo, poco a poco, iba quedándome sin fuerzas para continuar. Lo que fuera que habitaba aquellos muros no nos quería allí. Molestábamos y mucho». Se sucedieron varias sesiones de Spirit Box en las que el fondo era un constante «vete», repetido incansablemente. «La última sesión decidimos realizarla en el que fuera dormitorio, tratando de obviar la presencia de una urna funeraria metálica en uno de los rincones», y sorprendida indica: «Una sombra extraña comenzó a aparecer sobre una de las esquinas superiores de la estancia junto a la silueta de José Manuel, que se proyectaba debido a los leds de los aparatos. En un momento dado, recibió una patada invisible en la espalda al pedir nosotros que lo que fuera que había allí se manifestase. Dimos por finalizada la sesión para, al encender las luces, hallar un euro sobre el suelo, sorprendente porque ninguno de nosotros llevaba dinero encima y cuando nos habíamos sentado no estaba allí».

Seguíamos haciendo pruebas y una tuvo especial significación. Se captó con cámara térmica y, en un punto identificado con la cocina, daba un resultado anómalo surgiendo del interior de una caja fuerte. Extrañados, pues el valor debe ser frío, preguntamos al propietario, y su respuesta nos dejó desconcertados: «Sí, es extraño, pero en esa caja fuerte hay algo que pertenece al secreto familiar y no se debe saber». La parte positiva es que las pruebas iban acumulándose indicando que el camino de la investigación era correcto, por otro lado las piezas del puzzle iban encajando, pero la falta de información hacía que no pudiéramos hacer una conjetura con certeza.

Otro hecho fue particularmente llamativo. La Spirit Box, en nuevas sesiones, se mostró grosera, maleducada, con términos como puta, bruja o guarra. El hecho nos incomodaba, máxime con la familia presente. «No os preocupéis», dijo Carmen: «La persona fallecida tenía una mala relación con nosotros, solía asomarse a la ventana que da al patio a gritar esos mismos improperios, era realmente escandaloso; no decía más que palabrotas. Es curioso que salga eso mismo en ese aparato».

La investigación seguía su curso. El ascensor sería importante. Subía y bajaba solo, pero es un ascensor sin memoria que para accionarlo se debe introducir una llave de orden. Sin embargo, parecía tener vida propia y subir a la primera planta, en la que se suceden los hechos inexplicables. En una comprobación pudimos verificar su correcto funcionamiento: sin llaves no hay orden de subida. Pero nos volvería a sorprender días después.

La segunda zona activa del edificio quedó marcada en las escaleras de acceso a planta. En el descansillo, un cuadro de una Virgen sevillana, en torno al cual los valores de campos electromagnéticos se disparaban, valores cuatro veces superiores a lo normal y con resultados psicofónicos particulares: como si hubiese niños a su alrededor. En esa misma escalera pasó algo que pudo haberle costado la vida a quien esto les narra. Comenzaron a sonar golpes en la zona de la escalera, como si alguien subiera o bajara. El resto del equipo estaba realizando pruebas en el salón. Aquel día no debíamos estar allí, pero la familia solicitó nuestra presencia pues justo la noche antes un cuadro de la habitación de uno de los hijos había caído, un cuadro con las insignias de las hermandades de la Semana Santa sevillana. Los escudos habían sido arrancados en su mayoría y los letreros, despegados fuertemente, con violencia, destrozados por una fuerza invisible... Aquel acto era imposible: el cuadro estaba firmemente sujeto a la pared. Además, Manuel pudo ver en otras noches una especie de sombra rondando el pasillo del piso superior, hecho que lo llenó de inquietud.

En la escalera, desde el rellano superior, no había nada. Cámara en mano se realizó una imagen. Al comenzar a bajar noté cómo algo me agarraba el tobillo con fuerza y me empujaba hacía abajo... Medio aturdido vi cómo mis compañeros y la familia estaba en torno a mí, me decían: «No te muevas, ha sido una caída muy mala». Expliqué lo sucedido, tenía marcas en el tobillo y dos costillas con microrroturas.

Ese día, otro revelador dato iba a surgir. Una máquina, la Ovilus III, iba dando palabras, algunas sin relación y otras tan acertadas como «Palmar». En torno al cuadro en el rellano de la escalera del accidente había surgido esa justa palabra y las miradas fueron de total sorpresa: «Claro que sí, ese cuadro tiene una historia que lo relaciona directamente con el Palmar de Troya, pero es una historia que debe permanecer en el secreto»... Dimos, de nuevo, con el silencio, hechos que deben permanecer de esa forma en el tiempo, silencio que respetamos pues hay confidencias que jamás deben salir a la luz.

Esa misma noche se sintieron ruidos en la casa, en la planta baja. Al inspeccionar a la mañana siguiente, encontraron los soldaditos de plomo y un nazareno de Manuel mirando a la pared: «Como me los ponía cuando se enfadaba conmigo en vida, como si hubiera estado aquí y me hubiera querido castigar». Cada vez teníamos más claro que en aquel piso habita una presencia cuya vida fue de tremenda animadversión hacia su familia y cuyo odio se ha trasladado, más allá de la muerte, hacía ellos. Ese odio parece estar latente en todos los hechos inexplicables que se suceden: los mismos insultos, los mismos porrazos rítmicos como si llevara un andador, el incorrecto funcionamiento del ascensor, la extraña silueta –o sombra– que pasea por el piso y la relación que pudiera guardar con la caja fuerte. Independiente todo ello del cuadro, que podríamos tildar de maldito merced a su historia.

Tuvimos el honor de investigar junto a los compañeros Lorenzo Fernández Bueno –director de la revista Enigmas–, Juan José Revenga, Francisco Contreras y Laura Falcó. En aquella jornada de investigación nuevos datos se amontonaron que ratificaban lo investigado: insultos en la habitación de la persona fallecida, sensaciones extrañas al tocar el cuadro de la escalera, valores desproporcionados, fotografías extrañas, tremendo impacto en la habitación-cocina donde permanece la caja fuerte y cuyos fogonazos indicaban a ese secreto y con otras imágenes que pudieran tener o no relación como «niños, tal vez un feto» comentaba Laura, impresionada junto a Sara Vargas Guridi y Ana Garrido, que afirmaba: «Al tocar Laura la caja comenzó a temblar como una hoja. Descubrió el secreto de la familia y aquello le supuso una gran inversión de energía. La misma idea se nos había pasado a Sara y a mí por la cabeza, pero no habíamos sabido escuchar, supongo que aún nos queda mucho que aprender...».

Impresionado, el investigador de raza Francisco Contreras pretendía hacer una prueba de aislamiento, pero no fue necesaria: el ascensor comenzó a funcionar solo; Antonio Cabral acompañaba a Francisco Contreras no saliendo de su asombro. Manuel Ortega, en el piso inferior les decía: «Sin la llave es imposible», pero lo imposible se había hecho posible.

Quedaban más sorpresas: Lorenzo Fernández Bueno me grababa una entrevista en vídeo sobre el incidente que terminó con mis costillas maltrechas cuando se comenzaron a ver unas especies de iluminaciones extrañas en la zona de la cocina, de la caja fuerte. Creyó que se trataba de Francisco Contreras haciendo fotos y, al ir a mirar, estábamos solos en esa ala de la planta sin nadie que pudiera ocasionar esas iluminaciones.

Sara Vargas, sobre la investigación conjunta, relataba: «Volvimos a ir una semana más tarde, acompañados por Laura Falcó, Lorenzo Fernández Bueno, Fran Contreras y Juan José Revenga. La casa parecía que nos estaba esperando, todos los sensores disparados en la zona del cuadro y de la caja fuerte, un ascensor que funcionaba con llave empezó a subir y bajar con Antonio y Fran dentro sin que nadie accionara el mecanismo, en la zona de la cocina aparecieron unas luces y la Rem Pod se activaba en la escalera. En todas las fotos que se hicieron al cuadro de la Virgen salían distintos haces de luces y la cara de la imagen desfigurada. Era sorprendente. En esta ocasión por la Spirit también nos apareció una voz masculina, relacionado con la familia... Nos dijo que estaba conteniendo a la manifestación más violente para que no siguiera haciendo más daño a la familia. Otra voz seguía profiriendo su serie de insultos».

Aquella noche resultó muy destacada. Llegamos todos a la conclusión de que en aquel lugar se materializa lo imposible, el espectro de aquel que falleciera y cuya rabia aún se manifiesta en forma de acciones y golpes inexplicables, que pudiera estar relacionado también con determinados secretos que guarda la familia y que en ella deben quedar, porque van más allá de la propia investigación. Tal vez sea una de las claves de este apasionante caso, los secretos que son «asuntos pendientes»...

Pero la casa me iba a guardar una sorpresa: en la última visita y con la Spirit Box en la mano, iba indicando a Sara Vargas una dirección. Cuando llegué a la altura de las escaleras, dijo reiteradamente que subiera, quería ir hacia el domicilio del matrimonio... Pero no se subió. Sara nos indica: «Se lo comuniqué a mis compañeros y todos llegamos a la misma conclusión, necesitaba una vía de transporte que le abriera la puerta de una casa que no le pertenecía y lo había intentado conmigo». El último incidente lo añade una vecina que vio cómo de una de las ventanas del piso que habitaba esta persona se asomaba esta misma, meses después de su muerte..., como hacía en vida.

En la Casa de los Secretos habita algo que no es de este mundo. Se le ha dado el sosiego que necesita, la posibilidad de una comunicación y sólo el tiempo dirá si la convivencia será pacífica o volverán a surgir los oscuros fantasmas de un lugar tan asombroso como encantado.


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