sábado, 17 agosto 2019
11:14
, última actualización
La aventura del misterio

Miedo por el fantasma de Isabel

¿Podemos crear un espíritu que se manifieste? Contamos el caso de José Antonio. Vivía en Dos Hermanas y «fabricó» un recuerdo que...

27 ene 2019 / 07:30 h - Actualizado: 27 ene 2019 / 07:30 h.
  • Miedo por el fantasma de Isabel

¿Podemos crear un espíritu que se manifieste? En colaboración con mi compañero Jesús García, imagino que a muchos de los lectores le llamará la atención esta pregunta por razones bien distintas. Para unos, la creación de un supuesto ente energético que no responda a los patrones físicos reguladores de nuestra existencia dentro de este plano se le antojará sumamente difícil, pero teniendo en cuenta la obra que tiene en sus manos, correspondiente a sus gustos, aficiones o inquietudes, una posibilidad más.

Para otros, conocedores de las maravillas del ser humano en cuanto a su vertiente energética, los cuales se zambullen frecuentemente en textos que hablan de la trascendentalidad del espíritu contenido en este envase físico, nuestro cuerpo, les parecerá que esta posibilidad es posible. De todas formas, y a modo de introducción, no estaría de más hablar sobre los tulpas.

Para el budismo tibetano, y más concretamente, para los yoguis de esta zona, la creación de un tulpa responde a una fase del aprendizaje dentro de esta corriente mística, y respondería a una construcción de una entidad energética hasta su proyección hacia el exterior. O sea, la “fabricación” de un fantasma o espíritu, el cual tendría cierta voluntad y, en algunos casos, cierta consistencia física.

La creación de este tipo de entidades espirituales no es sencilla; la mente del monje o iniciado debe estar suficientemente entrenada para este fin, saber del potencial y limitaciones que alberga su mente, así como controlar debidamente sus emociones con el fin que nada negativo o contraproducente pueda formar parte de su “creación”.

Este tipo de entidad creada tendría una vida corta, en algunos casos no iría más allá del momento de su creación, o unos minutos más, dependiendo eso sí de la voluntad puesta por el iniciado, o bien de la finalidad para la cual crea dicha entidad energética. Cabe la posibilidad de crear un tulpa algo más prolongado en el tiempo, para lo cual haría falta una cantidad de información en forma de emoción y energía que en muchos casos debilitaría a su creador, pudiendo llegar a tener consecuencias graves.

Pero lo que todavía no se ha demostrado es que, realmente, después de pasado un tiempo determinado, este tipo de entidad creada finalice su existencia tal y como la inició. Por lo tanto, y en vista de lo expuesto, cabría hacerse una pregunta la cual podríamos ampliar durante la exposición del caso que a continuación les ofrecemos: ¿estamos seguros que todas las entidades energéticas estudiadas por la parapsicología, durante las investigaciones que se llevan a cabo, son sólo pertenecientes a otros planos de existencia, y su manifestación responde sólo a una extraña “ruptura” de las fronteras físicas entre esos planos?

José Antonio, un chico normal...

Durante mi jornada laboral, y desde hace ya muchos años, he de enfrentarme a diario con acontecimientos que rozan la incomprensión más absoluta, si los tenemos que “medir” bajo los patrones de la física, las limitaciones del ser, y la lógica de nuestra psique. Este caso sería algo diferente, aunque no más espectacular que los ya conocidos y tratados.

Era una mañana de otoño, algo nublada. Un joven entra y espera a su turno para ser atendido, mientras observa lo que hay a su alrededor, sin que parezca más o menos nervioso que el resto de clientes. Cuando llega el momento, se acerca y solicita información sobre otros temas que no vienen al caso de este artículo. Esa fue la primera toma de contacto, la cual parecería más una especie de “prueba” por su parte, llevado por la necesidad de saber si cuando realmente quisiera exponer su extraño caso, sería comprendido por mi parte. Parece que la prueba no la superé del todo, pero por contra nos pudimos conocer algo más, ya que accedió a realizar uno de los talleres que frecuentemente organizamos. Lo hizo de buen grado, además muy interesado por lo que en el mismo se exponía. En el transcurso del segundo día de este taller, comenzó a realizar una serie de preguntas, en las cuales se notaba que deseaba expresar algo que, estaba encaminado a su experiencia, las vivencias prácticamente diarias.

Al finalizar estos talleres, ya teníamos la suficiente confianza a nivel persona como para exponer lo que realmente le inquietaba. Momentos antes de abandonar el lugar donde estábamos, me invitó a su casa, para que pudiéramos hablar con tranquilidad de un tema del cual “quería aprender algo más”, aunque seguía diciendo que le servía lo aprendido hasta el momento.

El comportamiento de José Antonio durante el taller fue de lo más normal. En ningún momento detecté que su mente tuviera la más mínima perturbación que hiciera posible dar una explicación más psicológica a lo que a continuación les vamos a exponer. No tenía pretensiones extrañas, y sus comentarios eran de lo más coherentes, aun estando en el ambiente que se encontraba, propicio para que ciertas debilidades mentales ocultas puedan aflorar, apareciendo en ocasiones la verdadera forma de ser del sujeto.

La primera entrevista sobre el caso

Llegué un sábado por la tarde a su casa. Una barriada situada en Dos Hermanas, toda de casas. La suya era de planta baja, aunque flanqueada por otras que tenían dos plantas. Se notaba que era una construcción normal. En su puerta había un antiguo aldabón, el cual golpeé para que me abrieran. Al poco, salió José Antonio y me recibió cordialmente. Pasamos al interior donde tenía preparada la mesa con unos cuantos dulces y café, como queriendo que el ambiente fuera distendido durante el rato de charla que prometíamos mantener.

La casa era sencilla, y sobre todo se notaba que estaba habitada por él sólo. No por el desorden ni la dejadez, ya que todo estaba perfectamente colocado, limpio y bien distribuido, sino porque aparecían pocos objetos que hicieran pensar en una posible compañía dentro de esa vivienda. No había apenas marcos con foto, algo que me llamó la atención, así como tampoco había apenas sillas. Un sillón frente a una televisión plana, una mesita de centro sin cenicero ni otro adorno, un mueble-librería en un lateral, eso sí, lleno de libros muy interesantes...

La cocina era pequeña, con pocos muebles y menos electrodomésticos de lo habitual y estrictamente necesario. La mente de investigador (y los ojos, claro) se pusieron inmediatamente en funcionamiento. Buscaba algún tipo de señales que pudieran evidenciar una supuesta actividad poltergeist... pero al menos en lo que estaba a mi disposición visual, no encontraba nada. Durante un momento en el que se ausentó para traer algo a la mesa, flanqueada por sólo dos sillas, me fijé en los títulos de los libros, pensando que habría un patrón del cual deducir qué estaba buscando entre tanta literatura... pero tampoco. Además, los libros no hacían sospechar que su mente estaba encaminada hacia un tipo de creencia determinada, o bien hacia una obsesión. Eran libros de autores conocidos, sobre temáticas de lo más variada dentro de la investigación paranormal. Eso me hizo agudizar mi mente, ya que tendría que dar respuestas complejas a sus preguntas, a tenor de la información que habría recopilado de los libros que allí tenía... vamos, que me vería obligado a tirar de cabeza y exponer las cosas de forma un poco técnica.

En un principio, la conversación se dirigió hacia terrenos más cercanos al esoterismo, la magia y la alquimia. Pero poco después, derivó hacia terrenos paranormales. Ahí comenzó a cambiar su rictus hacia un interés sobre los temas que comenzábamos a tratar.

Llegado un momento de la conversación, hizo una breve pausa, y me preguntó:

-Entonces, ¿tú crees en los espíritus, no?

Por la expresión que puse, seguro que no le hizo falta la respuesta posterior. - Me dedico a la investigación de este tipo de fenómenos, le respondí.

Desde ese instante, me expuso un caso que estaba viviendo desde hace un tiempo, y que le inquietaba porque no había aparecido respuesta alguna en la documentación que, a través de Internet y mediante libros que había comprado, estaba buscando para comprender hasta qué punto aquello era real. Se sinceró bastante más, sabiendo que ese extremo era necesario para poder así emitir una conclusión a los fenómenos que estaba viviendo, y relató la siguiente historia.

Miedo por el fantasma de Isabel

La soledad, a veces, mala consejera

Comenzó haciendo una pausa valorativa, durante la cual bajó la mirada hacia el café que tenía en la mano, y esta comenzó a mover la cuchara de forma lenta, claro síntoma de que hablaría sobre un recuerdo poco agradable... como así fue.

Su infancia estaba marcada por la tragedia a temprana edad, ya que quedó huérfano a la edad de 5 años. Sus padres y abuelos murieron en un triste accidente de tráfico mientras volvía den un sepelio, allá por la sierra norte de Sevilla. El resto de su vida, hasta los 19 años sería un miembro más de una familia con otros 5 miembros: su tío, tía y tres primas. Se sentía en todo momento poco apreciado, aunque eso no le importaba demasiado, ya que su estructura mental tuvo que adaptarse a vivir sin la referencia de unos padres, para servir como punto de aprendizaje unos cuidadores. A los 18 años, sus tíos intentaron hacer una extraña y vil maniobra, intentando quedarse con la vivienda donde actualmente estábamos, y que le correspondía por herencia directa. No tuvo más remedio que emanciparse, y desde ese instante, vivió sólo y aislado del resto de la familia, ya que estos tíos se habían encargado de contaminar su imagen frente al resto. Eso no le importaba demasiado.

Pues bien. Parece que durante los momentos de soledad, ya que su carácter es más bien reservado y hogareño, después de las jornadas laborales en distintos trabajos (muchos de ellos temporales), le esperaba su vivienda y la soledad. En esos días, su mente empezaba a jugarle una mala pasada, pero que él lo tomaba como un juego inocente. Se empezó a crear el recuerdo de una esposa, una mujer de bellas características, a su propio gusto, con el pelo moreno y largo, ojos oscuros, de mediana estatura y esbelta figura. Al poco tiempo, se comenzó a dotar de una serie de características vitales y razones por las que no estaba presente de forma física: el mismo “fabricó” un escenario donde esa mujer que estaba en su mente habría perdido la vida, formando parte sólo de un recuerdo. Esta circunstancia sería un mortal accidente de tráfico, en moto, falleciendo en el acto.

Por lo tanto, lo que empezó siendo una simple imagen mental de una figura femenina, terminó contando con características propias de un ser que existió en la realidad y que tuvo una vida plena hasta el fatal desenlace. En esos días, durante esa “creación”, José Antonio notaba una emoción extraña: durante su jornada laboral, deseaba volver a casa con premura para poder “charlar” un poco con lo que él ya consideraba el “espíritu” de su amada, a la que llamó Isabel (el mismo nombre de su madre fallecida junto al resto de su familia).

Durante unos meses parecía encontrar consuelo y confort en su vivienda, charlando amablemente con Isabel, aunque en todo momento sabía que se trataba de una especie de juego.

Ese detalle me resultó, llegado este momento de la conversación, muy curioso. Hasta el momento parecería que su mente se habría visto perturbada por la soledad, como le ocurriría a Tom Hanks durante la película “Náufrago”, pero al igual que él, todo esto le serviría para mantener una cierta esperanza en la vida, sin que fuera más allá (aunque todos sabemos cómo acaba ese film...). Mi mente se puso en guardia: aunque no había notado nada que hiciera sospechar a priori que estaba ante una persona con una ligera perturbación, el detalle del “deseo de volver” daba vueltas por la misma. Aun así, no interrumpí para que continuara con la explicación, y ver hasta dónde llevaba todo aquello.

Parece que se dio cuenta de lo que pensaba, porque en un instante paró la historia para decir:

-Parece que estoy loco, ¿no?

Simplemente sonreí, y traté de calmarlo:

-No tiene por qué ser así. Todos tenemos voces en nuestro interior, que en algunos casos ni corresponde con la nuestra. Se llama “imaginación”, y no es un problema psiquiátrico.

Parece que eso volvió a relajar el ambiente, y continuó con la narración de su historia.

Durante algo más de dos meses, Isabel era el motivo de su consuelo, y la razón de su feliz vuelta a casa. Incluso parecía que había una cierta interacción mental que él (repetía una y otra vez) lo tomaba sólo como un juego que le divertía, y le mantenía ocupado de forma positiva.

Pero nuestro viaje no ha terminado y tiene un giro inexplicable que pronto le descubriré, eso será la próxima semana.


Todos los vídeos de Semana Santa 2016