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Misterios, historia y leyendas de la Feria de Sevilla

Un terrible pasado o una caseta encantada, en la nueva entrega de ‘La Aventura del Misterio’

15 abr 2018 / 10:01 h - Actualizado: 15 abr 2018 / 10:06 h.
  • Misterios, historia y leyendas de la Feria de Sevilla

Los orígenes de este festejo sevillano lo encontramos en un lejano y caluroso día 25 de Agosto de 1846. En torno a Sevilla habían crecido pequeños núcleos poblacionales que disponían de ferias de ganado las cuales eran visitados por agricultores de la ciudad donde compraban las reses necesarias para su labor en el campo, a fin de evitar este “peregrinar” del sevillano a las cercanías de la capital surge la idea de crear en la ciudad su propia feria ganadera y así los regidores Narciso Bonaplata, originario de tierras catalanas, y José María Ibarra, primer conde Ibarra, deciden elevar su propuesta al Cabildo Municipal.

La propuesta y el documento fue apoyado por el alcalde de Sevilla que era el marqués de Montelirio. El documento pedía que se autorizara una feria anual durante los día 19, 20 y 21 de Abril. Aquella propuesta fue enviada a Madrid donde el diputado Fermín de la Puente y Apechea intermedió ante la reina Isabel II para que aprobara la misma y pese a la oposición de localidades cercanas, que ya disponían de ferias de gran raigambre popular, como Mairena del Alcor o Carmona, o personajes ilustres como el diputado Iribarren, la reina accedió a aquella petición en Marzo de 1847.

Pese a todo ello la feria fue un éxito y pronto los ganaderos instalaron toldos para protegerse del sol, unos toldos de lona que serían los precursores de las “casetas” del “Real de la Feria” como hoy lo conocemos.

Aquel colorido y algarabía hizo que muchos nobles visitaran el lugar en sus carrozas y coches de caballo, era la atracción de la ciudad y pronto aquel germen sembrado para el crecimiento de la ciudad se iba a convertir en un brote de amistad, encuentro y disfrute. En la primera cita que aquella feria de recogieron 400.000 duros, que era una importante cantidad para una feria inaugural.

Aquella ciudad emergente no dejaba de crecer y de compartir espacio con el ganado, por ello en 1950 se separa el folklore del mercantilismo ganadero dando paso pues a una feria de ocio, de diversión y de recuerdos.

Mal recuerdo también el que nos trae a la memoria un 21 de Abril de 1964 cuando un pavoroso incendio prende sesenta y cuatro “casetas” del Real de la Feria, aquella tarde inexplicablemente el número de visitantes bajó y sólo hubo que lamentar un muerto y media docena de heridos pero para muchos, ese rincón privado, ese segundo hogar en la ciudad efímera de Sevilla, había quedado reducido a cenizas. La solidaridad sevillana hizo que compartieran espacio y amistad en otras “casetas” pero pudo haber resultado una feria mortalmente catastrófica.

‘EL REAL DE LA FERIA’

¿Ha escuchado alguna vez la expresión “vamos al Real de la Feria”? Seguramente si entendiendo que el “Real de la Feria” es la Feria en sí. Pero es un error del que hoy les hablo y explico su origen.

El “Real de la Feria” no es toda la Feria, sólo el punto concreto donde tenían acceso los caballos y carruajes a la antigua Feria de Sevilla en el Prado de San Sebastián. Así el origen de la expresión lo encontramos en la tarifa que se cobraba por llevar en caballo o carruaje a las personas hasta la Feria, esa tarifa era de un real, la moneda de curso de la época y que sirvió para acuñar la expresión de “vamos a la Feria por un real” y de ahí se derivó, con el paso del tiempo a “vamos al Real de la Feria”.

Curioso origen para una expresión muy utilizada pero muy desconocida para el sevillano o el visitante.

UN TERRIBLE PASADO

La Feria antigua se encontraba en el llamado Prado de San Sebastián, cerca de un entorno llamado el Prado de Espantaperros y que, hoy, es ocupado por la Diputación de Sevilla. Pero ese marco tiene un negro pasado.

Su emplazamiento del Prado de San Sebastián era el de unos parajes abandonados, a los que nadie quería acercarse ya que en él se decía que lo habitaba la muerte quizás por ser este un lugar donde en otros tiempos se encontraban el cementerio del Prado de San Sebastián y el cementerio de los Pobres, en él se contaban historias de apariciones y aparecidos, además de ese evocador y lúgubre recuerdo del lugar había una nueva objeción. El lugar al cual se accedía lo llamaban el Paseo del Luto y el propio José María Blanco White (Crespo) en sus Cartas de España hablaba de otro triste incidente que él vivió allí.

El lugar era el habitual quemadero en la ciudad de la Santa Inquisición para todo aquel que era condenado a la hoguera por herejía o cualquier otro pecado contra la fe. Un lugar ciertamente que ponía los pelos de punta a todo aquel que lo visitaba, así Blanco White estuvo presente en la quema de la bruja María Dolores Caro siendo un niño.

El nuevo emplazamiento de la Feria, en Tablada, en el barrio de Los Remedios, donde está el Real, no le va a la zaga. Era otro de los quemaderos de la Inquisición en Sevilla, lugar habitual de ajusticiamientos pues se hacía sobre un patíbulo de tablas, de ahí Tablada.

Hoy día donde hay una Feria está el vestigio mudo de la muerte y la desolación, que la alegría ahogue a las penas.

LA PORTADA DE LA FERIA

Una de las imágenes más tradicionales y más fotografiada es la de la tradicional portada de la Feria, pero no siempre en la Feria de Sevilla se ha gozado de la misma. Fue una costumbre que se comenzó a llevar desde el año 1949, anteriormente no se ponía si bien es cierto que el precedente de la pasarela metálica peatonal que unía la calle San Fernando con el Prado de San Sebastián, pudo sentar un importante precedente. Aquella “Pasarela” fue construida por Dionisio Pérez Tobía en 1896 pero desapareció del paisaje sevillano en el año 1920. También como precedentes tenemos el arco de bienvenida del Pabellón Central en 1925 o la portada de la Exposición Iberoamericana de 1929.

Fue en 1949 cuando se oficializó mediante una ordenanza municipal que imponía la obligación de construir una gran entrada al recinto ferial, debía tener una particularidad: cada año cambiaría, cada año sería diferente. con un diseño diferente cada año, aunque durante los años previos se establecieron estructuras que daban la bienvenida a los visitantes

¿CUÁL ES EL ORIGEN DE LOS FAROLILLOS DE LA FERIA?

La Feria de Sevilla del año 1877 fue especialmente relevante por la visita de la reina de España, Isabel II, al “Real”. Hasta esa fecha la Feria había tenido una decoración dispar por lo que se quiso unificar todo para dar mayor homogeneidad y disparidad.

Se decide contar con el pintor Gustavo Bacarisas quien se inspiró en las lámparas chinas para la creación de los vistosos farolillos que tuvieron un gran impacto visual cuando llegó la electricidad a la Feria de Sevilla en el año 1883.

Un siglo más tarde, en 1983 una ordenanza municipal regularía oficialmente el uso del farolillo como adorno en Feria. Todo un acierto.

LA CASETA ENCANTADA

Las calles del “Real de la Feria” se han vivido todo tipo de anécdotas, historias, pasiones y andanzas. Una de ellas nos ubica en la década de los 90, cuando el vigilante de seguridad de una caseta de la calle Ignacio Sánchez Mejías iba a vivir una curiosa experiencia...

Llegadas altas horas de la madrugada, se dispuso a echar los toldos de la “caseta”. En el interior no quedaba nadie, nadie salvo él. Serían las cinco de la mañana del primer día oficial de feria cuando en el interior de la misma irrumpe un individuo ataviado con traje corto y sombrero cordobés, en su chaquetilla azabache destacaba un clavel rojo sangre y con andar firme, sereno y poco dubitativo entró hasta la barra del bar, allí, cogió una botella de vino “fino” -el hecho ya era chocante para nuestro vigilante de seguridad pero que no se decantara por la emergente “manzanilla”-, fue un detalle que no le pasó inadvertido. Aquella persona, elegante pero a la vez desarbolada, se sirvió esa copa, le dio un sorbo y dejando media medida de aquel oro líquido de otras épocas abandonó el local. Nuestro vigilante creía que se debía tratar de algún socio de la “caseta” o alguna persona con cierta familiaridad, sobre todo por la forma de comportarse, y no le concedió mayor importancia.

La feria seguía su curso y al cerrar la “caseta” a la noche siguiente, sobre las cinco de la mañana hizo irrupción en el interior de la misma aquel mismo personaje... Volvió a repetir la misma actuación y se marchó... A la noche siguiente el vigilante le espetó: “¿No ha tenido usted noche para beber hombre de Dios? Hay que ver que todas las noches me usted el susto” Aquella persona lo miró de reojo y no articuló palabra. El vigilante enfadado le recriminó: “¿No va a decir nada? ¡Lo que faltaba! A ver, ¿quién es usted?” y el sombrío personaje giro su cuerpo apoyado sobre sus talones para decirle: “Me llamo (omitimos el nombre) y tengo más derecho que nadie a estar aquí y tomarme esta copa a solas y como quiera, sepa que soy socio fundador de la “caseta” y que no encuentro nada malo en rencontrarme con el sabor de esta copa pese a las horas o al tiempo”. Segundos después desapareció sin saber cómo... “Habrá salido sin darme cuenta” pensó el sorprendido vigilante.

Al día siguiente decidió, en la tarde, comentarle el suceso al jefe del bar, el cual le comentó que él no sabía quién era ya que él sólo llevaba la barra que la tenía contratada en la “caseta”. Sin embargo la oportuna presencia del presidente en la misma le hizo comentarle el suceso. Éste quedó sorprendido por la desfachatez de la gente y le preguntó: “¿Y sabes cómo se llama?” “Si” respondió el vigilante mientras le decía el nombre de aquel personaje, la situación cambió cuando la cara alegre y sonrosada del presidente se volvió lívida y debió buscar una silla para sentarse: “No puede ser, no puede ser, ¿estás seguro? ¿No será una broma? No puede ser”. Asustado un poco nuestro vigilante insistió en las razones para tal reacción y aquel cariacontecido señor sacó de la cartera una foto de feria, en ella había tres personas, tres amigos, tres feriantes, de todos ellos destacaba el de la derecha, el único que estaba ataviado de corto, con chaqueta negra azabache y clavel reventón rojo en la solapa, con sombrero cordobés sobre una cabeza en la que se deducían amplias entradas y algún diente de menos que aquella sonrisa bonachona le dedicaba a la cámara que inmortalizaba aquel momento. “¿Lo reconoces en esta foto? ¿Está aquí?” le preguntaba mientras sostenía en sus manos aquella añeja fotografía. “Sí, claro, es este señor del lado, vaya, veo que lo conoce, discúlpeme, creí que era un gorrón pero veo que lo que me contó era cierto... Es que su cara no me sonaba” espetaba el guardia de seguridad tratándose de disculpar sin morder la mano que abonaba su estar en la “caseta”. El presidente le dijo: “Muchacho, debes saber algo... Creo lo que me dices, sé que eres honrado y no mientes, pero esta persona es imposible que venga a la feria o a cualquier otro sitio porque esta persona murió hace cuatro años en un accidente cuando regresaba de la feria, esta foto es de las últimas que se hizo...” Aquello dejó un ambiente de intranquilidad y ciertos nervios... Si aquella persona había fallecido aquel individuo desarbolado que entraba por las noches debía ser una aparición de un espíritu inquieto al que le quedó algo por hacer...

EL CARRO ENCANTADO DE LA FERIA

Las historias paranormales en torno a la Feria de Sevilla no son demasiado habituales, exceptuando el popular “fantasma de la Feria” de la calle Ignacio Sánchez-Mejías es “el Real”, pocas vivencias inexplicables más hay en la Feria.

Pero, ocasionalmente, hay algunas relacionadas con ella. Una de esas me llegó por azar gracias aún amigo que quiso hacerme partícipe de algo que ocurrió en su familia: “José Manuel, yo era pequeño pero recuerdo perfectamente todo lo que sucedió en aquellas fechas” comenzaba a relatarme. “En mi familia teníamos un carro tirado por un caballo con el que íbamos a la Feria y nos paseábamos. Era la atracción de la familia, nos encantaba. Pues bien, en torno a ese carro sucedió algo terrible... Una noche de Feria estaba junto a mis padres un amigo de la familia, Juan Ignacio, aquella tarde-noche había sido de excesos y de copas, lo normal en la Feria. Pero aquel amigo de la familia se comenzó a sentir mal, tanto que le dio un infarto en la Feria, sentado en el carro y murió allí mismo de forma instantánea. De nada sirvió lo que los médicos trataron de hacer por él. Era demasiado tarde”.

Tras aquel incidente la vida de la familia continuó: “Pero fíjate que en casa siempre hemos tenido una mujer que nos hacía las cosas y demás, y la mujer decía que tenía ciertos poderes paranormales. Lo cierto es que creíamos que era para entretenernos hasta que pasó algo: comenzó a decir que veía en el carro a un señor que todas las mañanas la saludaba”. Aquello hizo que le preguntaran por la apariencia de ese hombre e hiciera una descripción detallada del amigo fallecido y la ropa que lucía, precisamente, la noche que murió... Se aparecía, además, en el mismo lugar donde falleció.

Historias eternas para la Feria de Sevilla, a caballo entre la leyenda y la realidad.


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