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15-J: Contadores a cero, como en aquel maldito 30-J

Tras aguantar durante años carros y carretas de un modo incomprensible, la afición del Betis, al menos un sector mayoritario -qué palabra tan manida?- parece por fin haber dicho "basta".

el 16 sep 2009 / 04:14 h.

Tras aguantar durante años carros y carretas de un modo incomprensible, la afición del Betis, al menos un sector mayoritario -qué palabra tan manida?- parece por fin haber dicho "basta". Si la convocatoria de mañana cumple las previsiones de los más optimistas estaremos ante una fecha que sin duda pasará a los anales de la historia del club y casi a la del fútbol patrio. En el malhadado sistema de sociedades anónimas deportivas hay resortes que ni todo el dinero del mundo en forma de acciones puede contener y no parece que después de mañana las cosas puedan seguir igual en el planeta verdiblanco. Esto, a diferencia de otras situaciones con las que puedan encontrarse ciertas analogías, no corresponde enteramente a un fracaso deportivo. Si tuviésemos que pedir la receta de este caldo de cultivo que durante tanto tiempo ha ido cociéndose en los fogones de Heliópolis, estamos convencidos de que el Betis de los partidos gusta casi tan poco como el Betis intersemanal. Han sido muchos los episodios vergonzantes a nivel social, económico e institucional, y es que aún en estas horas bajas no es la parcela deportiva la principal vía por la que parece poder hundirse la otrora invencible nave verdiblanca.

El tiempo de Lopera pasó. Con independencia del nivel de repercusión que tenga el 15-J, ya se ha instalado en todos los estamentos sociales el convencimiento de que el tiempo de Lopera pasó. No cabe, como algunos bien intencionados han tratado de apuntar hasta casi hace un rato, perder ni un minuto en contemplar la posibilidad de que el atrincherado vecino de El Fontanal cambie su forma de ser, esa que lo ha llevado a hacerse millonario al mismo tiempo que lo ha convertido en un marginado social, sin amigos, sin apoyos, sin cariño en ningún sustrato social excepto algún que otro paniaguado y los, por pura estadística, abducidos tras 17 años de mentiras una y otra vez repetidas. No hay otro Lopera posible.

La propiedad. La propiedad de una cosa no faculta al poseedor para hacer con ella lo que le venga en gana. Usted no puede edificar dentro de su vivienda como le apetezca, ni circular con su coche a la velocidad que estime conveniente, ni siquiera beberse una botella de alcohol antes de embarcar en un avión cuyo billete también ha pagado. No vale el "esto es mío y hago -o pido por él- lo que me dé la gana". En pocas fechas está previsto que surjan nuevas noticias procedentes de la Justicia y, no lo duden, son ellas las que habrán de tener una repercusión más directa y contundente en el diseño del futuro inmediato del club. De todo lo que se derive tras la finalización de la instrucción por parte del juzgado número 6 habrán de llegarnos las claves que nos permitan leer los próximos tomos de la historia del Real Betis Balompié. Hasta entonces, que Lopera y los suyos esperen cómodamente una oferta de compra seria, y no se entienda esto como una bajada de guardia por parte de los colectivos que trabajan sin cesar en la configuración del nuevo escenario.

Preguntas. ¿Usted compraría una casa a alguien de quien no sabe si está facultado o interesado en la venta de la misma? ¿Ofrecería usted una cantidad de dinero por ella sin saber si tiene cargas hipotecarias, sin conocer cuántos metros cuadrados tiene escriturados, sin poder siquiera visitarla o tener la posibilidad de que su aparejador, fontanero o electricista de confianza pudieran valorar el estado de conservación o deterioro de la misma? ¿Pasaría usted por alto que en esa misma casa viven otros vecinos, algunos de ellos muy beligerantes, dispuestos a aclarar con la Ley ciertas cuitas con el supuesto vendedor? No me dirán que la solución al problema es que cualquier voluntarioso -no se admiten jeques, cuartetos aficionados al dominó ni potentados grupos de Madrid- o grupo de reconocidos béticos se lancen a ofertar por algo cuya valoración, descenso incluido, cosa que algún desvergonzado pretende obviar, está sujeta a parámetros de tal flexibilidad que puedan acabar por arrojarnos cifras bastante alejadas de las pretensiones de aquel que anunció a bombo y platillo su filantrópico beticismo y hoy no es más que un mercader de un sentimiento que algunos creímos fuera de toda sospecha.

El futuro. Habrá futuro, tendrán que llegar cambios aunque no sean con la rapidez que demanda la abisal situación por la que atraviesa la entidad. Habrá que "poner dinero en loartolamesa" y tendrán que postularse ante el cadalso de la opinión pública quienes estén en la obligación de pilotar la transición verdiblanca. Pero eso, no lo duden, tiene su momento y ni fue oportuno hacerlo antes de que se cumplieran ciertos plazos ni tampoco, lógicamente, se puede correr el riesgo de que se pase el arroz. Los cocineros de ese futuro son todos esos miles de béticos que mañana tienen muy claro qué es lo que significa eso, ser béticos. Ojalá lo que hoy es de uno pueda, pronto, ser de diez, mejor de cien, mucho mejor de mil, la releche si fueran decenas de miles. Un Betis del que volver a sentirse orgulloso lo exige. Nunca se ha cambiado el curso de los acontecimientos desde la comodidad de un sofá. Mañana toca posicionarse sin ambages: o aquí con tantos, o allí con tan sólo unos pocos. Yo voy, claro que voy. Y sé a qué, a dónde y junto a quién voy.

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