sábado, 15 diciembre 2018
16:37
, última actualización
Rocío

241 años de verdadero Rocío

La familia Pérez de Ayala celebra esta romería los 50 años de Rocío que cumple Nati, una de los cinco hermanos. Sus padres, Juan y Nati, les inculcaron desde niños la devoción por la Virgen. Sus hijos ya juegan a sacar a la Patrona en procesión por la aldea.

el 08 jun 2014 / 23:00 h.

TAGS:

Los hermanos Pedro, Nati, Juan y José María Pérez de Ayala, en su casa del Rocío en la calle Bellavista. / Carlos Hernández Los hermanos Pedro, Nati, Juan y José María Pérez de Ayala, en su casa del Rocío en la calle Bellavista. / Carlos Hernández Conocen perfectamente la romería del Rocío porque la aprendieron de sus mayores, y de la misma forma que la conocieron de la mano de sus padres, la enseñan ahora a sus hijos. Son los hermanos Pérez de Ayala Ortiz, una familia rociera por los cuatros costados que no entiende la vida sin la Virgen del Rocío. Son cinco hermanos: José María, Rocío, Nati, Juan y Pedro. Entre todos suman 241 años de romería. Casi nada. Este año Nati cumple sus bodas de oro y se muestra extremadamente orgullosa de no haber faltado ningún año a su cita con la Virgen, al igual que sus hermanos. Podrán tener épocas mejores o peores, pero el lunes de Pentecostés siempre han estado con la Virgen. Si había que guardar luto, se cerraba la casa –como hubo que hacer en tres ocasiones– y no había lugar para la fiesta, pero no entra en sus mentes faltar un solo año a la procesión de la Reina que ilumina sus vidas y la de sus familias. En sus casas se vive el Rocío todo el año, no sólo estos días de romería. Sus padres se encargaron de grabarles a fuego en el alma que en el Rocío antes que la fiesta está la devoción a la Virgen. Y es necesario ir a todos los actos religiosos que se organizan en honor de la Virgen. Sin esto, nada de lo demás tendría sentido. «Mi madre era la primera que nos lo inculcó, y si había que dejar el paseo a caballo para ir a rezar el rosario, pues había que hacerlo. Así, desde niños, nos lo fueron inculcando y ahora nosotros lo hacemos con nuestros hijos», explica José María. Las enseñanzas y el modo de vida del buen rociero y mariano las aprendieron de sus padres, Juan Pérez de Ayala y Nati Ortiz. Ninguno de ellos está ya físicamente, pero sí están con ellos durante todos los días de la romería cuidándoles desde una marisma celeste desde la que seguro que ven orgullosos como la semilla rociera que sembraron hace muchos años fruto del amor y devoción por la Virgen del Rocío, ha dado un gran árbol de fe y devoción por la patrona de Almonte. Juan era de Bollulos Par del Condado y llegó a ser hermano mayor –al igual que sus hermanos– de la hermandad del pueblo, que fundó su padre. Ella, natural de Isla Cristina, comenzó a ir a la romería cuando se ennovió con Juan. Cada uno iba con su familia porque en aquellos años eso de ir juntos sin pasar por el altar lógicamente no estaba bien visto. Se casaron en el año 1959 en la ermita antigua de la Virgen y a los pocos años, en 1962, lograron comprar una casa con mucho esfuerzo que les costó 160.000 pesetas de la época. José María, el mayor de los hijos, recuerda que muchos desaconsejaron a sus padres esa casa porque «estaba dos calles más allá de la ermita», una distancia para entonces extremadamente lejos del Santuario pero que hoy día la sitúa en un lugar más que privilegiado. Todos los hermanos pertenecen a la hermandad Matriz de Almonte, aunque ninguno es del pueblo. Eran, como los llamaban antes, «hermanos forasteros». Tenían el privilegio de ser de la Matriz pero no tenían derecho a voto. Su vinculación con la familia Díaz de la Serna hizo que se inscribieran en la Matriz. Los cuatro mayores nacieron en Huelva y el menor, ya en Sevilla. Su padre era capataz agrícola y tenía trabajo en la capital onubense pero optó por buscar nuevos retos profesionales y se vino a trabajar a la capital andaluza a la finca del matador de toros Diego Puerta. Y aquí se quedaron. Dado que desde que eran muy niños se habían criado prácticamente en la aldea, Juan recuerda que al llegar al piso de Sevilla –una vivienda convencional en el barrio de Los Remedios– se fue rápidamente a decirle a su madre que esa casa no podía ser la de ellos porque no tenía cuadras. Su hermano Pedro apunta que Juan aprendió a decir «caballo antes que mamá», lo cual demuestra que esta familia ha vivido siempre muy cerca de la marisma, el santuario y la Virgen. Juan Pérez de Ayala también recuerda que tanto él como su hermana Rocío hicieron la primera comunión en la ermita, y tuvo el privilegio de que el recordado Manuel Pareja-Obregón fuera tocándole la flauta y el tamboril desde su casa hasta que llegó al santuario. Al igual que su hermana Nati, y como hicieron sus padres, se casó en la ermita ante la Blanca Paloma. Hoy es Lunes de Pentecostés, y en la casa de los Pérez de Ayala será un día especial. Todos llevan o han llevado a la Virgen del Rocío sobre sus hombros. Juan saltó la reja desde que tenía 18 años y hasta los 34 «cuando era una reja de verdad y medía bastante más que la de ahora». «Lo hacía porque necesitaba hacerlo. Es algo muy personal. Es mucha adrenalina y hay que intentar buscar el mejor sitio para poder sacar a la Virgen». La forma de cómo debe uno meterse bajo la Virgen la aprendieron de su padre, que les enseñó todos los secretos. No es fácil estar ahí. Hay que saber buscar el momento oportuno y el hueco preciso para poder meter el hombro en los bancos y sufrir de gozo llevando a la Madre de Dios por su aldea. Las niñas, Rocío y Nati, también han estado bajo el paso de la Virgen muchos años, porque esto no es cuestión de género sino de devoción por la Virgen. José María hace algunos años que no se mete bajo el paso. Aunque lógicamente tenga algo de nostalgia no le pesa lo más mínimo porque ya lo hace su hijo Curro, que tiene ya 25 años. «Yo no lo hago pero sé que alguien de mi casa lo está haciendo también por mí. Yo no estoy, pero estoy con mi hijo cuando él está llevando a la Virgen». Pedro, igualmente, se pega toda la procesión entrando y saliendo bajo el paso de la Reina de las Marismas. Termina con los hombros muy doloridos, pero siempre dice que «es el dolor más bonito del mundo». Entre todos los hermanos Pérez de Ayala suman diez hijos, que desde niños han pasado por el manto de la Virgen. Estos niños ya juegan, con una mesa, a que sacan a la Virgen en procesión por las calles de la aldea visitando a los simpecados. La semilla sigue dando frutos. Es la familia Pérez de Ayala. Una familia rociera.

  • 1