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40 primaveras después

40 primaveras después del famoso mayo del 68 parisino, se pueden ver en Francia numerosas crónicas, documentales, entrevistas, que recuerdan aquellos turbulentos días. Una celebración en la que llama poderosamente la atención el apasionado cruce de artículos...

el 15 sep 2009 / 04:48 h.

40 primaveras después del famoso mayo del 68 parisino, se pueden ver en Francia numerosas crónicas, documentales, entrevistas, que recuerdan aquellos turbulentos días. Una celebración en la que llama poderosamente la atención el apasionado cruce de artículos, entre medios afectos o contrarios a Sarkozy. En el diario Le Monde, un artículo ha reivindicado los principios de aquella revuelta. Ha defendido la vigencia de valores como la libertad, el anhelo de cambio, el rechazo a la injusticia, a la discriminación o a la desigualdad. El valor de una protesta contra esa derecha acomodaticia, celosa defensora de privilegios de minorías, contra la socialdemocracia sin imaginación política, contra esa sociedad del bienestar al límite de sus contradicciones, esa que transforma a los ciudadanos en consumidores. Los actuales sexagenarios, con sus cuarenta primaveras después de aquel mayo del 68, protestaron contra el adormecimiento de una sociedad en decadencia; contra una nación sin proyecto solvente, sin pasión política verdadera.

En el semanario Le Point, en un sentido contrario, se ha cargado contra esta generación de sesentayochistas. Les acusa de laxitud moral, de proyecto política e históricamente fracasado. De haber vivido de las rentas de la posguerra y de sus generaciones posteriores. De haber atrapado a todas las instituciones en una adoración al déficit estructural, a la rigidez del mercado laboral y al excesivo protagonismo sindical, a la inacción ante la globalización económica. Para los sarkozianos, mayo del 68 representa la fuente intelectual donde beben los problemas contemporáneos de la sociedad francesa. El deterioro de la educación, del modelo clásico de familia, la excesiva laicidad del Estado, una economía lánguida, una cultura destructiva basada en derechos sin obligaciones, un mucho de Europa y poco de América.

Fernando Vallespin ha escrito que mayo del 68 fue "ese algo que nunca ha sido explicado de forma contundente". Pero sin duda fue un referente para nuestro país. Una generación, nuestros sesentayochistas, educada en el antifranquismo, que enterró una dictadura, construyó una democracia y levantó una sociedad de bienestar digna. Incluso, no dudaron en dinamitar sus carreras profesionales, arriesgar la seguridad de sus familias y su propia libertad. Una generación que, visto el éxito de estas décadas, tiene derecho, hoy, a preguntar por el rastro de esa herencia.

De inquirir por el anhelo sincero de libertad, de igualdad, de tolerancia, de algunos proyectos partidarios. De dudar de algunas formas del riesgo político, excesivamente cargadas de cálculo personal o de entender la política como profesión. Del coste real de esa política sin imaginación. Cuarenta primaveras después, hoy tienen derecho a preguntar por la calidad y valor de la manera de practicar, pensar y vivir la política. Por la vigencia de esa idea tan democrática de generosidad personal, que esa generación practicó y entiende. Las preguntas lógicas y normales que tocan cuarenta primaveras después.

Abogado

opinion@correoandalucia.es

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