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426 euros para mantener a seis

María del Carmen vive con dos de sus hijos, que no consiguen trabajo, y tres nietos tan sólo con el dinero de su prejubilación

el 08 oct 2011 / 20:16 h.

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María del Carmen no puede más. Ni los 426 euros de su prejubilación le llegan para mantener a las seis personas que viven en su casa, ni el ánimo le da para soportar la crítica situación que atraviesa su familia desde que sus tres hijos se quedaron sin trabajo, dos de ellos desde hace más de un año. Desde entonces sale adelante gracias a que sus vecinos la ayudan, la tienda de al lado de su casa le fía la comida hasta que puede pagarla y entidades como Cáritas o las Hermanas de la Cruz le pagan algún recibo, de cuando en cuando, o le dan vales para productos de primera necesidad, como zapatos para sus nietos.


María del Carmen, de 55 años, vive con su hija y los tres niños de ella, de entre 2 y 11 años, en una diminuta vivienda de tres habitaciones minúsculas en el barrio de Amate. Su yerno, el marido de su hija, se ha tenido que ir a vivir con sus padres porque ni el dinero ni la casa dan para más: María del Carmen duerme con sus dos nietos en un cuarto, su hija con la niña en otro y el tercero lo ocupa otro de sus hijos, que vive separado de su mujer y sus dos hijos para repartir los gastos entre las dos familias.


La mujer tiene un tercer hijo que no vive con ella, pero por el que sufre igual o quizá más: el hombre se ha tenido que instalar en una tienda de campaña en un terreno aledaño a la casa de sus suegros, donde viven seis personas y ya no entra ni un alfiler.


Es imposible que las cuentas le salgan. En la casa todos viven de su prejubilación, 426 euros, pero sólo por la hipoteca la mujer paga 470 euros; hasta hace unos meses eran 300, después de refinanciar el préstamo que lleva pagando 16 años, pero ahora ha subido la letra y no le llega. "Estoy muy preocupada porque este mes he dejado algo de dinero a deber, y lo único que yo tengo es esta casa", se lamenta.


Para comer se apañan con lo que consiguen sus hijos haciendo chapuzas, "porque no les sale trabajo de ninguna manera". De vivir bien del ladrillo hace unos años, sus dos hijos varones se vieron de repente sin empleo, víctimas del crack de la construcción. "¿Cómo nos lo íbamos a esperar?", se entristece la mujer. Nunca ganaron de sobra y vivían de forma humilde, pero desde hace un año no encuentran faena más allá del arreglo de pequeñas averías a los vecinos.


Al hijo que vive con ella le corresponde una ayuda familiar durante seis meses, pero se retrasó por un error burocrático y los echaron de su casa, por eso tuvieron que dividir la familia para aguantar hasta que consigan cobrarla; sin embargo, saben que será una solución temporal.


Su hija trabajaba en una empresa de limpieza, pero después de muchos meses sin cobrar lo dejó a principios de verano y ahora está comprobando si le corresponde el paro, "porque la tenían asegurada por menos horas de las que trabajaba". Desde entonces "ha echado un montón de curriculum por todos lados, pero no la cogen", explica la mujer.


Su otro hijo, el que vive en la tienda de campaña, ha agotado ya el paro y las ayudas sociales. "Está muy mal, porque no encuentra trabajo. Le está afectando al carácter y a todo", se lamenta su madre, que esta semana acudió a Cáritas para ver si podían pagarle un recibo de la luz, porque se la cortarán la semana que viene si no lo hace. "Saben que cuando vengo es por verdadera necesidad, porque yo sé que mucha gente necesita la ayuda de Cáritas y sólo les pido si no tengo más remedio", explicaba la mujer, entre lágrimas.


Pero esta vez no pudieron ayudarla. El tremendo aumento de las demandas en los últimos años ha puesto a la entidad contra las cuerdas. "Cada vez tenemos que decirle que no a más gente, porque tenemos el dinero que tenemos", explican en las oficinas provinciales de Cáritas.


Los hijos de María del Carmen acuden a veces al mercadillo del Charco de la Pava, a vender mercancía que les facilitan otros vendedores para sacarse algo de dinero. Lo emplean en comida, porque para la ropa se están apañando con lo que les dan familiares, vecinos o entidades. Cruz Roja también entrega alimentos cada tres o cuatro meses a través de la asociación de vecinos.


"Antes les daba a mis nietos algunos caprichitos; un yogur, un dulce, lo que me pedían. Ahora sólo me llega para hacer guisos todos los días, que no les gustan tanto, pero es lo que hay", dice la mujer, que reconoce que siente vergüenza al tener que pedir ayuda económica "después de toda la vida trabajando". Éste es el último bache de una vida complicada, después de haber conseguido salir adelante cuando, hace 30 años, se separó y se quedó sola con sus tres hijos pequeños. Entonces lo hizo trabajando de limpiadora, y tiene claro que es lo mismo que pide ahora. Ni ayudas, ni subsidios: "Que mis hijos encuentren trabajo; es la única solución", repite.

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