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A 463 kilómetros de Lisboa

Pasan las efemérides de Bécquer y Machado dejando una pregunta: ¿Cómo se porta Sevilla con la memoria de sus mejores escritores?

el 24 feb 2014 / 22:08 h.

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15530000 Así de pintureras lucían ayer en la Alameda las estatuas de la Niña de los Peines, Caracol y Chicuelo. / C.R. El eco de lo cicatera que ha sido Sevilla recordando a Bécquer y a Machado estos días atrás, con motivo de sus respectivas efemérides (175 años del nacimiento del de la perilla; 75 de la muerte del señor del sombrero) resonaba todavía ayer cuando este periódico, buscando el porqué del asunto, se echó a la calle desde temprana hora. Y no bien se había paseado un rato en pos de alguna respuesta cuando allí mismo, de sopetón, se los encontró a los tres en la Alameda, posando para la eternidad: la Niña de los Peines, Manolo Caracol y Chicuelo. Aquí podría morir la narración, delante de estas tres estatuas de bronce, al igual que Julio César murió al pie de la de su gran enemigo Pompeyo: a cuchilladas. En el caso sevillano, a cuchilladas de realidad. La pregunta es cómo se porta Sevilla con la memoria de sus mejores escritores. La respuesta, como advirtió Dylan con suficiente antelación, está en el viento. Un viento que huele a copla y a albero y a olés. «Ante esa pregunta, a mí se me va el pensamiento hasta Lisboa», dice Maite Aragón con una sonrisa que dista mucho de ser alegre. Fuera, en la calle, un solazo imponente bendice la holganza de los que cafetean por los veladores de la Alameda, que son legión; dentro, en La Extra-Vagante, los libros más hermosos y necesarios seducen al visitante como las sirenas a un navegante griego. «Recuerdo Lisboa y comparo esto con cómo tratan allí la figura de Pessoa, tan presente por todas partes, en las estatuas, las plazas, los actos culturales, los cafés...», dice la librera, consciente de que Lisboa está a 463 kilómetros de Sevilla por carretera, 314 en línea recta. Lo que se dice otro mundo. «Y me da mucha pena». A no mucha distancia de allí, Alberto Máximo Pérez Calero, el presidente del Ateneo, acaba casi de clausurar los actos recordatorios de Antonio Machado cuando reconoce que, en estos casos, las autoridades «tienen que volcarse». Y repite un sintagma como un mantra: «Cada uno tiene que hacerlo en la medida de sus posibilidades», aunque «hay instituciones más obligadas que otras». Él sostiene que sí, que Sevilla sí honra lo bastante la memoria de sus grandes plumas, y pasa revista a todas las iniciativas con las que su casa la ha mantenido clínicamente viva en los últimos meses. Así, charlando y evocando, llega el presidente Pérez Calero a la desembocadura de una primicia: «Además, este año, en verano, vamos a celebrar el centenario de la publicación de Divagando por la ciudad de la gracia, de José María Izquierdo, con una serie de actos y conferencias e incluso con la publicación de alguna cosita». Cien años de aquello. Al igual que cien años del Parque de María Luisa se cumplen también este año; el único lugar donde la Sevilla oficial ha mostrado un interés por los escritores a la altura de estos. Véase el monumento a Bécquer, por cierto. «Para mí, quizá sea el más bonito de Sevilla», contaba al rato Manuel Muñoz en la esquina de la Plaza de San Francisco con la Avenida, mientras saludaba sonriente a los turistas y les mostraba su coche de caballos, ansioso de cariño y de tarea. «Es preciosa, con sus tres amores... Yo no creo que Bécquer esté olvidado en Sevilla, teniendo esa estatua. Lo del panteón ya es otro rollo, pero el monumento del parque es precioso. Y a los turistas, si te paras y se lo explicas bien lo que significa cada cosa, también les encanta. Y si tuviera que quitar alguna... La de la madre del Rey es la que menos pega, aunque la pusieron los maestrantes en la plaza de toros, eso también es verdad», reconoce el cochero, aunque lo de aparcarla ahí en medio de la calle mirando al río no sea precisamente un antojo de carácter privado. O si no, la del Papa en Virgen de los Reyes. «Aquella no es que la quitaría yo, es que nos quitó a nosotros, los cocheros, ja, ja. Nos echó de allí. Ya lo advirtió don Miguel de Cervantes y Saavedra en el Quijote: Pancho, con la Iglesia hemos topado. Pero no, no quitaría ninguna. Todas están bien». Alertado de la búsqueda de una respuesta, el eximio artista gráfico, ilustrador y caricaturista sevillano Jaime Pandelet, a la sazón también editor al frente de Garabataria, saltaba ayer a la grupa de la pregunta con una aseveración tan realista como quepa esperar de una persona con todos los metros cúbicos de su intelecto habitables: «Teniendo en cuenta cómo está todo lo que nos rodea, cuando Sevilla se porte bien con los vivos ya nos plantearemos reivindicaciones de ese tipo». Demoledor. Y cuando se le reconvenía amablemente para que valorase que los vivos son una cosa y los muertos son la misma, pero al cabo del tiempo; cuando se le recordaba que las efemérides de Bécquer y de Machado han pasado casi sin pena ni gloria; cuando se le preguntaba si no le parecía que cualquier ciudad del mundo con esa panoplia de escritores que tiene Sevilla aprovecharía para darse a conocer más y mejor, para utilizarlos como ariete de la afición por la lectura, para alinearse con las grandes ciudades culturales y todas esas cosas, Pandelet, firme en su carácter, soplaba sobre el castillo de naipes una vez más: «A mí, y fíjate lo que te digo, no me parecería bien que en estos momentos se invirtiera un puñetero euro en temas que no se destinen a resolver problemas acuciantes». Es una corriente de opinión muy extendida, según parece. Por lo que atañe a todas estas cosas de las conmemoraciones, los fastos, los recitales, las exequias a destiempo y demás ocurrencias, «pueden surgir, que no surgen, de las propias asociaciones, colegios, grupos sociales, grupos y/o asociaciones culturales. A todos no viene bien una corrientita de aire fresco, un quedar en la asociación de vecinos que haga una lectura de Machado, o de Bécquer, o de Cernuda, o de tantos y tantos otros. Cuando la cultura no llega de arriba abajo, debe surgir de abajo arriba», sostiene, «y eso es lo que hay que analizar. Si mañana, de gratis, aparece Belén Esteban en tu asociación de vecinos se ‘acolapza’ como Las Palmeras de don Ruiz de Lopera, pero invita, en el mismo barrio, a una lectura, escenificación, o lo que sea, hazlo, hazlo...» Le falta añadir: que verás qué risa. De vuelta a la Alameda, a ver si junto a las estatuas de antes ha brotado aunque sea un soneto, lo único que se percibe es el eco de las palabras de la librera Maite. «Está bien que una parte de la cultura vaya dirigida al flamenco y al folclore, pero es que aquí dirigimos la cultura entera hacia el extranjero y le damos circo al pueblo. La noche en que se cumplía el 75 aniversario de Machado pasé por las Dueñas, el palacio del limonero, y apenas estaban los faroles encendidos. Daba miedo. Nada de celebraciones, nada de nada. Oscuridad. ¡Cuánto se podría hacer con estos autores...! ¡Cuánto se podrían aprovechar estas fechas para visibilizar las culturas y el libro, para el fomento de la lectura». Lo decía con exclamaciones, pero también eran preguntas.

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