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A favor de la libertad

Soy padre de un niño de quince meses. Y, sin duda alguna, es lo mejor que me ha pasado en la vida. Puedo decir, sin equivocarme y sin pudor por el desnudo de mis sentimientos, que mi existencia tiene un antes y un después. Y que la frontera la marca el momento en el que, por primera vez, tuve a mi hijo entre los brazos.

el 16 sep 2009 / 00:35 h.

Soy padre de un niño de quince meses. Y, sin duda alguna, es lo mejor que me ha pasado en la vida. Puedo decir, sin equivocarme y sin pudor por el desnudo de mis sentimientos, que mi existencia tiene un antes y un después. Y que la frontera la marca el momento en el que, por primera vez, tuve a mi hijo entre los brazos.

Considero, como todos si exceptuamos a algunas personas con patologías muy concretas, que la vida debe ser nuestro más acentuado objetivo de defensa, tanto personal como social. Me considero, además, un buen ciudadano y procuro, con más o menos éxito, ser buena persona; fundamentalmente porque en mi escala de valores (en mi ética) hacer el bien y respetar al prójimo en su moral son los dos principios más firmes a los que he conseguido alcanzar. Y estoy a favor de que se modifique la regulación del aborto. Lo estoy por razones intelectivas y emocionales; por conveniencia social y por respeto a la ética de cada mujer. Pero, sobre todo, lo que me impulsa a usar estas líneas para expresarme con rotundidad es la necesidad de defender un modelo de sociedad en el que no existan grupos que pretendan imponer su moral a los demás.

No quiero entrar a dar argumentos propios de una discusión científico-jurídica que esta sociedad tuvo hace cerca de treinta años y que me parece superada. No se trata de eso. En el fondo, como en tantas otras ocasiones en los últimos tiempos (educación para la ciudadanía, avances en biomedicina?), se trata de defender la esencia de la democracia: el pluralismo ideológico y el respeto por la libertad.

Quién va a dudar de la enorme tragedia personal que supone para una mujer tomar una decisión tan dolorosa? ¿Quién puede ponerse en su lugar a la hora de afrontar ese momento?

¿Acaso unos hombres que se consideran legitimados para dictaminar lo que está bien y lo que está mal y que pretenden imponer su particular visión del mundo (de la vida y de la muerte) a los demás hasta el punto de no permitir que éstos puedan desarrollar libremente su personalidad? ¿Unos hombres que se organizan a través de una institución en la que las mujeres ocupan un papel secundario, cuando no subordinado, y cuya jerarquía está exclusivamente compuesta por hombres?

¿Quién pretende ser el adalid de la vida? ¿Una institución que desconfía de la libertad humana? ¿Una organización cuya filosofía estriba en considerar que la vida terrenal es un valle de lágrimas y que la existencia verdadera está más allá de la muerte? ¿Una institución gobernada por un individuo que considera que el relativismo (lo contrario del dogmatismo) es el gran enemigo a combatir?

Sólo por defender un modelo de convivencia en el que la libertad y la igualdad tengan más valor que los dogmas y las imposiciones estaría a favor de que se modificara la regulación del aborto. Pero además, como soy buen ciudadano y pretendo ser mejor persona, siempre estaré a favor de la mujer que padece para intentar aliviar su sufrimiento.

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