Local

A las plantas de la Blanca Paloma

Victoriosas de la siempre dura batalla de los caminos y luciendo sus mejores galas las 106 filiales rocieras se postraron ayer ante la Blanca Paloma en el primer acto oficial de la Romería del Rocío. Casi once horas continuas de salves, plegarias y vivas marcadas por un tiempo desapacible y a ratos lluvioso.

el 15 sep 2009 / 04:37 h.

TAGS:

Victoriosas de la siempre dura batalla de los caminos y luciendo sus mejores galas las 106 filiales rocieras se postraron ayer ante la Blanca Paloma en el primer acto oficial de la Romería del Rocío. Casi once horas continuas de salves, plegarias y vivas marcadas por un tiempo desapacible y a ratos lluvioso.

Dice José Jaoquín Gil Cabrera que el secreto para aguantar tantas horas en pie consiste en "beber agua y dar cuenta de algún que otro caldito". Como presidente de la hermandad Matriz, a él le toca ejercer de buen anfitrión en esta magna bienvendida, colorista y festiva, que marca siempre la jornada de sábado en la aldea.

Una a una, por riguroso orden de antigüedad, las 106 filiales rocieras -este año se suma Morón- desfilaron ante la venera del santuario almonteño en un día fresco y ventoso, presidido por un cielo de amenazantes nubes de algodón que, a media tarde, descargaron algo de agua.

Desde bien temprano por la megafonía de la aldea suenan sevillanas orquestadas para preparar a los romeros a ese esperado encuentro con la Blanca Paloma. Los chaparrones del viernes han dejado bien asentadas las arenas del Rocío y cubierta de charcos la calle Las Carretas, por donde desembocan las hermandades al santuario; nada que pueda arredrar el ánimo de los miles de peregrinos que ayer culminaron felizmente el sueño de todo un año.

Soplaba el viento con fuerza al pie de una marisma recrecida por las últimas lluvias, cuando la carreta de Villamanrique de la Condesa, exornada con rosas rojas, subió la rampa de acceso a la ermita.

Haciendo gala de un orden exquisito, la más antigua de las filiales abría pasado el mediodía este carrusel de embajadas rocieras. Delante de la carreta, el párroco de Almonte, José García, reza el "Dios te salve, Reina y Madre...". Detrás, el pueblo manriqueño entona cantando el "Salve Madre". Almonte reza y Villamanrique canta. Dos formas de amar a la Virgen que llevan conviviendo ocho siglos.

Caen algunas gotas de agua en el momento en que la cabecera de la comitiva de Pilas empieza a desfilar ante el santuario. Al pie de la ermita, la megafonía ya no se muestra tan machacona como otros años a la hora de lanzar consignas y reprender a los romeros para la perfecta organización de los cortejos. La Matriz almonteña, que cada año afina más estos actos, ha establecido un doble anillo de megafonía: un primero, exterior, se encarga de ir agrupando a las hermandades en las calles más alejadas del santuario; el segundo, por su parte, prácticamente se limita a dar la bienvenida a las hermandades y a desarles una feliz romería.

En los tiempos muertos entre carreta y carreta se suceden los comentarios sobre el apreciable descenso de público en la aldea. ¿Serán los efectos de la tan temida crisis o las consecuencias de las funestas previsiones meteorológicas? Los que se frotan las manos con un Rocío tan fresco y desapacible como éste son los vendedores de ponchos.

Un abuelo patilludo, de los de estampa antigua, porta a caballo la dorada cruz parroquial que abre la comitiva de La Palma del Condado, la primera filial onubense en presentar sus credenciales ante la Blanca Paloma. Como en el caso de Moguer, la hermandad que le sigue, la yunta de bueyes de los del Condado se arrodilla ante la puerta de la ermita en una demostración de doma y magisterio por parte de los carreteros.

Los romeros llegados de la tierra de Platero aportan a la presentación los primeros carros de acompañamiento a la carreta del Simpecado. Cuatro vistosos carros tirados por mulos en cuyo interior se cantan sevillanas y se lanzan emocionados vivas a la Blanca Paloma.

Luego llega la numerosa caballería de Sanlúcar de Barrameda, en cuya carreta una vara cruzada en el frontal anuncia el duelo por uno de esos rocieros que ya habitan las marismas del cielo. La paloma que corona la carreta sanluqueña se mueve a merced del viento. Por eso va de espaldas cuando llega al santuario, mirando a sus peregrinos.

Y en ésas estábamos cuando, directamente llegada desde los caminos, llegó Triana al Rocío. Antes de recortarse ante la encalada fachada de la ermita, la carreta trianera hace parada en la casa de hermandad de Gines, su ahijada. Y suenan el "Ya está aquí Triana, con Gines su hermana". Es tal la expectación que levanta el desfile de los de Triana por los arenales del Rocío que en la calle Almonte la gente saca a la calle los taburetes y las butacas en una improvisada carrera oficial con sabor a marisma.

Los caballistas de Triana tercian sus cabalgaduras y se descubren en ese mágico y breve instante en que, perdiendo la mirada al fondo del santuario, reciben el fogonazo dorado del retablo de la Virgen.

Entre la caballería de Triana destacan algunos rostros célebres, como los del moranco César Cadaval, el rejoneador Javier Buendía, o el presidente de la CEA, Santiago Herrero.

Un auténtico gentío arropa a la carreta trianera en ese último arreón de los bueyes que la sitúa frente a frente a la Patrona de Almonte. El "Ya está aquí Triana" sale tan fuerte de las gargantas de la infantería trianera que pone sordina a los acordes de la Marcha Real. Y cuando el éxtasis emocional parecía sobrepasado, con la carreta de Triana perdiéndose por el balcón de la marisma, una marea de sombreros levantados al aire y de varas de romero apuntando al cielo es capaz de hacer quebrar la férrea frontera almonteña que custodia la rampa de acceso a la ermita. Suena, desgarrada, la plegaria que compuso Josá Manuel Soto. "Aquí estamos otra vez...", estrofas que por sí solas condensan todas las emociones de una jornada.

  • 1