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Cultura

«A Machado le importa más hacer las cosas bien que hacerlas»

Novelista y profesor de Secundaria, Coradino Vega escoge uno de los poemas más conocidos de Machado para explicar las claves de su persona y su obra.

el 13 feb 2014 / 23:25 h.

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15493669«El Retrato, más que una autobiografía, es una declaración de principios y una poética, que para Machado son la misma cosa, pues como decía Juan de Mairena: A la ética se va por la estética. Es un modo de estar en el mundo y en la literatura». Así se refiere Coradino Vega, escritor onubense afincado en Sevilla, a uno de los poemas más conocidos de Machado, que no deja de cautivarnos cada vez que abrimos su libro Campos de Castilla. «Sorprende el tono sereno y reflexivo, de meditación tranquila, incluso algo zumbón, en un hombre de 32 años. Pero Machado ya ha puesto en ese momento distancia con el Modernismo, con el decadentismo que se dice de vuelta de su hermano Manuel, con los afeites y la subjetividad encerrada en sus propios límites, aquellos casos que recordar no quiero», señala. En efecto, tras una infancia feliz en la casa de vecinos que fue para su familia el palacio de las Dueñas, Machado ha dejado Madrid y se ha sacado la plaza de profesor de instituto en Soria. «Sus actos son una extensión coherente de sus ideas», subraya Vega antes de detenerse en la tercera estrofa: «Las gotas de sangre jacobina heredadas de su padre y sus abuelos le llevan a un republicanismo laico, ajeno a las doctrinas de los fanáticos. Al decir bueno surge la primera punta de orgullo en el poema, lo que entronca con dos cosas que decía también Juan de Mairena: que agrada la modestia, pero no el propio menosprecio y que los grandes avances, la literatura de verdad grande, pertenece a los modestos que no se chupan el dedo. Como observó Cernuda, tras su aparente sencillez y su profesada reserva, Machado es un poeta muy consciente de los caminos estéticos de principios de siglo XX, y quizás el intelectual que mejor interpreta su tiempo, pues sus reflexiones han envejecido mejor que las de Ortega o las de su admirado Unamuno. Juan de Mairena, que siempre aconsejaba a sus alumnos soñar despiertos, dijo: Hay que tener los ojos muy abiertos para ver las cosas, lo mismo que diría algunos años después un Orwell sumergido hasta el cuello en la edad de los totalitarismos». Por otro lado, a Machado «le preocupó mucho diferenciar una originalidad profunda de las novedades superficiales, las voces de los ecos, sabedor de que lo original muchas veces pasa por prescindir de los aplausos de los esnobs y los virtuosos de la inteligencia que se repiten en cada época», explica Vega, quien de nuevo remite a Mairena: «No basta mover para renovar, que no basta renovar para mejorar. Bécquer, Rubén Darío o su amigo Juan Ramón Jiménez, ya no le resultan suficientes. Para él la forma no es un fin en sí mismo, sino el medio de crear un arte sencillamente humano, vinculado con la Historia, que es palabra en el tiempo», advierte. El escritor cree que también es ejemplar el modo en que Machado usa la intimidad (el “soliloquio”) «para abrirse a los otros, que es lo que yo creo que vendría a significar ahí “Dios”, no para mirarse el ombligo. Quien razona afirma la existencia del prójimo, la necesidad de un entendimiento, la posible comunión mental entre los hombres», dice. Vega encuentra en el comienzo de la estrofa octava otro arranque de orgullo legítimo de don Antonio, y su traje pagado nos recuerda incluso a cierto episodio de la trama Gurtel. «En efecto él no debe nada a nadie, paga sus cosas; lejos de concebirse al modo maldito de los poetas bohemios, se presenta como participante del pacto civil, vinculado a los otros por medio del trabajo. No es un yo heroico ni marginado: tiene los pies en la tierra. Huye de toda pose. Prefiere construir en colaboración con los otros. Yo no he leído muchas lecciones de ética mejores que ésa: Machado va por la vida dudando, seguro de algunas pocas cosas pero importantes, desaliñado y ligero de equipaje. Y somos nosotros quienes le tenemos que deber tanto su obra como su carácter». Para concluir, Coradino Vega recuerda que «los jóvenes cachorros de la generación del 27 tacharon a Machado de moralista, de anticuado y decimonónico. A Galdós también. Y luego los novísimos y cada ola de vanguardia más o menos nueva que surge ha venido haciendo lo mismo». Por eso a este profesor le resulta difícil imaginar cuál puede ser la recepción de Machado entre las generaciones más jóvenes. «Desde luego, yo no me imagino a Machado entregado a la autopromoción y al márketing, con perfil en Facebook. Su tarea era honda pero poco ruidosa: como para los artesanos, a él, que se fijaba tanto –por influencia paterna– en la sabiduría popular, le importaba más hacer las cosas bien que hacerlas. En cuanto a sensibilidad, para mí está en esa línea que viene de Cervantes y pasa por Galdós. Son los tres escritores españoles que más admiro», concluye el escritor. El poema escogido Retrato Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, y un huerto claro donde madura el limonero; mi juventud, veinte años en tierras de Castilla; mi historia, algunos casos que recordar no quiero. Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido —ya conocéis mi torpe aliño indumentario—, más recibí la flecha que me asignó Cupido, y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario. Hay en mis venas gotas de sangre jacobina, pero mi verso brota de manantial sereno; y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina, soy, en el buen sentido de la palabra, bueno. Adoro la hermosura, y en la moderna estética corté las viejas rosas del huerto de Ronsard; mas no amo los afeites de la actual cosmética, ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar. Desdeño las romanzas de los tenores huecos y el coro de los grillos que cantan a la luna. A distinguir me paro las voces de los ecos, y escucho solamente, entre las voces, una. ¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera mi verso, como deja el capitán su espada: famosa por la mano viril que la blandiera, no por el docto oficio del forjador preciada. Converso con el hombre que siempre va conmigo —quien habla solo espera hablar a Dios un día—; mi soliloquio es plática con ese buen amigo que me enseñó el secreto de la filantropía. Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito. A mi trabajo acudo, con mi dinero pago el traje que me cubre y la mansión que habito, el pan que me alimenta y el lecho en donde yago. Y cuando llegue el día del último vïaje, y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, me encontraréis a bordo ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar.

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