Feria de Abril

A mí tampoco me gusta la Feria (pero es miércoles...)

Día festivo, el Real hasta la bandera... pero no todo el mundo viene con la misma disposición .

el 17 abr 2013 / 23:16 h.

En la Feria de Abril este miércoles. / Foto: J. M. Paisano (Atese) Ambiente en la Feria de Abril este miércoles. / Foto: J. M. Paisano (Atese) (FOTOGALERÍA. Ambiente en el Real este miércoles) (Plano de la Feria de Abril)   Llegar a la Feria y acabar destrozado: ésa ha sido tradicionalmente la suerte común de muchos visitantes, pero sobre todo de los farolillos. Parece mentira que este año hayan llegado intactos al miércoles, cuando empezaba a ser costumbre que hubiera que reemplazarlos a causa de los chubascos. Este año no: farolillos íntegros, albero que no mancha, caballos cuyo pelaje restalla bajo el radiante sol de abril, hermosas mujeres en trajes de lunares con robustas flores en el pelo mirándose cara a cara, que es la primera... ¿Quién puede no sentirse feliz en un día como éste?   En efecto, el miércoles, día feriado como dicen en la América morena, festivo para entendernos, es el día en que todo el mundo decide ir a la Feria, incluso esa insignificante minoría que abomina de ella. Pregúntenle si le gusta la Feria a la joven que vigila el aparcamiento, la misma que soporta estoicamente los 30 y muchos grados del mediodía y que, dios la bendiga, no escatima una sonrisa: con su gorra y su discreto aliño currante, todavía sería capaz de rivalizar en belleza con las más emperifolladas flamencas.   Pregúntenle también qué opina de todo este jaleo al amable subsahariano que vende abanicos a la entrada del recinto ferial, repitiendo en su rudimentario castellano aquello de “dentro, mucho caló”, pero tan sonriente como la citada muchacha, porque una sonrisa puede prodigarse sin usura e ilumina el rostro incluso de quienes vienen a disgusto.   No tienen tan buen aspecto los vendedores de gafas de sol, de Marlboro o de bisutería, arrastrando sus pies de caseta en caseta con una discreción casi ectoplasmática, fantasmas a los que nadie mira a los ojos, a los que todo el mundo dice “no” antes de mirar siquiera sus humildes mercancías, obligados todavía a dar gracias si caen sobre su mano cuatro desdeñosas monedas. También ellos tienen su feria, amarga, desabrida, pero socorrida para ir tirando.   En la Feria de Abril este miércoles. / Foto: Marcos Furilo Qué pensará, por su parte, el punki con su monopatín al hombro, que camina al sol ligero de la mano de su novieta, dos dedos y una rosa roja más alta que él. Qué el señor oriental que deambula de aquí para allá cargando con una funda de ordenador portátil, acaso porque nadie tuvo la deferencia de explicarle que en la Feria no hay wi-fi. Qué pensará, en fin, esa gente que, sofocada por el calor, camina hasta la calle del Infierno y se sube al Mega Kanguro o a ese enorme columpio llamado Projekt, o en los coches de choque –que además tienen sombra– sólo por sentir en el rostro un poco de aire en movimiento.   “Este año hay menos caballos”, se oye decir a una asidua y, pareciera que sólo por desmentirle, empiezan a desfilar los jinetes en riada, a trote suave, seguidos por un ejército de calesas de todos los tamaños y ornamentaciones, con gran prodigio de cascabeles. Sigamos a ésa que va por allí, sí, la que conduce una mujer. No es muy frecuente, la paridad está todavía muy lejos de conseguirse en el gremio de los cocheros. África es su nombre, el ruido de los cascos de los animales nos impide oír bien cuál es su pueblo de origen, pero sí que lleva haciendo esto desde niña, y que está tan capacitada para este oficio como cualquier varón. “Somos muy pocas, pero somos más simpáticas que los hombres”, asegura antes de perderse con un golpe de riendas tras la siguiente esquina.   Sufren en la Feria aquellos que no tienen amigos a los que encontrarse, ni oyen su nombre desde la puerta de ninguna caseta para ser invitados a una jarra de rebujito o a un plato de pimientos fritos. No hay soledad más inconsolable que las de las multitudes, y la soledad de este miércoles de Feria es cruzarse con rostros y más rostros (“mira, ahí va Torrijos”), y gente y más gente (“anda, Los del Río”) y venga más y más gente, sin que nadie te pase una mano por el lomo o te achique en un abrazo.   Sufre este miércoles de Feria el periodista en paro X. y el joven emprendedor J., dos de los muchos ejemplares que se dejan caer por la fiesta de la SER sin el menor ánimo lúdico, sino porque estas Fiestas de Primavera son una buena ocasión para ampliar la agenda y hacer negocios, aunque suponga un sacrificio. Mírenlos ahí al fondo, la cerveza calentándose entre los dedos, la gota de sudor corriendo espinazo abajo, siguiendo la conversación por donde quiera que discurra: “Está todo de mírame y no me toques”, “¿No queríamos calor? Pues aquí está”, “Qué delgado se ha quedado Rodicio”, y así todo. Cuéntenle que la Feria es lo más a ellos, que lo darían todo por una siesta en casa bajo el chorro del aire acondicionado.   Sufren la Feria, sí, aquellos a los que el protocolo les obliga a vestir de chaqueta así les crezca debajo un cultivo de líquenes, porque saben que a partir de un grado de sudoración que podemos llamar nivel licuadora ya no hay marcha atrás: llevarla en la mano sería todavía peor. ¿Y los pies de las damas encaramadas sobre taconazos de vértigo, no tienen motivos para odiar la dichosa Feria? ¿Qué dirían sus torturados tobillos, sus gemelos contraídos, si les preguntáramos por estos días señaladitos?   No digamos los abnegados repartidores de bebidas, a los que –fíjense ahora que están entrando, miren a su alrededor– nadie echa la menor cuenta cuando llegan empujando sus carritos cargados con cerveza o cajas de refrescos: sudorosos, calcinados por el sol, se acercan a la barra y, con la factura convenientemente sellada, reciben un misericordioso vaso de cocacola y lo beben a sorbos lentos, como demorando aposta el momento de volver al tajo.   No cabe duda de que la Feria tampoco es sinónimo de felicidad para los heroicos operarios de desatascos (“disponibles 24 horas”), o para los currantes de Lipasam, que según la leyenda grabada en su camión “no puede estar detrás de todos”, pero lo intentan porque una feria sucia no sólo es un mal negocio, sino también una deshonra para Sevilla toda, que estos días invita al mundo a beber y bailar en el salón de su casa.   El estoico segurata, la chica que anuncia la Cruzcampo, los camareros echando horas extras, el hombre que, disfrazado de esqueleto, se planta delante de la Caseta Municipal para denunciar un asunto de acoso laboral: sí, el miércoles de Feria ha llenado el Real, pero no todo el mundo se siente igual de dichoso.   Hay un último espécimen de visitante en este día: ése que en Sevilla llaman el tieso. Cuentan que este año de crisis se están batiendo récords en eso de pedir cigarrillos a desconocidos, que los sablazos están a la orden del día y que no es raro ver compartir una caña para cuatro. Bien mirado, podría ser un hermoso desafío:pasar un miércoles de Feria sin un duro, y sin embargo ser feliz.

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