Cultura

A pesar de todo, ¡viva la Bienal!

Lo primero que hay que subrayar de la XV Bienal de Flamenco es el gran trabajo del equipo que la ha montado, el de esas personas casi anónimas, que no salen en la prensa pero que han trabajado veinte horas diarias durante meses para que todo salga bien.

el 15 sep 2009 / 16:41 h.

Lo primero que hay que subrayar de la XV Bienal de Flamenco es el gran trabajo del equipo que la ha montado, el de esas personas casi anónimas, que no salen en la prensa pero que han trabajado veinte horas diarias durante meses para que todo salga bien. Las caras de María Antonia y Fernando, días antes de la clausura, eran un poema, la imagen personificada del agotamiento.

Me parece una barbaridad que la Bienal haya durado algo más de un mes y sin un solo día de descanso para el personal del propio festival, los aficionados y los medios. Y todo por esa absurda manía de los directores de a ver quién aporta más estrenos, llena más hoteles o agota más pronto las entradas. Cuando al final, los estrenos no son tales estrenos, los hoteles no se llenan y las entradas, en algunos conciertos, se han regalado por decenas, como en el caso de la clausura.

En el equipo de trabajo de la Bienal hay que incluir también al director de la muestra, Domingo González, el responsable de la programación para lo bueno y lo malo. De él ya dije en su momento que no me parecía el hombre indicado para dirigir el festival de flamenco más importante del mundo, sin negarle su capacidad de trabajo y de gestión.

Acabada esta Bienal no sólo no voy a cambiar de opinión, en su favor, sino que me ratifico absolutamente en que no es la persona idónea. Entre otras razones porque, para empezar, no es ni siquiera aficionado al flamenco; en todo el tiempo que lleva dirigiendo el festival sevillano lo habré visto cuatro veces en actos relacionados con nuestro arte. Así es muy difícil programar y muy fácil que te metan esas bacaladas que hemos tenido que tragarnos.

Podría entrar en pequeños detalles de organización de esta Bienal como, por citar sólo algunos, el hecho de que ningún espectáculo haya comenzado a la hora anunciada en el programa de mano o que en los pases gráficos algunos artistas hayan posado para los fotógrafos como si acabaran de llegar de buscar espárragos, como han sido los casos de Morente y Mercé. Me parece una falta de respeto hacia la Bienal y hacia el público, con la cantidad de millones de las antiguas pesetas que han cobrado entre los dos.

Pero como no habría espacio para desmenuzar la programación y hacer un análisis completo, analizaré sólo los aspectos globales. Ayer mismo decía el admirado J.J. Téllez en este mismo periódico, que los críticos echamos de menos "lo rancio" del flamenco y que deberíamos abrirnos a lo nuevo.

Creo que todos los críticos hemos coincidido en que lo mejor de esta bienal ha sido la obra Oro viejo, de Rocío Molina, que no es precisamente rancia: ha sido lo más innovador de esta Bienal y de otras bienales anteriores. En lo que mí respecta sólo hecho en falta la calidad, lo bueno, lo interesante, lo que aporta cosas. Si lo rancio es la caña de Milagros Mengíbar, la toná de José el de la Tomasa o el romance de Concha Vargas, solicito una Bienal más rancia y menos peliculera que ésta.

De todo . Naturalmente, ha habido buenos espectáculos. Faltaría más, con lo que nos cuesta. Mujeres, de Mario Maya; Autorretrato, de María Pagés; Pasos para dos, de Ana Salazar y Rosario Toledo; y Oro viejo, de Rocío Molina, son las mejores producciones que han pasado por nuestros teatros estos días, según mi opinión.

Desde el punto de vista más clásico, De la mar al fuego nos trajo la esencia, eso que algunos quieren mandar a los museos de la tradición andaluza, cuando es lo que buscan la mayoría de los que vienen de fuera. Y hemos disfrutado con Enclave, de Pedro Ricardo Miño; La voz del color, de Manolo Sanlúcar; Khaló Caló, de Amador Rojas; Tórtola Valencia, de Isabel Bayón; y Diego Amador.

Lo mejor ha sido, sin duda, el gran ambiente de todos los días en los teatros, con llenos casi a diario. Por eso y por otras cosas, y a pesar de los grandes fallos en la programación y planteamientos en general del festival sevillano, ¡viva la Bienal de Flamenco!

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