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¿A que te doy?

Malco le pegó tres bofetadas a Jesús Méndez Lastrucci durante la restauración. Créaselo. Y usted, ¿a quién se las daría?

el 18 mar 2012 / 19:54 h.

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"¿Una guantá sin mano? A la manoseada manipulación, hoy tan a mano, y a los manipuladores de guante blanco." Sea usted más concreto, Alfredo Sánchez Monteseirín, y póngale nombre: "Manos Tijeras", añade el anterior alcalde de Sevilla. Es su respuesta a la pregunta que inspira desde hace unos días a los capillitas que se acercan por la Plaza de San Lorenzo: ¿A quién le pegaría usted una bofetá? Pero no porque la plaza esté fea, ni porque los árboles de allí parezcan manotazos al aire tras esa poda atroz; es porque en la iglesia se expone la talla de Malco, obra de Antonio Castillo Lastrucci, recién restaurada por su bisnieto y escultor también, Jesús Méndez Lastrucci.

"Noventa años han pasado", explica el imaginero, descendiente de aquel mito absoluto que reconstruyó la Semana Santa de sus cenizas, literalmente. "Y durante el tiempo que ha estado en mi taller, me ha hecho partícipe de su experiencia. He procurado ser buen anfitrión, y puedo afirmar que quizá no sea tan malo como parece ser... ¡o sí!", se corrige Méndez Lastrucci. "Todo depende de cómo se mire, pues no solo le ha atizado una bofetá a Jesús ante Anás, sino que además tengo yo la dicha de haber probado la palma de su mano en mi cara, y no solo una vez. Puesto que trabajando en él, metido en faena al estar tallando las piernas del nuevo cuerpo en madera de cedro, al ir a incorporarme se me olvidaba que por encima andaba la mano, que abierta se me antojaba como la de un Gasol cualquiera, y cuando me iba a dar cuenta ya sentía un dolor en la cara o donde cayese... Al mirarlo comprendí, por la sonrisa que imaginaba en su semblante, que ya antes, noventa años antes, alguien había corrido la misma suerte. ¡No solo he heredado los genes artísticos de mi antecesor!", bromea el artista. "A pesar de todo, mientras trabajaba en su cuerpo o limpiando su policromía, o reintegrándola, comprendía a cada palmo que todo estaba bañado por el cariño y el respeto. Un cariño de noventa quilates entre mis manos."

Vamos, que el mal encarado de Malco le mete una mascá a todo el que pilla. Y eso que es de madera. Si llega a estar vivo en este tiempo... la mano le iba a doler tela. "Yo", dice de nuevo el escultor, respondiendo a la pregunta, "le pegaba una bofetá literalmente al egoísmo del ser humano en este planeta, a los gobiernos que se gastan millones de euros en armamento mientras muera de sed o de hambre un niño en este mundo". Pero el tema este de a quién se le pone la mano encima, en sentido literal o figurado, también tiene una vis académica. En la Facultad de Comunicación, dos profesores también lo tienen claro: "A los políticos que nos tratan como mercancía", dedica su bofetá Irene Tenorio, mientras Alejandro Antona ataca por retaguardia: "A los progresistas que votaron al PP", dice.
Y, como es natural, también la Iglesia tiene quienes puedan aportar algo a esta conversación. Lo hace el padre Marcelino Manzano, hombre de la Hermandad de San Roque hasta los huesos y vicario episcopal norte de la diócesis de Sevilla: "Hombre, yo no soy de pegar bofetadas, máxime cuando a Cristo le dieron una, como cada Martes Santo vemos en San Lorenzo. Así que repugno toda clase de violencia." Pero como se le ofrece la posibilidad de que sea un guantazo metafórico, que eso no llega ni a pecadillo raso, entonces acepta más o menos: "Yo preferiría coger simbólicamente de la oreja a todos los que, precisamente, usan la violencia, sea del tipo que sea, y sea contra quien sea. En la Semana Santa veremos, por cierto, que nunca triunfará la violencia ni el mal (aunque aparentemente parezca así). Siempre vence la Cruz, siempre vence el amor, manifestado de forma elocuente y extrema por Jesús."

Lo más curioso del caso es que quien le dio la bofetada al Señor no fue Malco, ya que según el Evangelio este fue el sirviente de Caifás a quien el apóstol Pedro, en uno de sus prontos, segó la oreja de un espadazo en el momento del prendimiento. El del manotazo fue un guardia. O sea, que por muy feo que lo pinten y por mucha ceja de punta que le metan, el pobre lo único que hizo la noche de autos fue pegar chillidos, hasta que el Señor lo sanó, según el relato bíblico. Pero ya se sabe: A quien Dios se la dé, San Pedro se la bendiga, y así ha pasado para los restos el rebanado de Malco como el primer agresor de Cristo. Vaya usted a mirarlo a los ojos hoy, último día en que estará expuesto en San Lorenzo, y compadézcase de él. Eso sí, ándese con ojo, que como le coja las vueltas, la mascá se la lleva. Era bueno Castillo Lastrucci.

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